jueves, 15 de septiembre de 2016

DESDE LUEGO...

--“Las ganas de transformar al mundo se van, tuquito. Se van como todas las cosas.¿ Eso está mal? No creo…Yo sé que me critican los demás muchachos pero para mí… basta. Mi mujer me calentaba, te lo juro; yo tenía erecciones con sólo mirarla. Pero ahora, el paso de los años… todo se te va, tuquito. Se te va todo.  En serio. Yo creía, estaba convencido, que mi paso por la historia y por este planeta sólo estaba justificado si tenía la capacidad de honrar  la vida, defender los derechos sociales y políticos de los desposeídos  y sostener a ultranza, poniendo mi cuerpo, si si, mi propio cuerpo si era preciso, una inquebrantable lealtad con el pueblo que nos daba su aliento. Te lo juro. Ahora ya no. Pero te lo juro que no. Y no me abochorno de eso. Son etapas. Prefiero ahora el bienestar para mí y para mi familia. Se me fue la calentura por  pegar carteles y estar en una marcha”.
--“Te aburguesaste dicen algunos de los chicos”.
--“¡Y claro! ¡Cómo no van a decir eso! Si eso está de moda decir ahora por los “viejos militantes leales a la democracia y al gran Raúl”. No jodan, deciles que no jodan. No militábamos en las villas ni en los barrios pesados. No señor. Militábamos en la facultad, en Franja Morada, boludo… capaz ya estábamos aburguesados en ésa época. No somos el Che Guevara…”
El ex Presidente Alfonsín  había iniciado una gira proselitista por varios núcleos radicales de la provincia de Buenos Aires, en un intento por sostener un partido que se disgregaba rápidamente. Hacía dos años que se había producido el final anticipado de su mandato. Eran encuentros que no aglutinaban gran cantidad de gente sino, casi exclusivamente militantes radicales. En cierta forma, servían para hacer catarsis entre los desilusionados correligionarios. La campaña apuntaba  a las elecciones legislativas de ese año para enfrentar a un flamante imperio hegemónico del menemismo, a  las palpables bonanzas de la nueva convertibilidad con inflación cero incluída, al  fin del intervencionismo estatal, a la privatización de las empresas públicas, al ajuste fiscal, a la liberalización  comercial y a un avance del neoconservadurismo a paso firme y constante.
--“Y sabés lo que pasa ahora, tuquito? La gente recibe a este conservadurismo con los brazos abiertos. No se resiste. Lo estoy viendo todos los días. Están contentos de que ya no haya inflación y de que se empiecen a privatizar las empresas de mierda que brindan servicios pésimos. Vas a ver, van a empezar a comprar cosas importadas, baratas como en la época de Martínez de Hoz. Lo hablo con mis familiares. Con mi viejo, con mis tíos. Yo tengo un tío peronista, pero peronista de la primera hora, del General. Discutíamos como perro y gato ¿Y sabés lo que me dice ahora? Que el General siempre, siempre fue privatista, que el que no sabe eso es porque toca de oído. Contra esa pelotudez que me dice no podés discutir, loco... Si hasta le cambiaron la letra a la marcha… Con trabajo y capital cantan ahora…¿Para qué vamos a gastar pólvora en chimangos? Eligen a los represores, fijate. Los votan, los eligen para legisladores, para intendentes. Están recontra locos. Nos chicaneaban que nosotros golpeábamos la puerta de los cuarteles…Bueno, ellos no golpean las puertas; no no, directamente los votan, voluntariamente nomás. El turco hijo de puta los indultó; entonces, si la cabeza actúa de esa forma, si el líder actúa así, toda la masa acompaña. Viste como son estos peronistas. Están contentos, felices con los alsogaray, los roig. Te digo, que si Menem  cambia la constitución y se postula, lo reeligen, tuquito. Lo reeligen y nos ganan de nuevo por goleada. Nosotros no tenemos recambio. Ni en la coordinadora ni en ningún lado. ¿No escuchaste el cuento ese … entran Batman, la Mujer Maravilla y la Renovación Radical a un ascensor…? bueno, no me acuerdo como sigue pero esa es la idea. Por eso…yo dije basta. Hasta aquí llegó mi amor. No cuenten conmigo para nada que se parezca a una acción militante. No cuenten con que vaya a ningún comité, y no cuenten conmigo tampoco para ese asunto de Alfonsín.
El que me hablaba desencantado era el porteño. Así lo conocíamos. Carlos Oleñac había sido militante en Franja Morada en la Universidad de Buenos Aires. Después formó parte de diversas agrupaciones de la Juventud Radical. Nos conocimos en algún encuentro interprovincial de militantes en los años 80, seguramente. Mantuvimos contacto por teléfono y por carta. Cada tanto coincidíamos en Mar del Plata cuando se tomaba vacaciones. Yo para el año 1991 ya no militaba ni estudiaba, pero me gustaba charlar con antiguos militantes y amigos. Se había organizado una gran movida con viejos compañeros de la Facultad de Derecho de Tucumán, algunos ya estaban por recibirse y otros ya eran profesionales. La intención era juntarnos  después de casi cuatro o cinco años de no vernos. Era como volver a formar la banda de rock de la secundaria. Lo haríamos en el marco de la gira del ex presidente Alfonsín por la provincia de Buenos Aires. Algunos hasta participaban de la organización de parte de esa gira. Tal el caso de Bernardo Massimi quien se había radicado en la ciudad de San Nicolás y desde allí comandaba todo el operativo reencuentro.
Omar Mestre de Córdoba, Mariano Parra, Joaquín Paez y Valeriano Ponce de Tucumán, Carlos  Oñelac de Buenos Aires y yo de Mar del Pata habíamos sido convocados por Bernardo Massimi para asistir a San Nicolás el día que Alfonsín diera el discurso en esa localidad. Un día antes también iríamos a San Pedro y participaríamos de una jornada proselitista del ex presidente. En San Nicolás entrevistaríamos a Alfonsín y después del discurso lo agasajaríamos con una cena en el Hotel El Acuerdo, propiedad de un conocido de Massimi.
El porteño Oñelac había decidido no ir. Estaba realmente desencantado. No quería saber nada de Alfonsín ni de la euforia del menemismo imperante. Yo, por cuestiones laborales iría solamente a San Nicolás, el mismo día del discurso. No estaría en el evento de San Pedro. Me dí cuenta que me interesaba más el reencuentro con mis antiguos compañeros que la entrevista a Alfonsín. Un asado, unos vinos, una charla me atraían y me llamaban.
El viernes 23 de febrero de 1991, cerca de las diez de la noche estaba a punto de partir en mi viejo Chevy hacia San Nicolás para reencontrarme con aquella banda de ex correligionarios y militantes de la vida, partidarios del buen vino y de las voces de la calle.
Uno es, también, lo que ha sido. Siempre vamos a tender al reencuentro y revivir parte de lo bueno que hayamos vivido. Y en cierta medida todo reencuentro no es otra cosa que un sueño dirigido.
Pero mi vehículo nunca arrancó y no tenia formas de llegar en colectivo. Así que un amigo me llevó en su auto. Ni más ni menos que el porteño Oñelac. --“Lo hago por vos, tuquito. Ya sabés que a mí no me interesa nada de la militancia ni nada de Alfonsín. Manejo toda la noche hasta San Nicolás por una cuestión de afecto y de fraternidad ; y eso que se me secan los labios cuando viajo. Nada me importa ya de la política. Prefiero usar mi ocio de forma más creativa y no ser parte de todo un desgaste al pedo, porque ahora, en nosotros lo radicales…es un gasto de energía al pedo.”
Al llegar a San Nicolás nos encontramos todos en un café y realmente fue un momento de grandísima alegría y emoción. Estaban todos contentos y sorprendidos por la llegada del porteño, quien había recontra jurado que no asistiría a la reunión. Con Valeriano Ponce, viejo compañero de andanzas en Tucumán nos abrazamos largamente. Después fuimos a la casa de Bernardo Massimi y allí nos recibieron su padre y su abuelo. Nos prepararon unos sanguches con pan casero y excelentes fiambres y abrieron unas botellas de vino. La señora de esa casa hizo alusión a que aún no era el mediodía en referencia al vino, pero el abuelo de Massimi le respondió que nosotros estuvimos despiertos toda la noche y que para nosotros ese momento no era la mañana. Vicente Massimi, el abuelo de Bernardo era un viejo militante radical yrigoyenista. Decía que había hablado varias veces con Balbín. Me sentí feliz. Mis ex compañeros estaban también felices. No había pasado el tiempo en sus caras. Algún corte de pelo distinto quizás. La juventud tiene ese indecifrable misterio. En los años que dura, quince, veinte tal vez, todo transcurre a un ritmo vertiginoso pero lento en nuestros rostros. Al concluir la juventud, se frena lo exterior, pero se acelera el paso del tiempo en nuestra cara. Y en todo el cuerpo.
Pasado el mediodía fuimos los siete a una escuela donde se desarrollaba un mitin con agrupaciones radicales de toda la provincia de Buenos Aires. Massimi nos presentó unas minas de la Juventud Radical. Una de ellas le preguntó a Mariano Parra hasta cuándo nos quedábamos. Lo tomamos como un buen signo. Hablamos después con integrantes de Franja Morada de la Facultad Regional San Nicolás y por último con una delegación de estudiantes que habían venido desde Pergamino. Los más animados en las charlas eran los que habían venido de Tucumán y el  cordobés Omar Mestre. Yo a esa altura ya me sentía un poco de otro pozo y lo único que tenía en mente era la supuesta entrevista con Alfonsín antes del discurso. El porteño ni abrió la boca. Después vinieron unos periodistas de una radio y nos hicieron una nota.
Al salir se esa escuela nos cruzamos con un solitario y extraño personaje quien nos preguntó si nosotros éramos los que íbamos a entrevistar a Alfonsín.  Tenía la mirada inexpresiva, veintipico de años--“Soy Ismael Edgardo Darío Abdalá,  manejo toda la logística y las comunicaciones del presidente Alfonsín. Así que si van a verlo tendrán que hablar antes conmigo.”
Por primera vez intervino el porteño.—“Nosotros estamos acreditados, pibe. Además habrá una veintena de periodistas y somos militantes de toda la vida. ¿Vos quién sos; en esa bicicleta le hacés la logística a Alfonsín? Voalá, voalá…”
Continuamos caminando y el tal Abdalá nos siguió un par de cuadras. Después subió a su bicicleta y se marchó en dirección al río. Massimi dijo que le veía cara conocida, quizás de Somisa, la metalúrgica. Coincidimos en que estaba medio loco.
Por fin llegamos al Hotel El Acuerdo y pedimos hablar con El Dr Juan  De Gregorio, el contacto que teníamos de Franja Morada para que nos presentara a Alfonsín. El conserje lo llamó por teléfono. Al rato el mismo conserje nos anunció que no se encontraba en ese momento en el hotel pero que seríamos atendidos por otra persona. Con cara de pocos amigos nos recibió Daniel Tardivo, histórico y eterno custodio de Alfonsín.--“El Dr, duerme la siesta. Vayan dentro de dos horas al diario Norte, aquí a media cuadra. Ahí tendrán cinco minutos. Hasta luego.”
Ya nuevamente en la calle el porteño aprovechó:--“Son las cinco de la tarde, che. Cómo son ustedes los provincianos con eso de la siesta. Por eso no avanza este país.” Todos nos reímos a carcajadas.
En las calles de San Nicolás de los Arroyos la numeración va del del 0 al 50 y no del 0 al 100 como en todas las demás ciudades. Advertimos eso mientras caminábamos. Nuevamente fuimos al café donde nos habíamos encontrado a la mañana y volvimos a recordar nuestra militancia juvenil de hacía unos pocos años. ¿Cuánto tiempo deberá transcurrir para que se haga presente la nostalgia?¿Los hechos deberán haber sucedido veinte años atrás? ¿O se podrá tener nostalgia del mes pasado, por ejemplo? Ponce ya era escribano. Trabajaba con el tío. De los años pasados recordaba nuestras borracheras cerca de la terminal vieja de San Miguel de Tucumán. Las horas de estudio y las tardes en la fotocopiadora de la facultad habían sido eliminadas de su casete. La memoria es selectiva, dicen. La nostalgia quizás también lo sea.
Al salir del café Bernardo nos presentó a un amigo. Luis Moisés Gómez, otro militante radical y personal de seguridad de Somisa. Intercambiaron saludos. Nuestro amigo le dijo que su abuelo iba a asistir al discurso y que hasta iba a estrenar ropa para escuchar al ex presidente Alfonsín.
Camino hacia el diario otra vez nos cruzamos con el tal Abdalá. Aquél que nos comentó que hacía la logística y la seguridad. Estaba hablando con un empleado municipal de tránsito. Ya estaban por cortar algunas calles. El discurso sería en la esquina de Mitre y Urquiza. Bernardo entonces cruzó a hablar con el empleado de tránsito y le preguntó si conocía a Abdalá. El empleado le respondió que habían sido compañeros en Gendarmería pero que ahora parecía medio loco. Le había escrito cartas al Papa, a Mijail Gorvachov y a George Bush entre otros.—“Bueno, ahora entiendo. Le escribió también a Alfonsín y el presidente le pidió que le haga la logística aquí en San Nicolás”. Dijo el porteño y otra vez todos reímos. Se le estaban paspando los labios a Oleñac, quizás por la sequedad del aire de aquél día.
Al finalizar una nota en el diario, Alfonsín nos recibió en un apartado de la redacción, una especie de living medio grande. Fue entonces que volví a emocionarme. Me pareció un tipo afable, con mucho sentido del humor, bonachón. Recordé cosas. Obediencia debida. Punto Final. La Tablada. Hiperinflación.  El halo de ídolo con que supe verlo en el pasado había desaparecido. Sin embrago una profunda admiración hacia el gran estadista aún permanecía en mi espíritu. Saludó a cada uno de nosotros e intercambió pequeños diálogos. A Joaquín Paez le dijo que no bajara nunca los brazos, que la militancia se ejerce hasta la muerte. A Massimi le hizo notar la gran hospitalidad de los nicoleños. Con Oleñac habló un poco más. Le preguntó si era mendocino. Conocía a un Oleñac en Mendoza que le había enseñado muchas cosas sobre vinos.—“No Dr. Soy porteño, aunque conozco casi todo el país”. Siguieron hablando acerca de las bondades de los vinos de Mendoza y de otros lugares hasta que el ex presidente dijo que ahora su vino preferido el Rutini Cabernet- Sauvignon  1983. El porteño, rápido de reflejos le contestó. –“Buen año ese año Dr, buen año.” Alfonsín respondió:--“Ah sí. Desde luego, desde luego. Che,¿Sabés quien tenía una vez los labios así como vos, secos? El comandante Fidel Castro. Una vez nos encontramos en un hotel en Mejico en una cumbre de países no alineados…y se vino a mi pieza. Ahí le ví los labios como los tenés vos. Tuve que mandar a un colaborador mío a comprarle manteca de cacao. Después el comandante me lo agradeció.” A esta altura nosotros estábamos alucinados. Todos. Incluso Carlos Oleñac, quien no había querido venir y había jurado que no vendría. Al despedirnos le estrechamos la mano al líder y recién ahí pude hablar.—“Dr, yo lo conocí en Tafi Viejo, en Tucumán, en la campaña para presidente, en el 83, en una casa radical donde cocinaron milanesas”. –“Me  acuerdo perfectamente de esas milanesas y me acuerdo que volví después en el 84 ya siendo presidente para reabrir los talleres ferroviarios y reincorporar a trescientos obreros que habían quedado en la calle cuando los militares cerraron esos talleres.” Respondió rápidamente Alfonsín.—“Bueno, yo lo conocí el día de las milanesas cuando prometió que iba a reabrir los talleres. Usted estaba con el Dr Jarolawsky”. Afirmé. –“Más dotor serás vos, ése no es ni médico ni abogado, pero qué bien habla…” Dijo Alfonsín y se despidió finalmente para ir a dar su discurso.
El porteño me agradeció que lo haya hecho viajar a San Nicolás.
Para mí ya es suficiente, pensé.  La charla con el ex presidente me había dejado en estado de gracia .Nada más emocionante que ésto podrá sucederme esta noche, medité. Me estaba equivocando.
Aparentemente la meta fijada por Ismael Edgardo Darío Abdalá era el sábado 24 de febrero de 1991. Desde aquel lejano momento en que se fijó tal meta supo el número preciso de días que tenía que transitar. Luego de alcanzada la meta, los días cesarían de transcurrir. Abdalá vivía con su madre. Estaba desocupado. Por aquellos días hacía solamente dos cosas. Jugar al solitario con unos naipes muy viejos y esperar. No había salido de su casa por más de veinte días. Recién vio la calle el día 24 de febrero. Un antiguo amigo de la Iglesia Mormona lo había ido a visitar una semana antes de la fecha en cuestión. Pero Abdalá hizo que su madre mintiera y dijera que no estaba. El tiempo es la sustancia con la que estamos hechos. Para Abdalá su tiempo era un tigre que lo atacaba, pero a la vez, él era el tigre. Así se lo figuraba. Aquél día por fin dejó de esperar y caminó hacia una plaza, luego se cruzó con nosotros y nos preguntó si entrevistaríamos a Alfonsín. En bicicleta fue hasta las cercanías del rió y orinó. Abandonó la bicicleta y volvió hasta el centro. Habló con el empleado municipal de tránsito. Le preguntó por el operativo de seguridad. Luego se retiró siete cuadras hacia un kiosko donde compró un sanguche de miga de jamón y queso. Merendó o cenó con una lentitud ritual. Nuevamente retornó hasta la muchedumbre que rodeaba un  palco que le habían hecho para el ex presidente en la esquina de Mitre y Urquiza. Se abrió paso entre la gente y se puso finalmente a escuchar el discurso con rostro inexpresivo “los grandes empresarios han intervenido en la política argentina y han consagrado candidaturas importantes”…En ese momento levantó la vista y no pudo distinguir si estaba nublado o había estrellas. Miró hacia su derecha “… actúan con ese despliegue de bienes que no pueden tener los partidos políticos. Hay un nuevo protagonista que consagra gobiernos… Creo que ahí Abdalá me vio al lado de mis compañeros y su cara insinuó un saludo “… montados sobre la esperanza de un pueblo que buscaba la revolución productiva, el salariazo, la disminución de impuestos y el no aumento de tarifas…” Ese fue el instante puntual en que Abdalá extrajo un arma de entre sus ropas apuntó lentamente y disparó contra Raúl Ricardo Alfonsín.

**************************************


El estallido del disparo sorprendió a todos. Hubo un profundo pero corto silencio. Luego un bullicio infernal y varias corridas Sentí un dolor en la frente. Vi a Alfonsín caer hacia adelante al piso del palco. Quedé mudo, vacío. El  movimiento, suele afirmarse, confirma la existencia del tiempo. La sucesión de acontecimientos verifican que el tiempo no sería algo absoluto, sino una relación. Pero el que percibe los acontecimientos ¿no vive acaso dos tiempos? Supongo que la percepción de los acontecimientos también pudiera influir en el tiempo.
Una gota de sudor nació cerca de mi patilla izquierda. Varios correligionarios obedecieron a un hombre del palco que señalaba a Abdalá, quien mantenía el arma aún apuntando.  Redujeron al tirador.  Lo apalearon.  Luis Moisés Gómez, el militante radical y personal de seguridad de Somisa amigo de Bernardo Massimi intentó a la vez matar a Abdalá. También estaba armado. El abuelo de Bernardo, que había asistido a escuchar el discurso, tomó el arma de Abdalá que había caído al piso cuando lo redujeron. Algunos asistentes, al verlo con el arma, pensaron que él había sido el agresor y corrieron a atacar al pobre viejo. La confusión reinó en ese momento. Dos jóvenes corrieron y escaparon en un Renault 18, creo que era color azul. Un grupo se llevó a Abdalá. Parecía que iban a lincharlo pero luego enfilaron hacia la comisaría. En el trayecto un Fiat 128 se les cruzó. Bajaron tres hombres y exigieron que entregasen a Abdalá.—“¡No! Lo quieren chupar, lo quieren chupar”. Dijeron algunos de los radicales y decidieron no entregarlo. Realmente el ambiente era muy denso. Los tres hombres del Fiat, comprendieron que lo mejor era retirase. Así lo hicieron raudamente haciendo patinar las ruedas del auto en el pavimento. Daniel Tardivo, el custodio de Alfonsín , se arrojó sobre el cuerpo tendido del ex presidente. Tarde, demasido tarde a mi entender. La gota de sudor de mi patilla comenzó a bajar hacia mi mejilla.
Abdalá fue entregado a la comisaría y después fue juzgado. Era insano. Delirio sistémico. Fue internado en un hospital siquiátrico y a los dos años de aquel atentado se suicidó. Comprender es tarea de los hombres. El único animal que puede hacer voluntariamente el ejercicio de la comprensión es el ser humano. A veces no se logra. También fue detenido Luis Moisés Gomez, el que quiso matar a Abdalá. Tentativa de homicidio. Después fue liberado. A la semana de aquel suceso Bernardo Massimi me llamó por teléfono. Me comentó que su abuelo se había repuesto muy bien y muy rápido de la injusta golpiza. También me contó que los tres hombres del Fiat 128 eran efectivos de la policía bonaerense y que los dos que habían corrido hasta el Renault 18 eran policías de civil infiltrados entre el público que formaban el “grupo de apoyo” del esquema de seguridad del acto.
El tiempo es un río que me arrebata, pero también yo soy el río. La gota de sudor que había nacido en mi patilla izquierda, se deslizó hacia la papada y desde allí se descolgó como una lágrima hasta morir en el piso de aquella noche en San Nicolás. Bajé mi cabeza para mirar aquella gota. Ahí estaba, inútil, quieta. Al levantar mi vista nuevamente, tomé aire y vi a Alfonsín sacudiéndose los brazos y reincorporándose. Lo escuché pedir calma. El arma había sido percutada y el plomo había salido de su vaina para detenerse al iniciar su recorrido por el caño. Esto hizo que se trabara el tambor impidiendo que girara y que pudiera continuar la secuencia de otros disparos. El ex presidente pidió que no se culpe a ninguno de sus adversarios políticos por este atentado. Continuó con la disertación. Habló del avance da la hegemonía del menemismo y de la falta de diálogo del actual gobierno, pero dijo estar persuadido de que todos los argentinos volveríamos a ser los dueños del país y que la Argentina volvería a ser de su pueblo. Continuó arengando a todos los militantes cada vez con la voz más encendida, como en los viejos tiempos. Nosotros siete, los que habíamos ido a ver el discurso con el propósito de volver a vernos, hicimos eso; nos vimos, nos miramos. Después sonreímos con la cara y con el alma. Alfonsín culminó su alocución con una ovación impresionante y con el clásico “AL-FON-SÍN, AL-FON-SÍN”.
El que más gritó fue el porteño Oleñac.
El tiempo es una llama que arde, pero a la vez somos esa llama.

lunes, 5 de septiembre de 2016

RAY

Ha muerto Ray, escritor que nos inyectó más locura aún...

Viajando por el espacio en la nave expres azúl he recalado sin querer en un desolado paraje marciano y vi algo como una casa...
Toqué y saliste a atender, o mejor dicho salió a atender una versión tuya anterior, sin contaminación aún...Me di cuenta que era una versión anterior porque las palabras y la mirada estaban aún sin la contaminaci
ón cósmica de los años ni de otros marcianos.
El calendario marciano colgado de la pared marcaba otra fecha , siempre marcan la misma fecha los calendarios en marte. Era mayo.
¿Qué hacías ahi? te pregunté incrédulo...
Un marcianito hermoso lloró desde una cuna y tuviste que ir a atenderlo...
Regresé impávido de aquel viaje y desde las ventanillas de la nave pude ver las estrellas con más brillo que lo normal. Traté de sintonizar alguna radio...no había señal.




NAYRA

Fumando en el patio, mientras esperaban entrar al aula. Así los ví esa tarde a Ponce y a Nader. Como en cámara lenta transcurría esa escena. La hora de la siesta  siempre tiene  un aire de parsimonia. No importa el lugar. Parece que el tiempo se remansa y todo movimiento se desacelera. Todo menos los movimientos del turco Yuni, que poseía una  ligereza incorporada en todo su cuerpo.
--“Va a limpiar todo el patio en diez segundos. A lo mejor lo contrataron por eso, por la velocidad. Limpia más rápido y entonces se ahorran horas extras. Pero con tantos tics nerviosos y tantos guiños de ojos también se atrasa. Aparte es medio tartamudo. El otro día para decir que no tiren papeles al piso demoró como ochenta años. Y también  habla en lenguas. Vos lo escuchaste, Nader. Habló con vos ”
--“Habla en Turco, Ponce…O sólo saluda en turco. No creo que sepa más que eso. Los padres eran Sirios. En mi casa, mis abuelos dicen que son medio parientes de la madre de Yuni. Todos esos tics los tiene desde que quedó loco…se quiso suicidar parece. Hace años. Muchos años. Después no pudo trabajar en nada. No sé cómo habrá hecho para entrar a trabajar en la Universidad.”
 --“Y… para limpiar no hace falta ninguna genialidad. Vas, limpias ¡ Y listo! Además, cuando se empieza a acelerar te limpia el patio, las aulas y los pasillos en diez segundos. Cara de loco tiene. Hasta dientes de loco ¿Ustedes se dieron cuenta que los locos tienen los dientes distintos a las personas normales?
--“Dicen que compró una mina. En el campo. Porque vivían en el campo, cerca de un horno grande de carbón. Yendo para Santiago, eso dicen mis abuelos… Se la compró a otro turco  viudo llamado Salomón que tenía tres hijas. Creo que era paisano de Siria... Parecen que eran costumbres de turcos y le pagó cuarenta mil pesos, de esa época, hace montón de años.”
--“Yo tenía entendido que la que paga es la mina. Cuando te casás te dan la mina y además la dote ¿O no? Aclaranos estos temas, Nader.”
--“La cuestión es que Yuni la compró. Eso dicen mis abuelos. Y dicen que estuvo juntando la guita durante todo un año y se empeñó hasta los huevos. Para colmo, el turco Salomón lo cagó. Lo recagó, porque la hija era retardada y se la quería sacar de encima. Pero a Yuni no le importaba que la mina fuese imbécil. No le importó para nada a pesar de las advertencias de todos sus parientes. La mina estaba buenísima, partía la tierra. Unas tetas perfectas. Dicen que tenía la pancita toda marcada, bien musculosa. La hacían trabajar mucho en la casa y también con unas ovejas. Bañaba a las ovejas, las esquilaba, las cuidaba. Entonces la mina hacía mucho ejercicio físico con todas esas faenas y se recontra formaba. Mi abuelo dice que tenía un lomo mejor que cualquier vedete de la tele. Después empezó a  andar a caballo. Y ahí fue cuando le salió un culo mejor que el de Adriana Brodsky. El turco Yuni la compró cuando la mina tenía veintidós años. Él tenía casi cuarenta. Diferencia de edades en estado ideal, digo yo…”
--“¿Y en ese tiempo Yuni no tenía todos estos gestos y tics que tiene ahora?”
--“No, Ponce. En ese tiempo el turco era un tipo normal. Eso dicen. Yo creo que muy lúcido no debe haber sido, muy avispado digo. Al fin y al cabo se compró una mina fallada. Aunque, quizás aquella característica, digo que sea retardada,  era un valor agregado para Yuni. De no haber sido tonta, lela, retrasada mental, no le hubiese dado bola al turco. Los ojos verdes de esta mujer eran la perdición de Yuni.  Eso era, según él, lo que le agregaba valor y por lo que había pagado los cuarenta mil pesos…Y obvio también todo el lomazo. Mi abuela dice que la cara era perfecta. Cara de turca y bella, perro de esas bellezas perfectas. El pelo ondulado casi hasta la cintura. Yo me la imagino con los labios ideales para todas las perversiones”.
--“La belleza tiene una  fatalidad mayor a la muerte”. Decidí hacer un mínimo comentario.
--“Luna, Ponce… parece que de eso se trata la historia de Yuni. La belleza de esta mina terminó dejándolo loco. De todas formas, yo no logro entenderte del todo con esa afirmación de la fatalidad de la belleza”.
--“Digo, amigos, correligionarios, en medio del sopor de esta siesta; nosotros, animales urbanos, medio borrachines quizás, jóvenes curiosos, gozantes, degustadores de mujeres, es posible, que alguna vez o muchas veces nos topemos con la belleza. Quizás sea una búsqueda nuestra sin saberlo nosotros mismos. Entonces, fatalmente, vamos a encontrarnos con la belleza. Tendemos a eso. Obviamente, por su puesto, con la muerte hemos de encontrarnos todos. De eso no se salva nadie; pero podría ser que no tuviéramos consciencia de aquél último encuentro. Nos sorprende de un paro o en el sueño. O quizás estemos en estado vegetativo, que sé yo…Pero la belleza, te llega y lo notás, lo notás…Cuando te llega, lo notás.
--“Estás hecho un filósofo Luna. Aunque te hacés mucho el Borges. Desde que murió Borges, te hacés mucho el Borges. Salvando los abismos de distancia claro…El tema es que cuando el turco Yuni empezó a estar con la mina, andaba contento como chico con regalo nuevo. Salomón le había encajado la hija tonta y Yuni la disfrutaba y le daba matraca todos los días. Se deleitaba con la belleza de la mina.  Le hacía el amor de frente porque los ojos verdes y sensuales de la tonta lo perdían a Yuni. Todo había ido bien, salvo un detallecito menor. Antes de morir, la esposa de Salomón le había prometido la hija tonta a un primo, a un tal Halím, que tenía la misma  edad que la mina. En mi casa me contaron que le decían Halím, el paciente…porque esperaba y esperaba hasta que llegaba el momento justo de actuar. Este primo quedó con la vena cuando la tonta fue vendida a Yuni. Sus familiares lo habían consolado diciéndole que la mina era re imbécil. Tenía menos criterio que una oveja de esas que había cuidado. Pero este Halím cada tanto se acercaba por el rancho del turco y le dejaba algún saludito. Le rompía alguna tranquera, le mataba algún pollo. Halím siempre andaba con dos o tres laderos que lo acompañaban para todos lados…No sé, cosas del campo… y de turcos. Cuentan que una vez en un boliche perdido en medio del monte le preguntaron a Halím que opinaba de Yuni. El joven dijo que había personas en nuestras vidas que nos hacían sentir infelices por la simple casualidad de haberse cruzado en nuestro camino. Después este Halím se hizo medio delincuentón, contabandeaba cosas  de Siria o de Paraguay. Comenzó a hacer guita. Se empezó a ocupar de esos negocios; dejó de joder un poco…Pero nunca, nunca se olvidó de la mina tonta y de Yuni.
--”Mientras tanto el turco Yuni se matracaba a la mina y era feliz”. Dijo Ponce.
--“Pero todos sabemos lo efímero  que es ese sentimiento. O sea , dicho en términos legales: la felicidad dura menos que un pedo en una mano. El turco empezó a soñar que Halím  le hablaba en sueños y lo amenazaba. Algunos hasta dicen haberlo visto a Halím apoyado en la ventana de Yuni a las tres de la mañana. A lo mejor los sueños eran reales. Una vez Yuni salió a buscar un poco de leña y cuando llegó vió a la mujer peinándose y mirándose al espejo, Los ojos de la mina estaban más bellos que nunca. El turco se puso a llorar de amor. La chica entonces le preguntó qué pasaba, por qué lloraba. Yuni le respondió que a veces se olvidaba de agradecer a Alá por los ojos de ella, que eran tan bellos y pefectos. Eso lo hacía llorar. Al día siguiente la tonta se arrancó los ojos. El turco la encontró sangrando y sin ojos. Tuvieron que llevarla al hospital. Cuando regresaron la mujer le dijo que se había sacado los ojos  para que el turco no llorara. No quería tener nada que hiciera sufrir al hombre. La tonta también se había enamorado de Yuni. El turco se enojó y empezó a enloquecerse; decía que ella se había quitado valor y repetía que se había quitado valor. Esa noche ambos se acostaron en camas separadas. En sueños, otra vez el turco oyó la voz de Halím que le decía …Así que para vos  perdió valor , pues para nosotros, le agregó valor, y mucho… Al otro día el turco despertó y la mujer estaba muerta. La habían asesinado. En la cama habían dejado cuarenta mil pesos. Ahí fue cuando Yuni quedó loco de remate. A Halím no se lo vio nunca más…


miércoles, 31 de agosto de 2016

El Dani, la equivocación del gaucho Viroche y el segundo mejor gol de la historia

Los martes, jueves y viernes nos encontrábamos con el Dani en la terminal vieja de San Miguel de Tucumán y viajábamos más de media hora hasta el Ingenio  La Florida. Allí entrenábamos en el Club Social y Deportivo La Florida, en el estadio Capitán Jaime Sola. El Dani venía de Tartagal, ya había jugado en primera en Juventud Unida y parecía que estaba para mucho más que entrenar en el club La Florida. Era delantero. Un nueve raro, gordito, bajo, medio morrudo pero tenía un pique corto y demoledor pocas veces visto. Yo jugaba de cinco. No era habilidoso. A veces había entrado entre los concentrados y estuve en el banco algunos partidos. Mi objetivo era la facultad de derecho, no el fútbol. El Dani además de la contundencia tenía habilidad y era gambeteador. Otra virtud destacable era la precisión de los pases. Era hincha de Boca  y uno de sus sueños era precisamente jugar en Boca.
El Gaucho Viroche era nuestro entrenador. Un tipo ya veterano. Llevaba 15 años de técnico y como jugador había tenido su momento de gloria en Córdoba. Había jugado de cuatro y de ocho. En Talleres y en Instituto. Como técnico algunos decían que había llegado a ser colaborador de Don Angel Tulio Zof en Rosario Central, pero esto nunca pude corroborarlo. Cada dos o tres temporadas retornaba al club La Florida y según  la campaña se quedaba unos o dos años y después se iba. Pasaban nuevamente dos o tres años y volvía. Sin embargo en esta vuelta había una especie de ebullición en el club. Se rumoreaba que la Institución se iba a transformar en una especie de filial de San Martín. Algo así como  una cantera. Se iban a promocionar jugadores jóvenes para el club de La Ciudadela porque iban a necesitar refuerzos para el equipo ya que San Martín empezaba a tener proyección nacional. La mitad de los jugadores creían en estos rumores. La otra mitad pensaba más pragmáticamente. Si necesitan algún jugador, van al mercado y lo compran. Así de simple. Sin embargo todos reconocíamos en el Gaucho  Viroche  la facultad de promover a alguno de nosotros. Él se jactaba de saber si un jugador tenía o no tenía futuro. Lo avalaban sus laureles, sus veinte temporadas  como jugador y sus quince años de trayectoria como técnico.
El Dani pensaba que, efectivamente, si un club más o menos grande necesita un jugador, era muy probable que compraran a alguno con cierto renombre. Pero de todos modos no descartaba la posibilidad de ser promovido por Viroche. El padre del Dani ya había triunfado en Tucumán. También había venido de Tartagal  y había sido un buen delantero en All Boys en la década del 60. Según el Dani en  las radios LV7 y LV12  lo nombraban el gran Humberto "Chuñoliqui". Así que sangre futbolera y goleadora no le eran ajenas al Dani.
Un día después del entrenamiento nos quedamos los dos practicando tiros libres. El que pateaba era el Dani. Yo hacía de barrera. De diez tiros al arco, ocho o nueve iban al ángulo. Mi labor era inútil en esa práctica, pensé. Pero el Dani me dijo que no. Que la barrera para el equipo contario es un obstáculo que le interponen al pateador. Pero para el pateador, la barrera puede ser un punto de referencia. Le dije que cuando sea famoso y haga un gol de tiro libre en primera división me lo dedique con el dedo, como señalándome. Comprendí que el Dani era el mejor jugador del equipo. Mejor aún que el Bocha Ferraro, el ídolo del club. Cuando terminamos más de quince series de diez tiros libres nos retiramos al vestuario. Ya no había ningún jugador. Sólo estaba el utilero que nos apuraba para cerrar. Al retirarnos nos dijo que Viroche había visto la práctica y que dijo:-- Decile a esos pibes que muy bien, muy bien…
Un día El Dani consiguió una moto prestada. No recuerdo bien si era de un tío o de un amigo del tío, que vivía en el barrio San Cayetano de San Miguel de Tucumán. Quedamos en que íbamos a ir en moto hasta La Florida. Nos encontraríamos como siempre en la terminal de micros. Al llegar la hora estipulada el Dani no apareció. Y no apareció por largo rato. Fue la primera vez que falté a una práctica. Cerca de las nueve y media de la mañana cuando me volvía para mi casa se hizo presente el Dani. Muy borracho y sin la moto. Se la habían secuestrado los policías de tránsito. Me dijo que menos mal que me encontraba, que en la próxima práctica iba a hablar con Viroche y se haría cargo de todo. Me dijo también que yo tendría que haber tomado el micro ante la tardanza de él.
El Dani a veces también practicaba penales después de los entrenamientos. Lo hacía con el Gato Almada, el arquero suplente. Un veterano santiagueño de 41 años que según él había sido suplente de los más grandes, incluso del Negro Ruiz en Atlético allá por los años setenta. El Dani se quejaba porque el Gato no le oponía verdadera resistencia. El arquero decía que si se arrojaba  en serio se raspaba todas las piernas.            -“Tirate , Gato, tirate…tenés césped verde crecidito . Allá en Tartagal  las canchas no tienen pasto.” Le recriminaba el Dani.
Hay algunos técnicos que no tienen piel con determinados jugadores. Por más que el jugador sea bueno, a veces no es tenido en cuenta por el entrenador. Por ejemplo en la Selección Nacional, todos esperamos que alguien específico sea convocado. Alguien que la rompe. Alguien que sabemos que tiene que estar en el plantel. Pero esa convocatoria nunca llega. Algo así me pareció que ocurría entre el Gaucho Viroche y el Dani. Si bien en este caso el DT se resignaba a hacer que el jugador juegue por lo escaso del plantel, se percibía que lo hacía por simple imposibilidad de dejarlo afuera.”—No  le veo uñas de guitarrero”. Le dijo una vez a uno de los dirigentes más influyentes en el club. También le escuché decir que las condiciones físicas del Dani no eran las mejores y que en lugar de practicar tantos tiros al arco, mejor sería que se dedicara a bajar unos cuantos gramos.
El Dani logró recuperar la moto tras el pago de una multa. Yo mismo lo acompañe al galpón donde esperaba llena de polvo. Le habían robado unas lamparitas y al parecer le habían dado un golpe. Mi amigo se enojó y me dijo que los canas son unos hijos de puta y que en todos lados son iguales. Quedamos en que al otro día iríamos a La Florida a entrenar en la moto. Esa misma noche un amigo del Dani la iba a ajustar y dejar lista.
Al día siguiente el Dani me retiró desde la puerta de mi casa. Íbamos a pasar por Alderetes porque en una de ésas, en un kiosko, podría estar atendiendo una chica que le gustaba al Dani. Así lo hicimos pero no hubo noticias de esta mujer. Seguimos por una avenida, creo que se llama Rivadavia. Teníamos que llegar a una rotonda grande y ahí doblar hacia la derecha para empalmar con la ruta que nos llevaba al Ingenio La Florida. Pasando esa rotonda la moto empezó a hacer un ruido extraño y a andar más lento. En estos casos se sigue, me dijo el Dani. Dos o tres kilómetros más habríamos avanzado y el rodado tiró un humo blanco y se paró. No arrancó nunca más. Hicimos dedo , pero con poca fortuna. Casi nadie paraba. Los pocos que se detenían no podían llevar además de nosotros a la moto. Por fin se detuvo una camioneta amarilla. Una Ford F100 impecable, con la intención de acarrearnos a nosotros y al vehículo. Era el mismísimo Gaucho Viroche. El Dani subíó atrás con la moto. Yo Iba en la cabina con el entrenador.—“Tenés que alejarte de este tipo”. Me dijo. Yo lo miré tranquilo, pero sin sorpresa. Argumentó que ya habíamos faltado una vez, que el Dani estaba fuera de estado físico, que no podía saltar y que tenía serios problemas con la bebida. Después me aclaró que él nunca se equivocaba, que no me olvide que él tenía que promocionar a uno o dos del plantel para jugar en San Martín y que el salteñito éste, no tenía futuro como jugador.
Ése día el Dani anduvo mal en la práctica. Falto de ritmo y desconcentrado. Al finalizar trajimos la moto en una camioneta de otro compañero que justo ese día tenía que ir a San Miguel de Tucumán.
Lo de filial de San Martín quedó en la nada. No se concretó. Parece que ambos clubes habían roto relaciones. De todas formas a fin de año Viroche sugirió a un compañero para el club de La Ciudadela: al Piojo Cordero, que era el suplente del Dani. Era más o menos bueno, pero todos nos dimos cuenta de la injusticia del técnico. Así mismo el día del último entrenamiento díó una lista de cinco jugadores que no iban a ser tenidos en cuenta para el próximo año. No debían presentarse más en el club. Ninguno tenía contrato así que no iba a haber  problemas. Entre esos cinco estaba el Dani. Uno de los dirigentes trató de corroborar el listado con Viroche. A todos les sorprendió lo del Dani. Pero el DT fue inflexible.
Yo abandoné el futbol ese día. No tenía tantas ganas y cada vez necesitaba más tiempo para estudiar la carrera de abogacía. Además, en el fondo yo sabía que mis condiciones no eran buenas. No iba a tener grandes chances de profesionalizarme. El Dani sin embargo, el mejor jugador del plantel, tenía que volverse a Tartagal. Una mañana nos encontramos otra vez en la terminal. Esta vez era para despedir a mi amigo. Se volvía lleno de bronca y amargura. Llorando, padeciendo una injusticia. Le dije que para mí, el gaucho Viroche tendría que haberlo sugerido a él y que él estaba para jugar perfectamente en San Martín o en cualquier equipo grande del interior.
De todos los instrumentos del hombre el más asombroso es la pelota; y creo que la pelota de fútbol. Los demás instrumentos son extensiones del cuerpo. El telescopio y el microscopio pueden ser extensiones de los ojos. El teléfono, la radio son extensiones de la voz. Los instrumentos de labranza o los cubiertos, por ejemplo una cuchara, son extensiones de nuestros brazos. Pero la pelota es otra cosa. La pelota es extensión del talento y la imaginación. Talento e imaginación que el Gaucho Viroche no poseía y el Dani tenía de más.
Por muchos meses no supe nada de él hasta que a principios del año 83  leí en el diario La Gaceta de Tucumán que mi amigo iba efectivamente a jugar en San Martín. Iba a debutar nada menos que en La Ciudadela jugando el Campeonato Nacional frente a Argentinos Juniors. Ëse día me mandé a la cancha de San Martín y me pegué al alambrado. Temprano. Cuando salieron a calentar los jugadores lo llamé a los gritos. Me vió y se acercó corriendo. Yo desbordaba de alegría:--“¿Qué haces acá, cómo hiciste para estar acá?”. Me dijo que había estado entrenando duro, que ahora tenía un representante y que todo era distinto, que lo habían probado y obviamente había quedado.
Tuve mucha alegría por él. Me dio mucho gusto que las cosas hubieran  pasado de ese modo. Yo lejos del futbol, tuve además que dejar los estudios y viajar a Mar del Plata por cuestiones laborales. Me radiqué con mi mujer cerca del Puerto y otra vez no supe más de mi amigo por mucho tiempo. Un día se me ocurrió escribirle una carta y se la envié a la cancha de San Martín. Le contaba de mi nueva vida y que pronto retornaría unos días a Tucumán. No pasaron veinte días y recibí la repuesta. Habíamos quedado en que yo lo iría a ver.
Inmediatamente que llegué a San Miguel de Tucumán fui a visitar al Dani. Paraba en el Hotel Viena en la calle Santiago del Estero, frente de la Plaza Alberdi. Me anuncié con el conserje y  ahí nomás se apareció mi amigo. Lo encontré muy animado y con nuevo porte. Justo pasaban dos chicas por la vereda del hotel y se pararon para pedirle un autógrafo. Me sorprendí y me alegré. Me dijo que le había hecho algunos goles a Atlético. Después tomamos un helado al lado del hotel en una heladería que se llamaba Polo Norte. Ignoro si aún  existe. Cruzamos un rato a la plaza y ahí varias personas lo reconocieron y lo saludaron. Le pregunté por la vieja moto aquella y me dijo riendo que le había perdido el rastro. Luego me acompañó hasta la calle Salta donde yo tenía que tomar el colectivo de la línea once para ir a la casa de mis padres.
Retorné a Mar del Plata y nuevamente perdimos contacto. Me enteré con sorpresa que Velez lo había comprado en ciento treinta mil dólares.  Más tarde lo compraría Boca. El Gaucho Viroche había errado en su pronóstico.
El sábado 9 de enero de 1988 el Dani jugó en  Mar del Plata con Boca. Mi mujer tenía una panza inmensa y ya estaba en los días previstos para parir a nuestro primer hijo Lucas. Yo ansiaba ir a la cancha a ver al Dani, a saludarlo, a verlo jugar. Pero a la vez no quería dejar a mi mujer sola a punto de dar a luz. Pensaba que si yo iba al estadio se produciría el nacimiento espontáneo de mi hijo, en la casa o bien en el hospital materno y yo no me enteraría de tal acontecimiento. Mi hijo nacería una sola vez en la vida y el Dani iba a pasar por Mardel jugando para Boca una sola vez en la vida también. Me quedaba el consuelo de verlo por la tele. Pero todos sabemos que no es lo mismo. No se siente lo mismo. Lo único que hice el día previo al partido fue mirar a mi mujer todo el tiempo como miran los perros cuando quieren algo y no ladran ni se desesperan, pero miran.
El día del partido desperté temprano. Hacía un calor insoportable. Lo primero que escuché fue la radio que se encendía sola a las ocho de la mañana. El locutor decía que habían cesanteado a tres mil agentes públicos en Buenos Aires y que en Estados Unidos había más de treinta muertos por la ola de frío. Lo segundo que oí fue la voz joven de mi mujer que me decía: --“Lo que podemos hacer es que vos te vayas a ver el partido de Boca sobre la hora, un rato antes, en taxi. Y que después ni bien salís me llamás por teléfono a ver si todo está bien.” Salté como un resorte y fui feliz mirándola parado desde la puerta del dormitorio. Después volví a la cama y la besé. Hicimos el amor.
Esa noche el estadio estallaba. Era el debut de Pastoriza como DT de Boca. Yo ocupé la tribuna sur , la que está mas cerca de la avenida Peralta Ramos. Salieron los jugadores y me temblaba todo. Fue Gatti a ocupar el arco que daba a la tribuna norte , o sea el lado opuesto a donde yo estaba, pero después del sorteo vino a ocupar el arco contrario. Cuando ví al Dani con la camiseta número 9 y en perfecto estado físico me vibró el cuerpo desde las entrañas hacia afuera. Grité, volví a a gritar y así hasta quedar primero ronco y después mudo. Yo seguía al Dani en cada jugada; tuviese o no la pelota. La verdad es que me pareció un jugador exquisito, perfecto, con actitud ganadora y sobresaliente aptitud física. El 9 natural de Boca había sido la chancha Rinaldi, pero el Pato Pastoriza había confiado en el Dani y le había dado la casaca de centro delantero haciendo jugar a Rinaldi un poco más atrás, de número diez. Era increíble para mí estar viviendo ese momento. Estaba todo tenso. Los sentidos  exacerbados.
Boca se puso en ventaja con gol de penal de Comas. Después empató Independiente. Creo que el gol lo hizo Navarro tras un centro de Bochini. Así terminó el primer tiempo. En ese momento me aflojé un poco y me acordé de muchas cosas. Mi mujer a punto de parir. Me acordé de Tucumán. El día que nos quedamos con el Dani en la moto en medio de la ruta. Me acordé del Gaucho Viroche. A lo mejor estaría viendo el partido por la tele. Que tipo pelotudo pensé. Recordé el debut del Dani en San Martín allá por el 83 frente a Argentinos Juniors. Recordé el día que lo vi llorar de bronca y desazón. Se me vino a la cabeza aquel día nublado practicando los tiros libres en La Florida y yo haciendo de barrera. Una barrera de un solo tipo. El tiempo transcurrido es el mejor antologista, o el único, tal vez. Volví a recordar a mi mujer a punto de parir y visualicé por primera vez un rostro de bebé recién nacido. Mi futuro hijo. Fui feliz en ese entretiempo.
El segundo tiempo comenzó más tarde de lo previsto. O por lo menos esa sensación tuve aquella noche de enero. El olor a choripán de ese partido fue distinto a todos los olores a choripán que pueda haber. Un pájaro que es a la vez todos los pájaros dice Borges. Bueno este olor a choripán no es todos los olores a choripán. Ni el gol que vino a continuación es todos los goles. Yo sé que hubo un gol en el 86 en el Estadio Azteca, hecho por el más grande de todos, jamás visto, tras la jugada de todos los tiempos. Pero también hubo otro gol, en Mar del Plata, en el Minella, una noche de verano en que el olor a choripán era diferente. No sé cuánto dura un instante de felicidad plena. Algunos hablan de quince, veinte minutos. Después todo se irá difuminando. Otros sugieren un segmento temporal más corto, casi ínfimo, que es el que tarda un electrón en viajar desde un átomo de azufre a otro de rutenio. Lo que dura un orgasmo podría ser también una acertada medida. Podríamos también relativizar el tiempo individual de cada uno con el tiempo general y hasta descubrir que es imposible  compartir ambos tiempos. La felicidad eterna no existe. Dos o tres minutos es una buena medida. Y quizás valga la pena para algunos vivir toda una eternidad para experimentar esos dos o tres minutos… El Dani se acomodó las medias amarillas cerca de la raya de la mitad de la cancha y le pareció como que me divisaba ahí en medio de la multitud de la tribuna sur. Yo había bajado unos peldaños en el entretiempo para estar más cerca del campo de juego. Después volvió a agacharse para acomodarse  la media derecha porque le molestaba la canillera. Cuando se reincorporó ya me había pedido de vista. El estadio a pleno alentaba a los dos equipos, pero más se escuchaba la hinchada de Boca. Levantó la mano el Dani pidiéndole el pase a Graciani pero éste no hizo caso. La jugada se diluyó. Otra vez indicó el pase al vacío por un carril que parecía quedar libre pero el arquero Islas advirtió las intenciones del Dani y le pegó el grito a Monzón que pronto hizo de tapón y junto con Villaverde lo sacaron de circulación. El aire estaba viciado de humo y peligro. El Dani a esta altura estaba raro, como encendido. En el mediocampo el boliviano Melgar recuperó una pelota para Boca. Era muy vivo el boliviano. Con una frialdad impresionante pero a la vez con rapidez se la cedió a Abramovich, que venía subiendo como número ocho y libre de marca. El único capaz de advertir ese panorama fue el boliviano. Por eso el pase fue rápido. El árbitro Juan Carlos Losteau se preparó para correr. Creo que en ese momento el Dani leyó la jugada. ¿El delantero piensa en esos momentos?¿O actúa por instinto? Yo creo que en mi amigo pasaban esas dos cosas al mismo tiempo. Miré hacia el banco de Boca y ví que Pastoriza se paraba. Abramovich avanzó un par de metros nomás. Estaba libre pero el pase era lo más conveniente. Parecía que iba para Graciani, pero algunos pocos sabíamos que el pase sería para el Dani. El 9 picó tranquilo pero confiado. El pase por arriba y hacia adelante fue preciso; de derecha hacia el medio. Cerca de la medialuna la pelota hizo contacto con el Dani. Los astros suelen alinearse poquísimas veces en forma perfecta. La paró con el pecho y la bola quedó mansa y a disposición de la derecha goleadora. Antes se había elevado un poco y por un microsegundo me dio la idea que el Dani en lugar de pararla  con el pecho la había hombreado con el hombro derecho. Mi corazón  se detuvo en ese momento. Cuando el balón caía certero ahí nomás el Daní disparó y la pelota se metió por el palo derecho de Islas describiendo una parábola perfecta. En Tartagal las canchas no tienen pasto, recordé. Volvieron los latidos de mi corazón a cien mil por minuto. Golazo. Golazo. Supongo que cuando la pelota viajaba por el aire hacia la red, mi amigo ya supo que su derechazo se convertiría en gol. Corrió hacia la tribuna sur, pasó por el palo izquierdo y ahí me visualizó entre la gente y se acercó rápidamente hacia mí señalándome con el dedo y diciendo : --“Es para vos, es para vos”. Yo lloraba y gritaba gol, hijo de puta, gol… pero no se escuchaba nada. Yo ya estaba mudo. Ese momento debiera ser vivido por todo el mundo. No desde el lado del Dani, ya que no todos tenemos ese talento. Sino del lado mío. Ahí desde la popu , festejando el segundo mejor gol de la historia hecho por un amigo.  Supongo con cierta duda que la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola. Todo lo demás, tiene su misterio.
Muchos años más tarde volví a ver el gol por internet en you tube. Con grata sorpresa advertí que el Dani se acerca casi hasta la fosa y quedamos los dos frente a frente y ahí el Dani se tira al piso justo frente a mí; después se sienta y ambos levantamos los puños y somos eufóricos y felices. Después se acercan otros jugadores de Boca y lo abrazan; también unos cuantos fotógrafos. Descubro también que Abramovich me saluda. Aquel partido terminó 2 a 2. Independiente empató por intermedio de Reinoso.
Aquella noche fui al vestuario y obviamente la camiseta del Dani  pasó a ser propiedad mía. Me la firmó con una lapicera de un periodista que le estaba  haciendo una nota a Cuciuffo, campeón del mundo con la selección en México 86.
Nueve o diez años después el Dani ya retirado y sin fama ni fortuna pasó de vacaciones por Mar del Plata. Fuimos a comer al puerto a una cantina. Rabas y abundante vino blanco. Él vivía  en su ciudad natal y estaba enseñando futbol  contratado por la municipalidad de Tartagal  o algo así. Hablamos de nuestras familias y de Boca. Me dijo que Bianchi haría historia en Boca y que la dupla Palermo y el mellizo iba a dar que hablar. Casi no se acordaba de nuestro paso por La Florida. Tenía más recuerdos de su paso por Velez, Boca y la Selección. Al poco tiempo el Dani murió en una ambulancia por una pancreatitis fulminante.
El otro día vino mi hijo menor con un banderín firmado por Campodónico, el arquero de Aldosivi. Charlamos un rato acerca de la vuelta de las hinchadas visitantes. En un momento me preguntó si yo alguna vez había conseguido  un autógrafo de algún jugador  famoso. Tuve de Maradona y de Pelé, le dije. –“Pero los vendí”. Se rió.--“No, en serio…” insistió. Busqué y busqué, entonces, en un ropero viejo que está en el garaje. Revolví hasta que encontré la camiseta del Dani. Me pareció en ese momento que era muy chica. Me la puse arriba de la camisa y fui a mostrarle a mi hijo. ­­–“Si que tengo una firma. Y además este jugador fue compañero mío en un club de Tucumán. Me dio esta camiseta unos días antes que naciera tu hermano, un día que jugó Boca aquí en Mar del Plata.” Se sorprendió y vino a observar la casaca desde más cerca. –“¿Y quien es el que te la firmó?”. Preguntó con desconfianza. Ahí saqué pecho, tomé aire y solté la voz—“El coya Gutierrez me la firmó. Hizo en terrible golazo esa noche, me lo dedicó y me firmó esta camiseta en el vestuario.” Noté en el rostro de mi hijo la intención  forzada de no contradecirme y también cierta piedad hacia mí. Hizo una pausa. Sonrió. Después lanzó una carcajada.—“¿Y quién es el coya Gutierrez?”. Para mí su pregunta era inverosímil.—“¿Cómo quién es el coya Gutierrez? Jugó en San Martín, fue ídolo en La Ciudadela, jugó en Velez, en la Selección. Fue el 9 de Boca. Qué 9 de Boca conocés vos?”. Me nombró a Palermo, a Viatri, a Calleri, a Daniel Osvaldo, al “puto Gigliotti”, al uruguayo Silva. Incluso nombró a Batistuta y a “un tal Brindisi” que jugó en la época de Maradona.--“A ese Coya Gutierrez no lo juno, habrá  jugao uno o dos partidos”. Después me increpó que le mostrara la firma en la camiseta. Buscamos por toda la tela y no encontramos nada. Argumenté que el tiempo la habría borrado. El tiempo devora y devora, y en ocasiones no devuelve nada. No sé por qué los hijos desconfían de los padres. Durante más de veinticinco años mantuve esa prenda sin lavar. Pero ahora, como el objeto de conservación ya no existía decidí meterla en el lavarropas y mandarle abundante jabón. A punto de encender el aparato ví una moneda adentro y aborté el lavado. No resignado del todo volví a mirar la camiseta, minuciosamente. Y ahí estaba la firma, casi imperceptible, debajo de la tetilla izquierda. Apenas se notaba el trazo azul de una lapicera que había pasado por esa tela hacía más de veinticinco años. Inmediatamente pegué el grito a mi hijo. –“¡Nicooo!” Lo hice regresar desde la calle porque ya se iba; y le mostré mi trofeo. Miró detenidamente y habló.--“Pero aquí dice Dani”.
Daniel Humberto “coya” Gutierrez, conocido por algunos pocos como el Dani, jugó en Juventud Unida, en La Florida, en San Martín, en Velez, en la Selección, en Boca. Creo que integró otros planteles , pero no llegó a jugar. Le hizo varios goles a Atlético. Convirtió de penal ante el Pato Fillol,ya jugando en Buenos Aires. Carlos Bilardo lo convocó a la Selección y en Chile ganó los Juegos Odesur en el equipo conducido por Carlos Pachamé. Fue compañero de Caniggia. Su último partido en primera división  fue el 3 de diciembre de 1989, cuando Boca empató 1 -1, en Resistencia con Chaco For Ever. Una noche en Mar del Plata le clavó un golazo a Islas en el estadio mundialista. El segundo mejor gol de la historia. Y vino corriendo desde la medialuna hasta la fosa que da a la tribuna sur a dedicarme el gol a mí, señalándome con el dedo. Quedó sentado frente a mí y los dos levantamos los puños eufóricos y felices. El olor a choripán de aquella noche fue distinto a todos los olores a choripán que hubo después en el Minella. Gritaban casi cuarenta mil personas en el estadio. Un entrenador llamado el Gaucho Viroche había pronosticado unos años antes, que no tenía futuro como jugador…


FIN






martes, 30 de agosto de 2016

VOLVISTE A SER PERFECTA

En el sueño te encontré y obviamente me aproveché de tal suceso virtual. En la cama de mis padres me buscabas con una pierna y eras amable y condescendiente conmigo.Todo tu ser se acomodaba a mi voluntad y disfrutabas de eso.Hasta me preguntabas, sonriente y desafiante por qué había demorado tanto.Después desperté. Vi la humedad en la pared, sentí el frío de agosto y ya eras la mujer del veterinario. Pero bueno, volviste a ser perfecta.Los milagros nos imponen sus condiciones...

EL RAFECAS CHICO

Una siesta de noviembre de 1985, un jueves, coincidimos con Alfonso Rafecas en el bar de la facultad y tras su saludo supuse que no me quedaba otra opción que sentarme en la mesa que él estaba ocupando. Era el único cliente en el bar antes que yo llegara. Con euforia y seguridad comenzó a hablarme.
--“Luna, ¿Vos sabés cuáles son mis planes para este fin de semana? El viernes voy a aprobar Derecho Societario y Cambiario y también Derecho Registral. Las dos materias el mismo día, boludo”. Ahí hizo una pausa observando mi no reacción.--“Estoy afiladísimo. Las voy a aprobar con notas altas. Ahí nomás mi vieja me tiene que dar cinco lucas verdes. Las cambio antes que cierren la casa esa de cambio y me reviento la guita entre el sábado y el domingo, boludo. Me voy con mi primo y con otros changos al puterío de la calle Suipacha. Si querés estás invitado, Luna. Después me tomo hasta el agua de los floreros papá… Podríamos ir al Gallo de Oro. ¡Antes̕!, antes de perder la cordura le hago “ faquiu”, así con este dedo a la vieja que me va a aprobar el examen, y antes…¡antes!... le digo al mismísimo decano que me chupe bien el choto. A ése le gusta chupar chotos más que el dulce de leche”.
En ese momento, con cara de cansado y extenuado se sentó con nosotros Gonzalo Rafecas. El Rafecas chico, le decían. Puso cara de estar pensando; levantó su dedo índice y luego dijo ceremoniosamente: --“Bueno, pero fijate que si el decano te chupa el choto, puede ser que se te produzca un orgasmo, entonces ya vas más livianito a las minas de la Suipacha. O bien, usted decide Dr. ¿Dónde preferís tener el orgasmo? ¿En la boca del decano o en un culo hermoso y carnoso de una yegua de la calle Suipacha? Hay una negra que está mortal, dicen.
Alfonso y Gonzalo Rafecas. Los primos Rafecas. Salteños. Buenos muchachos. Sus padres eran abogados y a la vez dueños de ingenios azucareros o de papeleras, o de las dos cosas. Estudiaban en Tucumán desde hacía 4 años. Alquilaban un departamento a todo trapo en El Bajo. Tres dormitorios, varios televisores, living con todo equipado, cocina de última generación, cochera y no sé cuántos lujos más. En Tucumán casi siempre habían vivido juntos, salvo un período de seis o siete meses en que se habían peleado por cuestiones de la convivencia y Gonzalo se había ido a una pensión de la calle Crisóstomo. Después se amigaron nuevamente y volvieron a convivir. Eran amigos. No eran como hermanos. Inevitablemente los otros estudiantes del grupo los relacionábamos. Si alguno andaba solo la pregunta por el otro parecía obligatoria. Cada uno tenía su independencia y su lugar. Se parecían supongo, aunque no eran idénticos. Y también se diferenciaban.
Alfonso era el menor por unos cuántos meses. Su padre era hermano del padre de Gonzalo. Supongo que Alfonso era un genio. También era algo pedante. Aprobaba todos los exámenes con notas altas, a veces sobresalientes. Ocho era el puntaje más bajo. A pesar de las notas altas y la genialidad, no tenía esa personalidad rara que tienen todos los buenos alumnos. No era un nerd.
Tenía dos pasiones: Una era el Derecho. Siempre hacía cursos extracurriculares; compraba libros de filosofía del derecho y recopilaba todo tipo de material que tratara sobre la ciencia del Derecho. Decía que iba a realizar postgrados y que se iba a doctorar. Después iba a decidirse por la docencia o por ser juez de La Corte Suprema de la Nación. La otra pasión que tenía era  gastarse el dinero que le enviaban los padres. Llegaba de Salta el lunes o el domingo a la noche forrado en guita. A mediados de semana, jueves a más tardar ya estaba llamando por teléfono pidiendo el giro. Había fines de semana que no retornaba a Salta. Se quedaba a estudiar y a adelantar materias. También a gastarse la guita.
Gonzalo era mayor, pero todos le decían el Rafecas chico solamente por el hecho de ser un poco más bajo que Alfonso. Técnicamente Gonzalo estaba un curso abajo que Alfonso, pero no por haberse retrasado, sino porque su primo había adelantado y promocionado varias materias. Habían coincidido también en la secundaria en Salta, en algunos cursos. Gonzalo había viajado por casi todo el mundo. Tenía una cultura general muy amplia para los 22 años y un conocimiento vulgar de casi todas las cosas del universo. Le gustaban las zambas, las empanadas, el folklore, todo lo que tuviera que ver con su provincia natal. A veces lo traía su madre en el auto desde Salta y se quedaba un día en el departamento de El Bajo. La madre también era abogada. Gonzalo no era genio como su primo. Pero era muy sabio. No le gustaba el despilfarro. Le agradaba más la literatura que la abogacía. Pero como también le gustaban las tradiciones, parece que iba a seguir la tradición familiar.
--“De todas las aberraciones sexuales no probaré la castidad”. Dijo Alfonso en tono ceremonioso.—“Y te digo que no es mala la idea de llenarle la jeta al decano”: Prosiguió.
Gonzalo hizo una pausa. Tomó aire. Nos miró y luego se dirigió a Alfonso.—“Hablando en serio, a tus planes de este fin de semana agregale una tarea , mmm, solidaria digamos.
--“Lo de la calle Suipacha está incluido, te dije”.
--“En serio boludo. Ayer me dieron un alfonsi, lo tengo en el bolsillo. O sea, recibí una maldición. Si no devuelvo el alfonsi antes de las 24 horas de haberlo recibido me voy a volver loco, pero loco de remate, voy a quedar piantao piantao, ¿Me explico? Voy a perder la razón. Pero la voy a perder y no la voy a encontrar más.
Se acercó la camarera del bar de la facultad y Alfonso le pidió un tinto. La joven resopló con fastidio y dijo que eso no servían ahí. Entonces Alfonso dijo que si no había mas remedio trajera tres cortados. Esa escena se repetía casi todos los días. En un instante pensé en retirarme, en decirle a la camarera que no trajera el pedido para mí. Pensé en levantarme y dirigirme hacia el aula magna y esperar ahí la llegada de los profesores, aunque faltaban todavía  treinta minutos. Alfonso Rafecas me parecía un pedante, me inflaba la paciencia. Sin embargo, la historia que empezaba a contar Gonzalo  hizo que cambiara de opinión. Decidí quedarme. Decidí involucrarme. Además pensé que escuchar las boludeces de estos dos primos sería el precio de tomarme un cortado. Comencé a hablar:--“Dos observaciones le haré, estimado Dr. Primero lo de la locura parece que ya está pasando. Ya está obrando la maldición. Y segundo, me gustaría saber qué carajo es un alfonsi”.
--“Un alfonsi es una moneda antigua. Bah…antigua, lo que se dice antigua…La palabra  antigua quiere decir, digo yo, dos cosas: de la antigüedad o sea de la Edad Antigua o también quiere decir vieja. Alfonso XI o Alfonso el Noble, de Castilla, nada tiene que ver con vos, primo, ¡así que dejame hablar! Bueno, este Alfonso fue rey. Al año de nacer ya era rey. Es el que ocupó el Estrecho de Gibraltar. Todo esto pasó en 1320, 1340 más o menos; por eso digo es más Edad Media que Edad Antigua. O sea, este ñato vivió más de  un siglo antes que Colón llegara a América. Les digo para que se sitúen temporalmente. Bueno, mandó a acuñar monedas. Son de oro y se llaman alfonsis. Supongo en honor a él mismo.
--“Alfonsín tendría que haberle puesto a la moneda actual alfonsines o raulines, supongo y no australes”. Dijo Alfonso Rafecas.
--“Exacto, cada mandatario le pone a la moneda el nombre que se le canta”. Contestó Gonzalo y siguió.—“Eso es una parte del tema. Aquí viene la parte más interesante. Cuando fui a Belfast, allá en Irlanda del Norte conocí a un tipo, como un monje era, o algo así…español, pero que vivía en Belfast y me mostró todo tipo de monedas, de casi todo el mundo y de casi todas las épocas .Bueno, algunas de esas monedas encierran una maldición. Y el alfonsi tiene una maldición”.
--“¿Y cuál es la maldición?”. Pregunté
La camarera había traído los tres cortados y se había quedado escuchando el relato de Gonzalo. Yo empezaba a creer todo lo que nos decía el Rafecas chico.--“La maldición dice así. Todo aquél que reciba el alfonsi fuera de Castilla (podríamos decir España) y fuera del tiempo (o sea hoy) perderá totalmente le razón en el término de un mes. Salvo, salvo que devolviera el alfonsi antes de las 24 horas de haberlo recibido y en el mismo lugar”
A veces uno cree y no encuentra motivos ni fundamentos para creer. Pero no cree la esencia de lo que dice su interlocutor, sino que cree en las infinitas posibilidades que surgen y surgirán de las palabras que componen una historia.—“Escuchenmé Doctores Rafecas. Se impone la tarea cívica y moral…y también ciudadana, podríamos agregar, de ir a devolver esa moneda. Será Justicia”.
Alfonso pagó los tres cortados y suspiró. Miró con lástima a su primo y dijo: --“Vos estuviste tomando cocó”
--”No Sr, no DR, perdón…Ni cocó ni morfina. Y Tampoco uso gomina…no tengo con qué. Ando mal y sin vento, y pronto, todo, todo se habrá acabado. Les estoy batiendo la justa. Posta, caballeros. Estoy maldito por esta moneda endemoniada. La tengo desde anoche, o desde hoy a la madrugada y…esta vez lo que les digo es la precisa. Sé porque viajé por todo el mundo señores. Conozco todos los paños aunque ustedes se caguen de la risa. Este alfonsí me va a volver loco. Le pasó a Borges con un zahir.¿No  leyeron el Zahir de Borges? Vos tendrías que haberlo leído Luna. Vos que escribís y fabulás. Algún día vas a escribir sobre esto, vas a ver. Pero yo no te voy a poder comprar el libro porque voy a estar en el siquiátrico o habré crepado, fenecido…Seré il morto qui no parla…Ayer empezó todo esto. Fui a buscar una pendeja, la Sofi. Ustedes la vieron en el asado de turco hace unos días, la minita que estaba conmigo. Dieciseite añitos. Bombón. Jamón del medio. Allá en el parque 9 de julio la fui a buscar, en Filosofía y Letras. Va a primer año. Me le hago el novio…Me la chapé en el parque. Yo la quería llevar pa los yuyos, pero la pendeja que no, que no. Entonces enfilamos pal depto pero me acuerdo que no tengo llave porque me olvidé la llave en Salta hace dos semanas y mi compañero de casa aún no se digna a hacer una copia. La cuestión es que volvemos a la franela y volvemos al parque. Y otra vez que no, que no, que así no. Al final la llevé al San Bernardo, el telo ése del frente de la terminal. Tuvimos que pagar entre los dos y ella puso más guita .Yo ando medio en la lona. Pero bueno. Me la recontra garché en el telo...Te digo que la pendex ya estaba aprendida. Juega en primera, no se crean. Algunas cosas ya las había estudiado y repasado bastante. Y tiene diecisiete añitos. La cuestión es que uno tiene su corazoncito y cuando salimos tipo doce de la noche  la quise acompañar hasta la casa. Pero la pendeja  vive en la Mate de Luna al fondo, cerca de Yerba Buena y ya era medianoche. Me dice que no me preocupe, que la acompañe hasta la parada del colectivo, que es el último que pasa, que después no voy a tener en qué volverme.  Yo la iba a acompañar igual y después me venía a gamba derechito. Pero bueno, me convenció y la acompañé nomás hasta que vino el 4. El último 4. Ahí me iba ir para el dpto, pero me agarró hambre ché. La lujuria te debilita y tuve que reponer energías. Calculé que en casa no había nada y me fui a comer un sándwich de milanesa en un tugurio inmundo. Quedé lleno, pero lleno, lleno. Después me estaba yendo a dormir y pasé por el Gallo de Oro…Y…la música me llama, los acordes y las melodías me atraen. Fue un error haber entrado.
--“Seguro estaba el ciego Pancho”. Dijo Alfonso.
--“¡No!, ya te dije mil veces. El ciego Pancho no toca en ese boliche. Hay un matrimonio de ciegos. A veces se va la mujer y queda el tipo solo. Los ignorantes como vos le dicen ciego Pancho a ese otro ciego que está en el Gallo de Oro. Pero el verdadero ciego Pancho no toca en ese lugar. La cuestión es que ahí yo ya estaba raspando la olla. No me quedaba vento, casi nada. Sólo para una cerveza o para dos medidas de caña. Para un trombón también alcanzaba, pero me quise hacer el guapo y me pedí las dos cañas juntas. Los dos vasitos juntos, como haciendo que estaba esperando a alguien. Pagué con el último billete que me quedaba. El que atiende el bar se cobró y me dio el vuelto. Dos monedas. Ahí me dio el alfonsi. En ese momento estaba por reclamarle pero después pensé que cualquier moneda antigua vale más los centavos que me tenía que dar de vuelto. Me fui a casa y lo miré. Lo observé cuidadosamente. Consulté la Enciclopedia que tenemos ahí en la biblioteca. Hice una llamada por teléfono y entonces corroboré lo de la maldición. Habían pasado dos horas desde que lo recibí. Volví a devolverlo al Gallo de Oro, para contrarrestar el mal recibido, pero ya estaba cerrado. Cerradísimo. Y no eran ni las tres y media siquiera. Hoy tengo que devolverlo sí o sí. Pido algo y pago con el alfonsi. O lo entrego de propina. Y estaría bueno que alguno me acompañara y sobre todo, me creyera lo que digo.
--“¿Esa moneda tiene valor? Digo… si esa moneda es de oro y del siglo doce ¿ no valdrá un fangote? La hacemos guita, papá… y de paso te la sacás de encima.” Preguntó Alfonso Rafecas.
Gonzalo tomó aire y contestó:--“Primero, para que la maldición no se realice, tengo que devolver la moneda en el mismo lugar. Y segundo…El dinero es abstracto, en serio boludo. Puede ser lo menos material que haya en el mundo, aunque nosotros pensemos que el dinero es el arquetipo de lo material. La guita es tiempo futuro. Puede ser una noche en Balderrama allá en Salta, puede ser un disco de moda, puede ser café en este bar de esta facultad de esta universidad, puede ser un polvo con la negra de la calle Suipacha. Es tiempo imprevisible, macho, tiempo imprevisible. Este alfonsi no es dinero, otra moneda puede serlo y  puede representar nuestro libre albedrío. ¿Pero… ésta moneda que tengo en el bolsillo?¿Vos qué pensás Luna?
--“Pienso que esas construcciones que hacés son un artificio contra el alfonsi, y ¡guarda! un influjo aunque primario, pero influjo al fin, de la maldición”. Quise responderle eso. Yo creía en sus palabras. ¿Gonzalo creería en las mías?
--“’¡Tenés razón! ¡Hoy devuelvo esta mierda!
Esa misma noche a las ocho y media nos encontramos cuatro estudiantes de Derecho en la Plaza Independencia dispuestos a devolver el alfonsi y así cortar la maldición que obraba sobre nuestro compañero.  Los cuatro en cuestión  éramos los dos Rafecas, Valeriano Ponce y yo. Quizás nadie creía al cien por ciento en los dichos de Gonzalo. Pero algunas dudas se habían despejado y algunos temores habían venido a ocupar el ambiente. A la tarde habíamos ido a ver a un importante personaje que se dedicaba a la Numismática y tenía un local en una galería. Un viejo de casi noventa años que aún trabajaba coleccionando monedas. Había certificado la autenticidad del alfonsi y quiso comprarlo en dólares. Empezó tirando cifras en australes. Después pasó a los dólares. Llegó a ofrecer seis mil. Solamente el peso del oro ya era importante había afirmado. Después sin que nadie le preguntara nada contó acerca de la maldición y relató que efectivamente si alguien lo recibiera ocasionalmente fuera de España y fuera del siglo en que fue acuñado, se volvería loco en un mes. Ahí dio detalles y ejemplos de las personas que habían quedado locas. Estaba todo certificado, según este viejo. Aclaró que sería imposible que alguien en este siglo y en Tucumán pudiera recibirlo, así , ocasionalmente. El anciano pensaba que el alfonsi de Gonzalo había sido robado a algún coleccionista.
Ponce quería ser escribano y una vez recibido se dedicaría a hacer escrituras de casas. Nada más. Lo conocíamos de hacía un par de años. Ya trabajaba en la escribanía de su tío. Manejaba guita. No tanto como Alfonso Rafecas. El plan de esa noche era ir a comer unas pizzas en el Mercado del Norte, hacer algo de tiempo, quizás unas fichitas en los flipers o un pool entre los cuatro. Después, íbamos a embriagarnos en el Gallo de Oro y devolver el alfonsi. Alfonso no se embriagaría y volvería antes. Tenía que rendir exámenes al día siguiente. Al salir de aquel boliche, ya todo habría vuelto a la normalidad. El plazo que nos habíamos fijado para la devolución de la moneda fue la una de la mañana. Habíamos calculado que Gonzalo muy probablemente la recibió cerca de la una y media. Después Valeriano Ponce sugirió acortar el plazo a la cero hora, así no había chances de que nos pasáramos de las veinticuatro horas. Todos aceptamos esta moción y nos fuimos al mercado. Estaban cerrando. Nos retiramos entonces a la casa de los Rafecas y compramos  dos pizzas. Comimos en la cocina. Sin alcohol. Gaseosas y agua.
--“Esa moneda seguro llega al país por un tipo loco, como el viejo que vimos hoy. Un coleccionista de monedas antiguas”. Dijo Valeriano y luego agregó.—“Seguro llega a Buenos Aires y ahí permanece en manos de otro coleccionista que luego la vende, apremiado por causas económicas. El que la compra la trae aquí, a Tucumán. La tiene en la vitrina, en el living. La expone. Un día el padre… sí si, el padre es uno de los borrachines que pululan por los boliches de El Bajo. Anda sin guita. Entonces se chorea la moneda de la vitrina con la intención de cagarlo al cantinero. Va por dos o tres boliches hasta que logra hacerla pasar en el  Gallo de Oro, donde están todos en pedo. Desde el primer cliente hasta el cantinero. Todos están siempre en pedo; los que tocan, los que cantan, el ciego Pancho y todo el que entra ahí.
Gonzalo intervino--“El ciego Pancho no toca ahí. Siempre lo aclaro. Pero bueno…Tu teoría es medio loca, creo, Bah…no sé.
Alfonso Rafecas defendió a Valeriano:--“La teoría de Ponce te parece media loca…mirá vos. Porque tu teoría es de lo mas cuerdo que yo haya escuchado en mi vida. Tipos malditos por monedas del tiempo del ñaupa, hay montón. Es lo más común hoy en día. Pero bueno, vamos a devolver eso y yo me regreso a repasar un poco. Mañana tengo que aprobar dos materias, una a la mañana, otra a la tarde”.
Enfilamos los cuatro rumbo a nuestra misión salvadora. Sabedores de que estábamos creando historia. Todo destino, sea largo o corto, sea complicado o fácil, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién carajo es.  Todo parecía encaminarse hacia nuestro destino y el plan en este caso era simple. Gonzalo pagaría los tragos y además le daría una importante propina en monedas al cantinero, Le diría que todas esas monedas van de propina. Entre ellas estaría el alfonsi.
Al llegar al Gallo de Oro, hasta su umbral, un candado de dolor nos detuvo el corazón. Gonzalo Rafecas empalideció y un poco envejeció. El local estaba cerrado. Clausurado. Una faja con letras rojas cruzaba la puerta. Municipalidad de...contravención al...y otras cosas más que eran ilegibles. Sobre la faja, con lapicera azul, había dibujado un pene.
Alfonso tomó el mando por un instante:--“Gonzalo, vos devolvé esa mierda en otro bolichongo. ¡Listo! Va a funcionar así. Yo me retiro. Voy a prepararme para aprobar mañana. Les deseo suerte y un poco me apena su falta de ambición, se contentan con no sufrir, ponele que con ser felices, ponele… Orvuá”
Gonzalo explotó en llanto cuando Alfonso se fue. Nosotros tratábamos de consolarlo pero no había forma. Sentí un poco de vergüenza. Se acercaba gente y miraba. Hasta paró un patrullero y Valeriano se puso a dar explicaciones inverosímiles. De todas formas estuvo acertado en sus dichos creo. Si contaba la verdad, también resultaría una explicación inverosímil. Gonzalo había empezado a enloquecer, pero por lo menos se había calmado. Recalamos en otro caedero de por ahí nomás. Había una sola mesa libre.  Pedimos cerveza y vino y ahí nomás nos libramos del alfonsi. Después advertimos que el trámite había sido demasiado rápido. Pero bueno. Ya estaba hecho. Sin embargo con temor vimos luego que la camarera se acercaba con plata en la mano. El miedo cultiva miedo. Nos miramos con terror los tres y ahí nomás Gonzalo dijo una frase de Borges, algo así como que hay algunas derrotas más dignas que algunas victorias. Cuando la camarera estuvo frente nuestro Valeriano murmuró: --“Cagamos”.
--“Perdón, pero tengo que decirles algo”. Empezó hablando la mujer que servía las mesas. Hay ocasiones en que uno siente que el equilibrio del universo depende de alguna gilada ínfima. Nosotros contuvimos el aliento. Yo pensé por un instante cuál sería la diferencia entre morir de un infarto o de un paro cardíaco. En esas cavilaciones andaba cuando volví  a escuchar la voz. –“No hay vino blanco. Tinto nomás. Les aclaro de entrada”. Con alivio inmenso respondimos los tres:--“Esta bien, está bien”.
Una mujer cuarentona y regordeta se sentó con nosotros. Pidió perdón por la confianza pero se justificó diciendo que el local esa noche estaba lleno, repleto porque habían cerrado el Gallo de Oro; la única silla libre estaba en nuestra mesa. Después dijo que iba a cantar. Que si no llegaba su guitarrista se iba a hacer acompañar por el guitarrero que estaba tocando en ese momento, un ciego que no era el ciego Pancho .Al cabo de un rato Valeriano dijo que pensaba que ya estaba hecha nuestra parte. Que nada había para agregar y que empezáramos a vivir y disfrutar la noche. Además agregó.—“Si esto funciona, si realmente funciona devolverla en otro lado y no en el Gallo de Oro, estás salvado Rafecas. Ahora, si no funciona…quien sabe; por ahi también estás salvado. En un mes estás re chiflao en tu locura y no percibís el mundo. No tenés consciencia de nada. O sea. Salvao pa todo el viaje.
-“Esta noche amigos míos, el alcohol nos ha embriagado” Comenzó la cuarentona regordeta a cantar “su” versión del tango Los Mareados, dedicándola a nuestra mesa. Tenía una voz espectacular, maravillosa .Dulce pero fuerte. Entonada. ¿Qué haría en esos antros? Podría perfectamente cantar en el teatro San Martín. Les comenté eso a mis amigos. Ponce dijo que sí, que claro, que en el San Martín cantaba cualquiera. Después cantó una milonga y se sentó nuevamente con nosotros. La aplaudieron de pie.
Un gordito retacón cantó algo melódico, más que melódico meloso. Recibió algunos pocos aplausos. Quiso seguir cantando pero desde las otras mesas empezaron a pedir que vuelva a cantar la señora. No se hizo esperar mucho y entonó una zamba. Creo que era una del Cuchi Leguizamón que la cantaba el Dúo Salteño. Después recitó unos versos, parece ser de su propia autoría. El rostro se le iluminó a Ponce. Exclamó refiriéndose a mí.:--“Mi amigo aquí presente escribe y recita. Y es muy bueno. Todos empezaron a apaludir y la mujer cantora entendió que el que recitaba era Rafecas y le pidió que dijera unos versos. Gonzalo comenzó. “yo se que todo esto que me pasa me volverá a ocurrir, porque esta voz que tengo a veces me sale con tu voz y eres yo mismo, porque esta mano que te escribe es tu mano y tu sangre es lo que va en mis venas, porque este pelo y estos arrebatos son tuyos y hasta es mía tu ropa, y míos son los huesos y mío es tu cansancio y tu dolor es mío, porque todo es como una palabra que no me sale nunca y se me muere en la boca para siempre”. --Dedicado a mi hermano Alfonso Rafecas, hoy ausente. Exclamó eufórico y recibió la aclamación y el aplauso de todos los presentes. La mujer cantora se acercó a besarlo y ahí nomás entonó Balderrama. Parece ser que con esa canción el boliche explotaba y se producía el momento cúlmine de la excitación y el calor del alcohol. Todo el bar cantaba. Un coro fraterno por un momento suprimía tristezas del pasado y del porvenir y todos bebíamos buscando algún olvido. Rafecas casi había eliminado la idea de la maldición del alfonsi. Ponce había alcanzado la satisfacción. Todo parecía encaminarse hacia donde lo habíamos planeado. Yo agradecí a esa noche salvadora, agradecí a la música, esa misteriosa forma del tiempo. Le agradecí también al azar, supongo. Nos invitaron vino desde otras mesas y de nuevo Rafecas recitó. Esta vez para unos cuantos parroquianos. Como a las cuatro de la mañana abandonamos aquel barsucho y nos dirigimos hacia el depto de Gonzalo. Pasamos por el Gallo de Oro y la faja de clausura nos parecíó ridícula. Nadie puede clausurar un destino querido y planeado. Ebrios de victoria nos sentimos triunfadores de la noche y supimos que  la noche en cuestión no iba a quedar perdida en el tiempo. La noche de la devolución del alfonsi era sin duda más importante que la noche en que Gonzalo lo había recibido. Llegamos y Alfonso Rafecas tiró la llave desde el segundo piso. Pegó en la frente de Gonzalo y después rebotó en la vereda. Ponce abrió y subimos en silencio. Nos dormimos rápidamente. Los tres en la habitación del Rafecas chico. Soñamos.
El teléfono sonó y nadie atendió. A los pocos minutos otra vez sonó. Gonzalo nos pidió que atendiéramos. Eran las once de la mañana y la claridad parecía golpearnos sin piedad. Ponce atendió, saludó  y luego cortó rápidamente.--“Tu primo Alfonso aprobó con diez , dice”. Gonzalo dijo que seguiría durmiendo. Cerró los ojos y su cara se transformó. Se desencajó, al parecer. A los pocos minutos comenzó a salirle espuma por la boca y un hilo de sangre por la nariz. Llamamos a un médico y este médico llamó a una ambulancia. Lo llevaron al Hospital Padilla. Esa tarde murió. El golpe de la llave en la frente le habría hecho explotar un aneurisma. Esa misma noche trasladaron el cuerpo de Gonzalo a Rafecas a Salta para allí hacerle el velorio. Una caravana de estudiantes partimos desde Tucumán para darle el último adiós.
La maldición del alfonsi no se había producido. Devolvimos la moneda, aunque en otro lado…; la devolvimos.



FIN