--“Las
ganas de transformar al mundo se van, tuquito. Se van
como todas las cosas.¿ Eso está mal? No creo…Yo sé que me critican los demás
muchachos pero para mí… basta. Mi mujer me calentaba, te lo juro; yo tenía
erecciones con sólo mirarla. Pero ahora, el paso de los años… todo se te va,
tuquito. Se te va todo. En serio. Yo creía,
estaba convencido, que mi paso por
la historia y por este planeta sólo estaba justificado si tenía la capacidad de
honrar la vida, defender los derechos
sociales y políticos de los desposeídos y sostener a ultranza, poniendo mi cuerpo, si
si, mi propio cuerpo si era preciso, una inquebrantable lealtad con el pueblo
que nos daba su aliento. Te lo juro. Ahora ya no. Pero te lo juro que no. Y no
me abochorno de eso. Son etapas. Prefiero ahora el bienestar para mí y para mi
familia. Se me fue la calentura por pegar carteles y estar en una marcha”.
--“Te aburguesaste dicen algunos de los chicos”.
--“¡Y claro! ¡Cómo no van
a decir eso! Si eso está de moda decir ahora por los “viejos militantes leales
a la democracia y al gran Raúl”. No jodan, deciles que no jodan. No militábamos
en las villas ni en los barrios pesados. No señor. Militábamos en la facultad,
en Franja Morada, boludo… capaz ya estábamos aburguesados en ésa época. No
somos el Che Guevara…”
El ex Presidente Alfonsín había iniciado una gira proselitista por
varios núcleos radicales de la provincia de Buenos Aires, en un intento por
sostener un partido que se disgregaba rápidamente. Hacía dos años que se había producido
el final anticipado de su mandato. Eran encuentros que no aglutinaban gran
cantidad de gente sino, casi exclusivamente militantes radicales. En cierta
forma, servían para hacer catarsis entre los desilusionados correligionarios.
La campaña apuntaba a las elecciones
legislativas de ese año para enfrentar a un flamante imperio hegemónico del menemismo, a las palpables bonanzas de la nueva
convertibilidad con inflación cero incluída, al fin del
intervencionismo estatal, a la privatización de las empresas públicas, al
ajuste fiscal, a la liberalización comercial
y a un avance del neoconservadurismo a paso firme
y constante.
--“Y sabés lo que pasa ahora, tuquito? La gente recibe a este
conservadurismo con los brazos abiertos. No se resiste. Lo estoy viendo todos
los días. Están contentos de que ya no haya inflación y de que se empiecen a
privatizar las empresas de mierda que brindan servicios pésimos. Vas a ver, van
a empezar a comprar cosas importadas, baratas como en la época de Martínez de
Hoz. Lo hablo con mis familiares. Con mi viejo, con mis tíos. Yo tengo un tío
peronista, pero peronista de la primera hora, del General. Discutíamos como
perro y gato ¿Y sabés lo que me dice ahora? Que el General siempre, siempre fue
privatista, que el que no sabe eso es porque toca de oído. Contra esa pelotudez que me dice no podés discutir,
loco... Si hasta le cambiaron la letra a la marcha… Con trabajo y capital cantan ahora…¿Para qué vamos a gastar pólvora en
chimangos? Eligen a los represores, fijate. Los votan, los eligen para
legisladores, para intendentes. Están recontra locos. Nos chicaneaban que
nosotros golpeábamos la puerta de los cuarteles…Bueno, ellos no golpean las
puertas; no no, directamente los votan, voluntariamente nomás. El turco hijo de
puta los indultó; entonces, si la cabeza actúa de esa forma, si el líder actúa
así, toda la masa acompaña. Viste como son estos peronistas. Están contentos,
felices con los alsogaray, los roig. Te digo, que si Menem cambia la constitución y se postula, lo reeligen,
tuquito. Lo reeligen y nos ganan de nuevo por goleada. Nosotros no tenemos
recambio. Ni en la coordinadora ni en ningún lado. ¿No escuchaste el cuento ese
… entran Batman, la Mujer Maravilla y la
Renovación Radical a un ascensor…? bueno, no me acuerdo como sigue pero esa
es la idea. Por eso…yo dije basta. Hasta aquí llegó mi amor. No cuenten conmigo
para nada que se parezca a una acción militante. No cuenten con que vaya a
ningún comité, y no cuenten conmigo tampoco para ese asunto de Alfonsín.
El que me hablaba desencantado era el porteño. Así lo
conocíamos. Carlos Oleñac había sido militante en Franja Morada en la
Universidad de Buenos Aires. Después formó parte de diversas agrupaciones de la
Juventud Radical. Nos conocimos en algún encuentro interprovincial de militantes
en los años 80, seguramente. Mantuvimos contacto por teléfono y por carta. Cada
tanto coincidíamos en Mar del Plata cuando se tomaba vacaciones. Yo para el año
1991 ya no militaba ni estudiaba, pero me gustaba charlar con antiguos
militantes y amigos. Se había organizado una gran movida con viejos compañeros
de la Facultad de Derecho de Tucumán, algunos ya estaban por recibirse y otros
ya eran profesionales. La intención era juntarnos después de casi cuatro o cinco años de no
vernos. Era como volver a formar la banda de rock de la secundaria. Lo haríamos
en el marco de la gira del ex presidente Alfonsín por la provincia de Buenos
Aires. Algunos hasta participaban de la organización de parte de esa gira. Tal
el caso de Bernardo Massimi quien se había radicado en la ciudad de San Nicolás
y desde allí comandaba todo el operativo reencuentro.
Omar Mestre de Córdoba, Mariano Parra, Joaquín Paez y
Valeriano Ponce de Tucumán, Carlos
Oñelac de Buenos Aires y yo de Mar del Pata habíamos sido convocados por
Bernardo Massimi para asistir a San Nicolás el día que Alfonsín diera el
discurso en esa localidad. Un día antes también iríamos a San Pedro y
participaríamos de una jornada proselitista del ex presidente. En San Nicolás
entrevistaríamos a Alfonsín y después del discurso lo agasajaríamos con una
cena en el Hotel El Acuerdo, propiedad de un conocido de Massimi.
El porteño Oñelac había decidido no ir. Estaba realmente
desencantado. No quería saber nada de Alfonsín ni de la euforia del menemismo
imperante. Yo, por cuestiones laborales iría solamente a San Nicolás, el mismo
día del discurso. No estaría en el evento de San Pedro. Me dí cuenta que me
interesaba más el reencuentro con mis antiguos compañeros que la entrevista a
Alfonsín. Un asado, unos vinos, una charla me atraían y me llamaban.
El viernes 23 de febrero de 1991, cerca de las diez de la
noche estaba a punto de partir en mi viejo Chevy hacia San Nicolás para
reencontrarme con aquella banda de ex correligionarios y militantes de la vida,
partidarios del buen vino y de las voces de la calle.
Uno es, también, lo que ha sido. Siempre vamos a tender al reencuentro y revivir parte de lo bueno que hayamos vivido. Y en cierta medida todo reencuentro no es otra cosa que un sueño dirigido.
Uno es, también, lo que ha sido. Siempre vamos a tender al reencuentro y revivir parte de lo bueno que hayamos vivido. Y en cierta medida todo reencuentro no es otra cosa que un sueño dirigido.
Pero mi vehículo nunca arrancó y no tenia formas de llegar en
colectivo. Así que un amigo me llevó en su auto. Ni más ni menos que el porteño
Oñelac. --“Lo hago por vos, tuquito. Ya sabés que a mí no me interesa nada de
la militancia ni nada de Alfonsín. Manejo toda la noche hasta San Nicolás por
una cuestión de afecto y de fraternidad ; y eso que se me secan los labios
cuando viajo. Nada me importa ya de la política. Prefiero usar mi ocio de forma
más creativa y no ser parte de todo un desgaste al pedo, porque ahora, en
nosotros lo radicales…es un gasto de energía al pedo.”
Al llegar a San Nicolás nos encontramos todos en un café y
realmente fue un momento de grandísima alegría y emoción. Estaban todos
contentos y sorprendidos por la llegada del porteño, quien había recontra
jurado que no asistiría a la reunión. Con Valeriano Ponce, viejo compañero de
andanzas en Tucumán nos abrazamos largamente. Después fuimos a la casa de
Bernardo Massimi y allí nos recibieron su padre y su abuelo. Nos prepararon
unos sanguches con pan casero y excelentes fiambres y abrieron unas botellas de
vino. La señora de esa casa hizo alusión a que aún no era el mediodía en
referencia al vino, pero el abuelo de Massimi le respondió que nosotros
estuvimos despiertos toda la noche y que para nosotros ese momento no era la
mañana. Vicente Massimi, el abuelo de Bernardo era un viejo militante radical
yrigoyenista. Decía que había hablado varias veces con Balbín. Me sentí feliz.
Mis ex compañeros estaban también felices. No había pasado el tiempo en sus
caras. Algún corte de pelo distinto quizás. La juventud tiene ese indecifrable
misterio. En los años que dura, quince, veinte tal vez, todo transcurre a un
ritmo vertiginoso pero lento en nuestros rostros. Al concluir la juventud, se
frena lo exterior, pero se acelera el paso del tiempo en nuestra cara. Y en
todo el cuerpo.
Pasado el mediodía fuimos los siete a una escuela donde se
desarrollaba un mitin con agrupaciones radicales de toda la provincia de Buenos
Aires. Massimi nos presentó unas minas de la Juventud Radical. Una de ellas le
preguntó a Mariano Parra hasta cuándo nos quedábamos. Lo tomamos como un buen
signo. Hablamos después con integrantes de Franja Morada de la Facultad
Regional San Nicolás y por último con una delegación de estudiantes que habían
venido desde Pergamino. Los más animados en las charlas eran los que habían
venido de Tucumán y el cordobés Omar
Mestre. Yo a esa altura ya me sentía un poco de otro pozo y lo único que tenía
en mente era la supuesta entrevista con Alfonsín antes del discurso. El porteño
ni abrió la boca. Después vinieron unos periodistas de una radio y nos hicieron
una nota.
Al salir se esa escuela nos cruzamos con un solitario y
extraño personaje quien nos preguntó si nosotros éramos los que íbamos a
entrevistar a Alfonsín. Tenía la mirada
inexpresiva, veintipico de años--“Soy Ismael Edgardo Darío Abdalá, manejo toda la logística y las comunicaciones del
presidente Alfonsín. Así que si van a verlo tendrán que hablar antes conmigo.”
Por primera vez intervino el porteño.—“Nosotros estamos
acreditados, pibe. Además habrá una veintena de periodistas y somos militantes
de toda la vida. ¿Vos quién sos; en esa bicicleta le hacés la logística a
Alfonsín? Voalá, voalá…”
Continuamos caminando y el tal Abdalá nos siguió un par de
cuadras. Después subió a su bicicleta y se marchó en dirección al río. Massimi
dijo que le veía cara conocida, quizás de Somisa, la metalúrgica. Coincidimos
en que estaba medio loco.
Por fin llegamos al Hotel El Acuerdo y pedimos hablar con El
Dr Juan De Gregorio, el contacto que
teníamos de Franja Morada para que nos presentara a Alfonsín. El conserje lo
llamó por teléfono. Al rato el mismo conserje nos anunció que no se encontraba
en ese momento en el hotel pero que seríamos atendidos por otra persona. Con
cara de pocos amigos nos recibió Daniel Tardivo, histórico y eterno custodio de
Alfonsín.--“El Dr, duerme la siesta. Vayan dentro de dos horas al diario Norte,
aquí a media cuadra. Ahí tendrán cinco minutos. Hasta luego.”
Ya nuevamente en la calle el porteño aprovechó:--“Son las
cinco de la tarde, che. Cómo son ustedes los provincianos con eso de la siesta.
Por eso no avanza este país.” Todos nos reímos a carcajadas.
En las calles de San Nicolás de los Arroyos la numeración va
del del 0 al 50 y no del 0 al 100 como en todas las demás ciudades. Advertimos
eso mientras caminábamos. Nuevamente fuimos al café donde nos habíamos
encontrado a la mañana y volvimos a recordar nuestra militancia juvenil de
hacía unos pocos años. ¿Cuánto tiempo deberá transcurrir para que se haga
presente la nostalgia?¿Los hechos deberán haber sucedido veinte años atrás? ¿O
se podrá tener nostalgia del mes pasado, por ejemplo? Ponce ya era escribano.
Trabajaba con el tío. De los años pasados recordaba nuestras borracheras cerca
de la terminal vieja de San Miguel de Tucumán. Las horas de estudio y las
tardes en la fotocopiadora de la facultad habían sido eliminadas de su casete.
La memoria es selectiva, dicen. La nostalgia quizás también lo sea.
Al salir del café Bernardo nos presentó a un amigo. Luis Moisés Gómez, otro
militante radical y personal de seguridad de Somisa. Intercambiaron saludos.
Nuestro amigo le dijo que su abuelo iba a asistir al discurso y que hasta iba a
estrenar ropa para escuchar al ex presidente Alfonsín.
Camino hacia el diario
otra vez nos cruzamos con el tal Abdalá. Aquél que nos comentó que hacía la
logística y la seguridad. Estaba hablando con un empleado municipal de
tránsito. Ya estaban por cortar algunas calles. El discurso sería en la esquina
de Mitre y Urquiza. Bernardo entonces cruzó a hablar con el empleado de
tránsito y le preguntó si conocía a Abdalá. El empleado le respondió que habían
sido compañeros en Gendarmería pero que ahora parecía medio loco. Le había
escrito cartas al Papa, a Mijail Gorvachov y a George Bush entre otros.—“Bueno,
ahora entiendo. Le escribió también a Alfonsín y el presidente le pidió que le
haga la logística aquí en San Nicolás”. Dijo el porteño y otra vez todos
reímos. Se le estaban paspando los labios a Oleñac, quizás por la sequedad del
aire de aquél día.
Al finalizar una nota en
el diario, Alfonsín nos recibió en un apartado de la redacción, una especie de
living medio grande. Fue entonces que volví a emocionarme. Me pareció un tipo
afable, con mucho sentido del humor, bonachón. Recordé cosas. Obediencia debida.
Punto Final. La Tablada. Hiperinflación. El halo de ídolo con que supe verlo en el
pasado había desaparecido. Sin embrago una profunda admiración hacia el gran
estadista aún permanecía en mi espíritu. Saludó a cada uno de nosotros e
intercambió pequeños diálogos. A Joaquín Paez le dijo que no bajara nunca los brazos,
que la militancia se ejerce hasta la muerte. A Massimi le hizo notar la gran
hospitalidad de los nicoleños. Con Oleñac habló un poco más. Le preguntó si era
mendocino. Conocía a un Oleñac en Mendoza que le había enseñado muchas cosas
sobre vinos.—“No Dr. Soy porteño, aunque conozco casi todo el país”. Siguieron
hablando acerca de las bondades de los vinos de Mendoza y de otros lugares
hasta que el ex presidente dijo que ahora su vino preferido el Rutini Cabernet- Sauvignon 1983. El
porteño, rápido de reflejos le contestó. –“Buen año ese año Dr, buen año.”
Alfonsín respondió:--“Ah sí. Desde luego, desde luego. Che,¿Sabés quien tenía una
vez los labios así como vos, secos? El comandante Fidel Castro. Una vez nos
encontramos en un hotel en Mejico en una cumbre de países no alineados…y se
vino a mi pieza. Ahí le ví los labios como los tenés vos. Tuve que mandar a un
colaborador mío a comprarle manteca de cacao. Después el comandante me lo
agradeció.” A esta altura nosotros estábamos alucinados. Todos. Incluso Carlos
Oleñac, quien no había querido venir y había jurado que no vendría. Al
despedirnos le estrechamos la mano al líder y recién ahí pude hablar.—“Dr, yo
lo conocí en Tafi Viejo, en Tucumán, en la campaña para presidente, en el 83,
en una casa radical donde cocinaron milanesas”. –“Me acuerdo perfectamente de esas milanesas y me
acuerdo que volví después en el 84 ya siendo presidente para reabrir los
talleres ferroviarios y reincorporar a trescientos obreros que habían quedado
en la calle cuando los militares cerraron esos talleres.” Respondió rápidamente
Alfonsín.—“Bueno, yo lo conocí el día de las milanesas cuando prometió que iba
a reabrir los talleres. Usted estaba con el Dr Jarolawsky”. Afirmé. –“Más dotor
serás vos, ése no es ni médico ni abogado, pero qué bien habla…” Dijo Alfonsín
y se despidió finalmente para ir a dar su discurso.
El porteño me agradeció que lo haya hecho viajar a San Nicolás.
El porteño me agradeció que lo haya hecho viajar a San Nicolás.
Para mí
ya es suficiente, pensé. La charla con
el ex presidente me había dejado en estado de gracia .Nada más emocionante que
ésto podrá sucederme esta noche, medité. Me estaba equivocando.
Aparentemente la meta
fijada por Ismael Edgardo Darío Abdalá era el
sábado 24 de febrero de 1991. Desde aquel lejano momento en que se fijó tal
meta supo el número preciso de días que tenía que transitar. Luego de alcanzada
la meta, los días cesarían de transcurrir. Abdalá vivía con su madre.
Estaba desocupado. Por aquellos días hacía solamente dos cosas. Jugar al
solitario con unos naipes muy viejos y esperar. No había salido de su casa por
más de veinte días. Recién vio la calle el día 24 de febrero. Un antiguo amigo
de la Iglesia Mormona lo había ido a visitar una semana antes de la fecha en
cuestión. Pero Abdalá hizo que su madre mintiera y dijera que no estaba. El
tiempo es la sustancia con la que estamos hechos. Para Abdalá su tiempo era un
tigre que lo atacaba, pero a la vez, él era el tigre. Así se lo figuraba. Aquél
día por fin dejó de esperar y caminó hacia una plaza, luego se cruzó con
nosotros y nos preguntó si entrevistaríamos a Alfonsín. En bicicleta fue hasta
las cercanías del rió y orinó. Abandonó la bicicleta y volvió hasta el centro.
Habló con el empleado municipal de tránsito. Le preguntó por el operativo de
seguridad. Luego se retiró siete cuadras hacia un kiosko donde compró un
sanguche de miga de jamón y queso. Merendó o cenó con una lentitud ritual.
Nuevamente retornó hasta la muchedumbre que rodeaba un palco que le habían hecho para el ex
presidente en la esquina de Mitre y Urquiza. Se abrió paso entre la gente y se
puso finalmente a escuchar el discurso con rostro inexpresivo “… los grandes
empresarios han intervenido en la política argentina y han consagrado
candidaturas importantes”…En ese momento levantó la vista y no pudo distinguir si
estaba nublado o había estrellas. Miró hacia su derecha “… actúan con ese despliegue de bienes que no pueden tener los partidos
políticos. Hay un nuevo protagonista que consagra gobiernos… Creo que ahí
Abdalá me vio al lado de mis compañeros y su cara insinuó un saludo “… montados sobre la esperanza de un pueblo
que buscaba la revolución productiva, el salariazo, la disminución de impuestos
y el no aumento de tarifas…” Ese fue el instante puntual en que Abdalá
extrajo un arma de entre sus ropas apuntó lentamente y disparó contra Raúl
Ricardo Alfonsín.
**************************************
El estallido del disparo
sorprendió a todos. Hubo un profundo pero corto silencio. Luego un bullicio
infernal y varias corridas Sentí un dolor en la frente. Vi a Alfonsín caer
hacia adelante al piso del palco. Quedé mudo, vacío. El movimiento, suele afirmarse, confirma la
existencia del tiempo. La sucesión de acontecimientos verifican que el tiempo
no sería algo absoluto, sino una relación. Pero el que percibe los
acontecimientos ¿no vive acaso dos tiempos? Supongo que la percepción de los
acontecimientos también pudiera influir en el tiempo.
Una gota de sudor nació
cerca de mi patilla izquierda. Varios correligionarios obedecieron a un hombre
del palco que señalaba a Abdalá, quien mantenía el arma aún apuntando. Redujeron al tirador. Lo apalearon.
Luis Moisés Gómez, el militante radical y personal de
seguridad de Somisa amigo de Bernardo Massimi intentó a la vez matar a Abdalá.
También estaba armado. El abuelo de Bernardo, que había asistido a escuchar el
discurso, tomó el arma de Abdalá que había caído al piso cuando lo redujeron.
Algunos asistentes, al verlo con el arma, pensaron que él había sido el agresor
y corrieron a atacar al pobre viejo. La confusión reinó en ese momento. Dos
jóvenes corrieron y escaparon en un Renault 18, creo que era color azul. Un grupo
se llevó a Abdalá. Parecía que iban a lincharlo pero luego enfilaron hacia la
comisaría. En el trayecto un Fiat 128 se les cruzó. Bajaron tres hombres y
exigieron que entregasen a Abdalá.—“¡No! Lo quieren chupar, lo quieren chupar”.
Dijeron algunos de los radicales y decidieron no entregarlo. Realmente el
ambiente era muy denso. Los tres hombres del Fiat, comprendieron que lo mejor
era retirase. Así lo hicieron raudamente haciendo patinar las ruedas del auto
en el pavimento. Daniel Tardivo, el custodio
de Alfonsín , se arrojó sobre el cuerpo tendido del ex presidente. Tarde,
demasido tarde a mi entender. La gota de sudor de mi patilla comenzó a bajar
hacia mi mejilla.
Abdalá fue entregado a la comisaría y después fue juzgado.
Era insano. Delirio sistémico. Fue internado en un hospital siquiátrico y a los
dos años de aquel atentado se suicidó. Comprender es tarea de los hombres. El
único animal que puede hacer voluntariamente el ejercicio de la comprensión es
el ser humano. A veces no se logra. También fue detenido Luis Moisés Gomez, el
que quiso matar a Abdalá. Tentativa de homicidio. Después fue liberado. A la
semana de aquel suceso Bernardo Massimi me llamó por teléfono. Me comentó que
su abuelo se había repuesto muy bien y muy rápido de la injusta golpiza.
También me contó que los tres hombres del Fiat 128 eran efectivos de la policía
bonaerense y que los dos que habían corrido hasta el Renault 18 eran policías
de civil infiltrados entre el público que formaban el “grupo de apoyo” del esquema
de seguridad del acto.
El tiempo es un río que me arrebata, pero también yo soy el
río. La gota de sudor que había nacido en mi patilla izquierda, se deslizó
hacia la papada y desde allí se descolgó como una lágrima hasta morir en el
piso de aquella noche en San Nicolás. Bajé mi cabeza para mirar aquella gota.
Ahí estaba, inútil, quieta. Al levantar mi vista nuevamente, tomé aire y vi a
Alfonsín sacudiéndose los brazos y reincorporándose. Lo escuché pedir calma. El
arma había sido percutada y el plomo había salido de su vaina para detenerse al
iniciar su recorrido por el caño. Esto hizo que se trabara el tambor impidiendo
que girara y que pudiera continuar la secuencia de otros disparos. El ex
presidente pidió que no se culpe a ninguno de sus adversarios políticos por
este atentado. Continuó con la disertación. Habló del avance da la hegemonía
del menemismo y de la falta de diálogo del actual gobierno, pero dijo estar
persuadido de que todos los argentinos volveríamos a ser los dueños del país y
que la Argentina volvería a ser de su pueblo. Continuó arengando a todos los
militantes cada vez con la voz más encendida, como en los viejos tiempos.
Nosotros siete, los que habíamos ido a ver el discurso con el propósito de
volver a vernos, hicimos eso; nos vimos, nos miramos. Después sonreímos con la
cara y con el alma. Alfonsín culminó su alocución con una ovación impresionante
y con el clásico “AL-FON-SÍN, AL-FON-SÍN”.
El que más gritó fue el porteño Oleñac.
El tiempo es una llama que arde, pero a la vez somos esa
llama.El que más gritó fue el porteño Oleñac.


