jueves, 15 de septiembre de 2016

DESDE LUEGO...

--“Las ganas de transformar al mundo se van, tuquito. Se van como todas las cosas.¿ Eso está mal? No creo…Yo sé que me critican los demás muchachos pero para mí… basta. Mi mujer me calentaba, te lo juro; yo tenía erecciones con sólo mirarla. Pero ahora, el paso de los años… todo se te va, tuquito. Se te va todo.  En serio. Yo creía, estaba convencido, que mi paso por la historia y por este planeta sólo estaba justificado si tenía la capacidad de honrar  la vida, defender los derechos sociales y políticos de los desposeídos  y sostener a ultranza, poniendo mi cuerpo, si si, mi propio cuerpo si era preciso, una inquebrantable lealtad con el pueblo que nos daba su aliento. Te lo juro. Ahora ya no. Pero te lo juro que no. Y no me abochorno de eso. Son etapas. Prefiero ahora el bienestar para mí y para mi familia. Se me fue la calentura por  pegar carteles y estar en una marcha”.
--“Te aburguesaste dicen algunos de los chicos”.
--“¡Y claro! ¡Cómo no van a decir eso! Si eso está de moda decir ahora por los “viejos militantes leales a la democracia y al gran Raúl”. No jodan, deciles que no jodan. No militábamos en las villas ni en los barrios pesados. No señor. Militábamos en la facultad, en Franja Morada, boludo… capaz ya estábamos aburguesados en ésa época. No somos el Che Guevara…”
El ex Presidente Alfonsín  había iniciado una gira proselitista por varios núcleos radicales de la provincia de Buenos Aires, en un intento por sostener un partido que se disgregaba rápidamente. Hacía dos años que se había producido el final anticipado de su mandato. Eran encuentros que no aglutinaban gran cantidad de gente sino, casi exclusivamente militantes radicales. En cierta forma, servían para hacer catarsis entre los desilusionados correligionarios. La campaña apuntaba  a las elecciones legislativas de ese año para enfrentar a un flamante imperio hegemónico del menemismo, a  las palpables bonanzas de la nueva convertibilidad con inflación cero incluída, al  fin del intervencionismo estatal, a la privatización de las empresas públicas, al ajuste fiscal, a la liberalización  comercial y a un avance del neoconservadurismo a paso firme y constante.
--“Y sabés lo que pasa ahora, tuquito? La gente recibe a este conservadurismo con los brazos abiertos. No se resiste. Lo estoy viendo todos los días. Están contentos de que ya no haya inflación y de que se empiecen a privatizar las empresas de mierda que brindan servicios pésimos. Vas a ver, van a empezar a comprar cosas importadas, baratas como en la época de Martínez de Hoz. Lo hablo con mis familiares. Con mi viejo, con mis tíos. Yo tengo un tío peronista, pero peronista de la primera hora, del General. Discutíamos como perro y gato ¿Y sabés lo que me dice ahora? Que el General siempre, siempre fue privatista, que el que no sabe eso es porque toca de oído. Contra esa pelotudez que me dice no podés discutir, loco... Si hasta le cambiaron la letra a la marcha… Con trabajo y capital cantan ahora…¿Para qué vamos a gastar pólvora en chimangos? Eligen a los represores, fijate. Los votan, los eligen para legisladores, para intendentes. Están recontra locos. Nos chicaneaban que nosotros golpeábamos la puerta de los cuarteles…Bueno, ellos no golpean las puertas; no no, directamente los votan, voluntariamente nomás. El turco hijo de puta los indultó; entonces, si la cabeza actúa de esa forma, si el líder actúa así, toda la masa acompaña. Viste como son estos peronistas. Están contentos, felices con los alsogaray, los roig. Te digo, que si Menem  cambia la constitución y se postula, lo reeligen, tuquito. Lo reeligen y nos ganan de nuevo por goleada. Nosotros no tenemos recambio. Ni en la coordinadora ni en ningún lado. ¿No escuchaste el cuento ese … entran Batman, la Mujer Maravilla y la Renovación Radical a un ascensor…? bueno, no me acuerdo como sigue pero esa es la idea. Por eso…yo dije basta. Hasta aquí llegó mi amor. No cuenten conmigo para nada que se parezca a una acción militante. No cuenten con que vaya a ningún comité, y no cuenten conmigo tampoco para ese asunto de Alfonsín.
El que me hablaba desencantado era el porteño. Así lo conocíamos. Carlos Oleñac había sido militante en Franja Morada en la Universidad de Buenos Aires. Después formó parte de diversas agrupaciones de la Juventud Radical. Nos conocimos en algún encuentro interprovincial de militantes en los años 80, seguramente. Mantuvimos contacto por teléfono y por carta. Cada tanto coincidíamos en Mar del Plata cuando se tomaba vacaciones. Yo para el año 1991 ya no militaba ni estudiaba, pero me gustaba charlar con antiguos militantes y amigos. Se había organizado una gran movida con viejos compañeros de la Facultad de Derecho de Tucumán, algunos ya estaban por recibirse y otros ya eran profesionales. La intención era juntarnos  después de casi cuatro o cinco años de no vernos. Era como volver a formar la banda de rock de la secundaria. Lo haríamos en el marco de la gira del ex presidente Alfonsín por la provincia de Buenos Aires. Algunos hasta participaban de la organización de parte de esa gira. Tal el caso de Bernardo Massimi quien se había radicado en la ciudad de San Nicolás y desde allí comandaba todo el operativo reencuentro.
Omar Mestre de Córdoba, Mariano Parra, Joaquín Paez y Valeriano Ponce de Tucumán, Carlos  Oñelac de Buenos Aires y yo de Mar del Pata habíamos sido convocados por Bernardo Massimi para asistir a San Nicolás el día que Alfonsín diera el discurso en esa localidad. Un día antes también iríamos a San Pedro y participaríamos de una jornada proselitista del ex presidente. En San Nicolás entrevistaríamos a Alfonsín y después del discurso lo agasajaríamos con una cena en el Hotel El Acuerdo, propiedad de un conocido de Massimi.
El porteño Oñelac había decidido no ir. Estaba realmente desencantado. No quería saber nada de Alfonsín ni de la euforia del menemismo imperante. Yo, por cuestiones laborales iría solamente a San Nicolás, el mismo día del discurso. No estaría en el evento de San Pedro. Me dí cuenta que me interesaba más el reencuentro con mis antiguos compañeros que la entrevista a Alfonsín. Un asado, unos vinos, una charla me atraían y me llamaban.
El viernes 23 de febrero de 1991, cerca de las diez de la noche estaba a punto de partir en mi viejo Chevy hacia San Nicolás para reencontrarme con aquella banda de ex correligionarios y militantes de la vida, partidarios del buen vino y de las voces de la calle.
Uno es, también, lo que ha sido. Siempre vamos a tender al reencuentro y revivir parte de lo bueno que hayamos vivido. Y en cierta medida todo reencuentro no es otra cosa que un sueño dirigido.
Pero mi vehículo nunca arrancó y no tenia formas de llegar en colectivo. Así que un amigo me llevó en su auto. Ni más ni menos que el porteño Oñelac. --“Lo hago por vos, tuquito. Ya sabés que a mí no me interesa nada de la militancia ni nada de Alfonsín. Manejo toda la noche hasta San Nicolás por una cuestión de afecto y de fraternidad ; y eso que se me secan los labios cuando viajo. Nada me importa ya de la política. Prefiero usar mi ocio de forma más creativa y no ser parte de todo un desgaste al pedo, porque ahora, en nosotros lo radicales…es un gasto de energía al pedo.”
Al llegar a San Nicolás nos encontramos todos en un café y realmente fue un momento de grandísima alegría y emoción. Estaban todos contentos y sorprendidos por la llegada del porteño, quien había recontra jurado que no asistiría a la reunión. Con Valeriano Ponce, viejo compañero de andanzas en Tucumán nos abrazamos largamente. Después fuimos a la casa de Bernardo Massimi y allí nos recibieron su padre y su abuelo. Nos prepararon unos sanguches con pan casero y excelentes fiambres y abrieron unas botellas de vino. La señora de esa casa hizo alusión a que aún no era el mediodía en referencia al vino, pero el abuelo de Massimi le respondió que nosotros estuvimos despiertos toda la noche y que para nosotros ese momento no era la mañana. Vicente Massimi, el abuelo de Bernardo era un viejo militante radical yrigoyenista. Decía que había hablado varias veces con Balbín. Me sentí feliz. Mis ex compañeros estaban también felices. No había pasado el tiempo en sus caras. Algún corte de pelo distinto quizás. La juventud tiene ese indecifrable misterio. En los años que dura, quince, veinte tal vez, todo transcurre a un ritmo vertiginoso pero lento en nuestros rostros. Al concluir la juventud, se frena lo exterior, pero se acelera el paso del tiempo en nuestra cara. Y en todo el cuerpo.
Pasado el mediodía fuimos los siete a una escuela donde se desarrollaba un mitin con agrupaciones radicales de toda la provincia de Buenos Aires. Massimi nos presentó unas minas de la Juventud Radical. Una de ellas le preguntó a Mariano Parra hasta cuándo nos quedábamos. Lo tomamos como un buen signo. Hablamos después con integrantes de Franja Morada de la Facultad Regional San Nicolás y por último con una delegación de estudiantes que habían venido desde Pergamino. Los más animados en las charlas eran los que habían venido de Tucumán y el  cordobés Omar Mestre. Yo a esa altura ya me sentía un poco de otro pozo y lo único que tenía en mente era la supuesta entrevista con Alfonsín antes del discurso. El porteño ni abrió la boca. Después vinieron unos periodistas de una radio y nos hicieron una nota.
Al salir se esa escuela nos cruzamos con un solitario y extraño personaje quien nos preguntó si nosotros éramos los que íbamos a entrevistar a Alfonsín.  Tenía la mirada inexpresiva, veintipico de años--“Soy Ismael Edgardo Darío Abdalá,  manejo toda la logística y las comunicaciones del presidente Alfonsín. Así que si van a verlo tendrán que hablar antes conmigo.”
Por primera vez intervino el porteño.—“Nosotros estamos acreditados, pibe. Además habrá una veintena de periodistas y somos militantes de toda la vida. ¿Vos quién sos; en esa bicicleta le hacés la logística a Alfonsín? Voalá, voalá…”
Continuamos caminando y el tal Abdalá nos siguió un par de cuadras. Después subió a su bicicleta y se marchó en dirección al río. Massimi dijo que le veía cara conocida, quizás de Somisa, la metalúrgica. Coincidimos en que estaba medio loco.
Por fin llegamos al Hotel El Acuerdo y pedimos hablar con El Dr Juan  De Gregorio, el contacto que teníamos de Franja Morada para que nos presentara a Alfonsín. El conserje lo llamó por teléfono. Al rato el mismo conserje nos anunció que no se encontraba en ese momento en el hotel pero que seríamos atendidos por otra persona. Con cara de pocos amigos nos recibió Daniel Tardivo, histórico y eterno custodio de Alfonsín.--“El Dr, duerme la siesta. Vayan dentro de dos horas al diario Norte, aquí a media cuadra. Ahí tendrán cinco minutos. Hasta luego.”
Ya nuevamente en la calle el porteño aprovechó:--“Son las cinco de la tarde, che. Cómo son ustedes los provincianos con eso de la siesta. Por eso no avanza este país.” Todos nos reímos a carcajadas.
En las calles de San Nicolás de los Arroyos la numeración va del del 0 al 50 y no del 0 al 100 como en todas las demás ciudades. Advertimos eso mientras caminábamos. Nuevamente fuimos al café donde nos habíamos encontrado a la mañana y volvimos a recordar nuestra militancia juvenil de hacía unos pocos años. ¿Cuánto tiempo deberá transcurrir para que se haga presente la nostalgia?¿Los hechos deberán haber sucedido veinte años atrás? ¿O se podrá tener nostalgia del mes pasado, por ejemplo? Ponce ya era escribano. Trabajaba con el tío. De los años pasados recordaba nuestras borracheras cerca de la terminal vieja de San Miguel de Tucumán. Las horas de estudio y las tardes en la fotocopiadora de la facultad habían sido eliminadas de su casete. La memoria es selectiva, dicen. La nostalgia quizás también lo sea.
Al salir del café Bernardo nos presentó a un amigo. Luis Moisés Gómez, otro militante radical y personal de seguridad de Somisa. Intercambiaron saludos. Nuestro amigo le dijo que su abuelo iba a asistir al discurso y que hasta iba a estrenar ropa para escuchar al ex presidente Alfonsín.
Camino hacia el diario otra vez nos cruzamos con el tal Abdalá. Aquél que nos comentó que hacía la logística y la seguridad. Estaba hablando con un empleado municipal de tránsito. Ya estaban por cortar algunas calles. El discurso sería en la esquina de Mitre y Urquiza. Bernardo entonces cruzó a hablar con el empleado de tránsito y le preguntó si conocía a Abdalá. El empleado le respondió que habían sido compañeros en Gendarmería pero que ahora parecía medio loco. Le había escrito cartas al Papa, a Mijail Gorvachov y a George Bush entre otros.—“Bueno, ahora entiendo. Le escribió también a Alfonsín y el presidente le pidió que le haga la logística aquí en San Nicolás”. Dijo el porteño y otra vez todos reímos. Se le estaban paspando los labios a Oleñac, quizás por la sequedad del aire de aquél día.
Al finalizar una nota en el diario, Alfonsín nos recibió en un apartado de la redacción, una especie de living medio grande. Fue entonces que volví a emocionarme. Me pareció un tipo afable, con mucho sentido del humor, bonachón. Recordé cosas. Obediencia debida. Punto Final. La Tablada. Hiperinflación.  El halo de ídolo con que supe verlo en el pasado había desaparecido. Sin embrago una profunda admiración hacia el gran estadista aún permanecía en mi espíritu. Saludó a cada uno de nosotros e intercambió pequeños diálogos. A Joaquín Paez le dijo que no bajara nunca los brazos, que la militancia se ejerce hasta la muerte. A Massimi le hizo notar la gran hospitalidad de los nicoleños. Con Oleñac habló un poco más. Le preguntó si era mendocino. Conocía a un Oleñac en Mendoza que le había enseñado muchas cosas sobre vinos.—“No Dr. Soy porteño, aunque conozco casi todo el país”. Siguieron hablando acerca de las bondades de los vinos de Mendoza y de otros lugares hasta que el ex presidente dijo que ahora su vino preferido el Rutini Cabernet- Sauvignon  1983. El porteño, rápido de reflejos le contestó. –“Buen año ese año Dr, buen año.” Alfonsín respondió:--“Ah sí. Desde luego, desde luego. Che,¿Sabés quien tenía una vez los labios así como vos, secos? El comandante Fidel Castro. Una vez nos encontramos en un hotel en Mejico en una cumbre de países no alineados…y se vino a mi pieza. Ahí le ví los labios como los tenés vos. Tuve que mandar a un colaborador mío a comprarle manteca de cacao. Después el comandante me lo agradeció.” A esta altura nosotros estábamos alucinados. Todos. Incluso Carlos Oleñac, quien no había querido venir y había jurado que no vendría. Al despedirnos le estrechamos la mano al líder y recién ahí pude hablar.—“Dr, yo lo conocí en Tafi Viejo, en Tucumán, en la campaña para presidente, en el 83, en una casa radical donde cocinaron milanesas”. –“Me  acuerdo perfectamente de esas milanesas y me acuerdo que volví después en el 84 ya siendo presidente para reabrir los talleres ferroviarios y reincorporar a trescientos obreros que habían quedado en la calle cuando los militares cerraron esos talleres.” Respondió rápidamente Alfonsín.—“Bueno, yo lo conocí el día de las milanesas cuando prometió que iba a reabrir los talleres. Usted estaba con el Dr Jarolawsky”. Afirmé. –“Más dotor serás vos, ése no es ni médico ni abogado, pero qué bien habla…” Dijo Alfonsín y se despidió finalmente para ir a dar su discurso.
El porteño me agradeció que lo haya hecho viajar a San Nicolás.
Para mí ya es suficiente, pensé.  La charla con el ex presidente me había dejado en estado de gracia .Nada más emocionante que ésto podrá sucederme esta noche, medité. Me estaba equivocando.
Aparentemente la meta fijada por Ismael Edgardo Darío Abdalá era el sábado 24 de febrero de 1991. Desde aquel lejano momento en que se fijó tal meta supo el número preciso de días que tenía que transitar. Luego de alcanzada la meta, los días cesarían de transcurrir. Abdalá vivía con su madre. Estaba desocupado. Por aquellos días hacía solamente dos cosas. Jugar al solitario con unos naipes muy viejos y esperar. No había salido de su casa por más de veinte días. Recién vio la calle el día 24 de febrero. Un antiguo amigo de la Iglesia Mormona lo había ido a visitar una semana antes de la fecha en cuestión. Pero Abdalá hizo que su madre mintiera y dijera que no estaba. El tiempo es la sustancia con la que estamos hechos. Para Abdalá su tiempo era un tigre que lo atacaba, pero a la vez, él era el tigre. Así se lo figuraba. Aquél día por fin dejó de esperar y caminó hacia una plaza, luego se cruzó con nosotros y nos preguntó si entrevistaríamos a Alfonsín. En bicicleta fue hasta las cercanías del rió y orinó. Abandonó la bicicleta y volvió hasta el centro. Habló con el empleado municipal de tránsito. Le preguntó por el operativo de seguridad. Luego se retiró siete cuadras hacia un kiosko donde compró un sanguche de miga de jamón y queso. Merendó o cenó con una lentitud ritual. Nuevamente retornó hasta la muchedumbre que rodeaba un  palco que le habían hecho para el ex presidente en la esquina de Mitre y Urquiza. Se abrió paso entre la gente y se puso finalmente a escuchar el discurso con rostro inexpresivo “los grandes empresarios han intervenido en la política argentina y han consagrado candidaturas importantes”…En ese momento levantó la vista y no pudo distinguir si estaba nublado o había estrellas. Miró hacia su derecha “… actúan con ese despliegue de bienes que no pueden tener los partidos políticos. Hay un nuevo protagonista que consagra gobiernos… Creo que ahí Abdalá me vio al lado de mis compañeros y su cara insinuó un saludo “… montados sobre la esperanza de un pueblo que buscaba la revolución productiva, el salariazo, la disminución de impuestos y el no aumento de tarifas…” Ese fue el instante puntual en que Abdalá extrajo un arma de entre sus ropas apuntó lentamente y disparó contra Raúl Ricardo Alfonsín.

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El estallido del disparo sorprendió a todos. Hubo un profundo pero corto silencio. Luego un bullicio infernal y varias corridas Sentí un dolor en la frente. Vi a Alfonsín caer hacia adelante al piso del palco. Quedé mudo, vacío. El  movimiento, suele afirmarse, confirma la existencia del tiempo. La sucesión de acontecimientos verifican que el tiempo no sería algo absoluto, sino una relación. Pero el que percibe los acontecimientos ¿no vive acaso dos tiempos? Supongo que la percepción de los acontecimientos también pudiera influir en el tiempo.
Una gota de sudor nació cerca de mi patilla izquierda. Varios correligionarios obedecieron a un hombre del palco que señalaba a Abdalá, quien mantenía el arma aún apuntando.  Redujeron al tirador.  Lo apalearon.  Luis Moisés Gómez, el militante radical y personal de seguridad de Somisa amigo de Bernardo Massimi intentó a la vez matar a Abdalá. También estaba armado. El abuelo de Bernardo, que había asistido a escuchar el discurso, tomó el arma de Abdalá que había caído al piso cuando lo redujeron. Algunos asistentes, al verlo con el arma, pensaron que él había sido el agresor y corrieron a atacar al pobre viejo. La confusión reinó en ese momento. Dos jóvenes corrieron y escaparon en un Renault 18, creo que era color azul. Un grupo se llevó a Abdalá. Parecía que iban a lincharlo pero luego enfilaron hacia la comisaría. En el trayecto un Fiat 128 se les cruzó. Bajaron tres hombres y exigieron que entregasen a Abdalá.—“¡No! Lo quieren chupar, lo quieren chupar”. Dijeron algunos de los radicales y decidieron no entregarlo. Realmente el ambiente era muy denso. Los tres hombres del Fiat, comprendieron que lo mejor era retirase. Así lo hicieron raudamente haciendo patinar las ruedas del auto en el pavimento. Daniel Tardivo, el custodio de Alfonsín , se arrojó sobre el cuerpo tendido del ex presidente. Tarde, demasido tarde a mi entender. La gota de sudor de mi patilla comenzó a bajar hacia mi mejilla.
Abdalá fue entregado a la comisaría y después fue juzgado. Era insano. Delirio sistémico. Fue internado en un hospital siquiátrico y a los dos años de aquel atentado se suicidó. Comprender es tarea de los hombres. El único animal que puede hacer voluntariamente el ejercicio de la comprensión es el ser humano. A veces no se logra. También fue detenido Luis Moisés Gomez, el que quiso matar a Abdalá. Tentativa de homicidio. Después fue liberado. A la semana de aquel suceso Bernardo Massimi me llamó por teléfono. Me comentó que su abuelo se había repuesto muy bien y muy rápido de la injusta golpiza. También me contó que los tres hombres del Fiat 128 eran efectivos de la policía bonaerense y que los dos que habían corrido hasta el Renault 18 eran policías de civil infiltrados entre el público que formaban el “grupo de apoyo” del esquema de seguridad del acto.
El tiempo es un río que me arrebata, pero también yo soy el río. La gota de sudor que había nacido en mi patilla izquierda, se deslizó hacia la papada y desde allí se descolgó como una lágrima hasta morir en el piso de aquella noche en San Nicolás. Bajé mi cabeza para mirar aquella gota. Ahí estaba, inútil, quieta. Al levantar mi vista nuevamente, tomé aire y vi a Alfonsín sacudiéndose los brazos y reincorporándose. Lo escuché pedir calma. El arma había sido percutada y el plomo había salido de su vaina para detenerse al iniciar su recorrido por el caño. Esto hizo que se trabara el tambor impidiendo que girara y que pudiera continuar la secuencia de otros disparos. El ex presidente pidió que no se culpe a ninguno de sus adversarios políticos por este atentado. Continuó con la disertación. Habló del avance da la hegemonía del menemismo y de la falta de diálogo del actual gobierno, pero dijo estar persuadido de que todos los argentinos volveríamos a ser los dueños del país y que la Argentina volvería a ser de su pueblo. Continuó arengando a todos los militantes cada vez con la voz más encendida, como en los viejos tiempos. Nosotros siete, los que habíamos ido a ver el discurso con el propósito de volver a vernos, hicimos eso; nos vimos, nos miramos. Después sonreímos con la cara y con el alma. Alfonsín culminó su alocución con una ovación impresionante y con el clásico “AL-FON-SÍN, AL-FON-SÍN”.
El que más gritó fue el porteño Oleñac.
El tiempo es una llama que arde, pero a la vez somos esa llama.

lunes, 5 de septiembre de 2016

RAY

Ha muerto Ray, escritor que nos inyectó más locura aún...

Viajando por el espacio en la nave expres azúl he recalado sin querer en un desolado paraje marciano y vi algo como una casa...
Toqué y saliste a atender, o mejor dicho salió a atender una versión tuya anterior, sin contaminación aún...Me di cuenta que era una versión anterior porque las palabras y la mirada estaban aún sin la contaminaci
ón cósmica de los años ni de otros marcianos.
El calendario marciano colgado de la pared marcaba otra fecha , siempre marcan la misma fecha los calendarios en marte. Era mayo.
¿Qué hacías ahi? te pregunté incrédulo...
Un marcianito hermoso lloró desde una cuna y tuviste que ir a atenderlo...
Regresé impávido de aquel viaje y desde las ventanillas de la nave pude ver las estrellas con más brillo que lo normal. Traté de sintonizar alguna radio...no había señal.




NAYRA

Fumando en el patio, mientras esperaban entrar al aula. Así los ví esa tarde a Ponce y a Nader. Como en cámara lenta transcurría esa escena. La hora de la siesta  siempre tiene  un aire de parsimonia. No importa el lugar. Parece que el tiempo se remansa y todo movimiento se desacelera. Todo menos los movimientos del turco Yuni, que poseía una  ligereza incorporada en todo su cuerpo.
--“Va a limpiar todo el patio en diez segundos. A lo mejor lo contrataron por eso, por la velocidad. Limpia más rápido y entonces se ahorran horas extras. Pero con tantos tics nerviosos y tantos guiños de ojos también se atrasa. Aparte es medio tartamudo. El otro día para decir que no tiren papeles al piso demoró como ochenta años. Y también  habla en lenguas. Vos lo escuchaste, Nader. Habló con vos ”
--“Habla en Turco, Ponce…O sólo saluda en turco. No creo que sepa más que eso. Los padres eran Sirios. En mi casa, mis abuelos dicen que son medio parientes de la madre de Yuni. Todos esos tics los tiene desde que quedó loco…se quiso suicidar parece. Hace años. Muchos años. Después no pudo trabajar en nada. No sé cómo habrá hecho para entrar a trabajar en la Universidad.”
 --“Y… para limpiar no hace falta ninguna genialidad. Vas, limpias ¡ Y listo! Además, cuando se empieza a acelerar te limpia el patio, las aulas y los pasillos en diez segundos. Cara de loco tiene. Hasta dientes de loco ¿Ustedes se dieron cuenta que los locos tienen los dientes distintos a las personas normales?
--“Dicen que compró una mina. En el campo. Porque vivían en el campo, cerca de un horno grande de carbón. Yendo para Santiago, eso dicen mis abuelos… Se la compró a otro turco  viudo llamado Salomón que tenía tres hijas. Creo que era paisano de Siria... Parecen que eran costumbres de turcos y le pagó cuarenta mil pesos, de esa época, hace montón de años.”
--“Yo tenía entendido que la que paga es la mina. Cuando te casás te dan la mina y además la dote ¿O no? Aclaranos estos temas, Nader.”
--“La cuestión es que Yuni la compró. Eso dicen mis abuelos. Y dicen que estuvo juntando la guita durante todo un año y se empeñó hasta los huevos. Para colmo, el turco Salomón lo cagó. Lo recagó, porque la hija era retardada y se la quería sacar de encima. Pero a Yuni no le importaba que la mina fuese imbécil. No le importó para nada a pesar de las advertencias de todos sus parientes. La mina estaba buenísima, partía la tierra. Unas tetas perfectas. Dicen que tenía la pancita toda marcada, bien musculosa. La hacían trabajar mucho en la casa y también con unas ovejas. Bañaba a las ovejas, las esquilaba, las cuidaba. Entonces la mina hacía mucho ejercicio físico con todas esas faenas y se recontra formaba. Mi abuelo dice que tenía un lomo mejor que cualquier vedete de la tele. Después empezó a  andar a caballo. Y ahí fue cuando le salió un culo mejor que el de Adriana Brodsky. El turco Yuni la compró cuando la mina tenía veintidós años. Él tenía casi cuarenta. Diferencia de edades en estado ideal, digo yo…”
--“¿Y en ese tiempo Yuni no tenía todos estos gestos y tics que tiene ahora?”
--“No, Ponce. En ese tiempo el turco era un tipo normal. Eso dicen. Yo creo que muy lúcido no debe haber sido, muy avispado digo. Al fin y al cabo se compró una mina fallada. Aunque, quizás aquella característica, digo que sea retardada,  era un valor agregado para Yuni. De no haber sido tonta, lela, retrasada mental, no le hubiese dado bola al turco. Los ojos verdes de esta mujer eran la perdición de Yuni.  Eso era, según él, lo que le agregaba valor y por lo que había pagado los cuarenta mil pesos…Y obvio también todo el lomazo. Mi abuela dice que la cara era perfecta. Cara de turca y bella, perro de esas bellezas perfectas. El pelo ondulado casi hasta la cintura. Yo me la imagino con los labios ideales para todas las perversiones”.
--“La belleza tiene una  fatalidad mayor a la muerte”. Decidí hacer un mínimo comentario.
--“Luna, Ponce… parece que de eso se trata la historia de Yuni. La belleza de esta mina terminó dejándolo loco. De todas formas, yo no logro entenderte del todo con esa afirmación de la fatalidad de la belleza”.
--“Digo, amigos, correligionarios, en medio del sopor de esta siesta; nosotros, animales urbanos, medio borrachines quizás, jóvenes curiosos, gozantes, degustadores de mujeres, es posible, que alguna vez o muchas veces nos topemos con la belleza. Quizás sea una búsqueda nuestra sin saberlo nosotros mismos. Entonces, fatalmente, vamos a encontrarnos con la belleza. Tendemos a eso. Obviamente, por su puesto, con la muerte hemos de encontrarnos todos. De eso no se salva nadie; pero podría ser que no tuviéramos consciencia de aquél último encuentro. Nos sorprende de un paro o en el sueño. O quizás estemos en estado vegetativo, que sé yo…Pero la belleza, te llega y lo notás, lo notás…Cuando te llega, lo notás.
--“Estás hecho un filósofo Luna. Aunque te hacés mucho el Borges. Desde que murió Borges, te hacés mucho el Borges. Salvando los abismos de distancia claro…El tema es que cuando el turco Yuni empezó a estar con la mina, andaba contento como chico con regalo nuevo. Salomón le había encajado la hija tonta y Yuni la disfrutaba y le daba matraca todos los días. Se deleitaba con la belleza de la mina.  Le hacía el amor de frente porque los ojos verdes y sensuales de la tonta lo perdían a Yuni. Todo había ido bien, salvo un detallecito menor. Antes de morir, la esposa de Salomón le había prometido la hija tonta a un primo, a un tal Halím, que tenía la misma  edad que la mina. En mi casa me contaron que le decían Halím, el paciente…porque esperaba y esperaba hasta que llegaba el momento justo de actuar. Este primo quedó con la vena cuando la tonta fue vendida a Yuni. Sus familiares lo habían consolado diciéndole que la mina era re imbécil. Tenía menos criterio que una oveja de esas que había cuidado. Pero este Halím cada tanto se acercaba por el rancho del turco y le dejaba algún saludito. Le rompía alguna tranquera, le mataba algún pollo. Halím siempre andaba con dos o tres laderos que lo acompañaban para todos lados…No sé, cosas del campo… y de turcos. Cuentan que una vez en un boliche perdido en medio del monte le preguntaron a Halím que opinaba de Yuni. El joven dijo que había personas en nuestras vidas que nos hacían sentir infelices por la simple casualidad de haberse cruzado en nuestro camino. Después este Halím se hizo medio delincuentón, contabandeaba cosas  de Siria o de Paraguay. Comenzó a hacer guita. Se empezó a ocupar de esos negocios; dejó de joder un poco…Pero nunca, nunca se olvidó de la mina tonta y de Yuni.
--”Mientras tanto el turco Yuni se matracaba a la mina y era feliz”. Dijo Ponce.
--“Pero todos sabemos lo efímero  que es ese sentimiento. O sea , dicho en términos legales: la felicidad dura menos que un pedo en una mano. El turco empezó a soñar que Halím  le hablaba en sueños y lo amenazaba. Algunos hasta dicen haberlo visto a Halím apoyado en la ventana de Yuni a las tres de la mañana. A lo mejor los sueños eran reales. Una vez Yuni salió a buscar un poco de leña y cuando llegó vió a la mujer peinándose y mirándose al espejo, Los ojos de la mina estaban más bellos que nunca. El turco se puso a llorar de amor. La chica entonces le preguntó qué pasaba, por qué lloraba. Yuni le respondió que a veces se olvidaba de agradecer a Alá por los ojos de ella, que eran tan bellos y pefectos. Eso lo hacía llorar. Al día siguiente la tonta se arrancó los ojos. El turco la encontró sangrando y sin ojos. Tuvieron que llevarla al hospital. Cuando regresaron la mujer le dijo que se había sacado los ojos  para que el turco no llorara. No quería tener nada que hiciera sufrir al hombre. La tonta también se había enamorado de Yuni. El turco se enojó y empezó a enloquecerse; decía que ella se había quitado valor y repetía que se había quitado valor. Esa noche ambos se acostaron en camas separadas. En sueños, otra vez el turco oyó la voz de Halím que le decía …Así que para vos  perdió valor , pues para nosotros, le agregó valor, y mucho… Al otro día el turco despertó y la mujer estaba muerta. La habían asesinado. En la cama habían dejado cuarenta mil pesos. Ahí fue cuando Yuni quedó loco de remate. A Halím no se lo vio nunca más…