Una siesta de noviembre de
1985, un jueves, coincidimos con Alfonso Rafecas en el bar de la facultad y
tras su saludo supuse que no me quedaba otra opción que sentarme en la mesa que
él estaba ocupando. Era el único cliente en el bar antes que yo llegara. Con
euforia y seguridad comenzó a hablarme.
--“Luna, ¿Vos sabés
cuáles son mis planes para este fin de semana? El viernes voy a aprobar Derecho
Societario y Cambiario y también Derecho Registral. Las dos materias el mismo
día, boludo”. Ahí hizo una pausa observando mi no reacción.--“Estoy
afiladísimo. Las voy a aprobar con notas altas. Ahí nomás mi vieja me tiene que
dar cinco lucas verdes. Las cambio antes que cierren la casa esa de cambio y me
reviento la guita entre el sábado y el domingo, boludo. Me voy con mi primo y
con otros changos al puterío de la calle Suipacha. Si querés estás invitado,
Luna. Después me tomo hasta el agua de los floreros papá… Podríamos ir al Gallo
de Oro. ¡Antes̕!, antes de perder la cordura le hago “ faquiu”, así con este
dedo a la vieja que me va a aprobar el examen, y antes…¡antes!... le digo al
mismísimo decano que me chupe bien el choto. A ése le gusta chupar chotos más
que el dulce de leche”.
En ese momento, con cara de
cansado y extenuado se sentó con nosotros Gonzalo Rafecas. El Rafecas chico, le
decían. Puso cara de estar pensando; levantó su dedo índice y luego dijo
ceremoniosamente: --“Bueno, pero fijate que si el decano te chupa el choto,
puede ser que se te produzca un orgasmo, entonces ya vas más livianito a las
minas de la Suipacha. O bien, usted decide Dr. ¿Dónde preferís tener el
orgasmo? ¿En la boca del decano o en un culo hermoso y carnoso de una yegua de
la calle Suipacha? Hay una negra que está mortal, dicen.
Alfonso y Gonzalo Rafecas.
Los primos Rafecas. Salteños. Buenos muchachos. Sus padres eran abogados y a la
vez dueños de ingenios azucareros o de papeleras, o de las dos cosas. Estudiaban
en Tucumán desde hacía 4 años. Alquilaban un departamento a todo trapo en El
Bajo. Tres dormitorios, varios televisores, living con todo equipado, cocina de
última generación, cochera y no sé cuántos lujos más. En Tucumán casi siempre
habían vivido juntos, salvo un período de seis o siete meses en que se habían
peleado por cuestiones de la convivencia y Gonzalo se había ido a una pensión
de la calle Crisóstomo. Después se amigaron nuevamente y volvieron a convivir.
Eran amigos. No eran como hermanos. Inevitablemente los otros estudiantes del
grupo los relacionábamos. Si alguno andaba solo la pregunta por el otro parecía
obligatoria. Cada uno tenía su independencia y su lugar. Se parecían supongo,
aunque no eran idénticos. Y también se diferenciaban.
Alfonso era el menor por
unos cuántos meses. Su padre era hermano del padre de Gonzalo. Supongo que
Alfonso era un genio. También era algo pedante. Aprobaba todos los exámenes con
notas altas, a veces sobresalientes. Ocho era el puntaje más bajo. A pesar de las
notas altas y la genialidad, no tenía esa personalidad rara que tienen todos
los buenos alumnos. No era un nerd.
Tenía dos pasiones: Una era
el Derecho. Siempre hacía cursos extracurriculares; compraba libros de
filosofía del derecho y recopilaba todo tipo de material que tratara sobre la
ciencia del Derecho. Decía que iba a realizar postgrados y que se iba a
doctorar. Después iba a decidirse por la docencia o por ser juez de La Corte
Suprema de la Nación. La otra pasión que tenía era gastarse el dinero que le enviaban los padres.
Llegaba de Salta el lunes o el domingo a la noche forrado en guita. A mediados
de semana, jueves a más tardar ya estaba llamando por teléfono pidiendo el
giro. Había fines de semana que no retornaba a Salta. Se quedaba a estudiar y a
adelantar materias. También a gastarse la guita.
Gonzalo era mayor, pero
todos le decían el Rafecas chico solamente por el hecho de ser un poco más bajo
que Alfonso. Técnicamente Gonzalo estaba un curso abajo que Alfonso, pero no
por haberse retrasado, sino porque su primo había adelantado y promocionado
varias materias. Habían coincidido también en la secundaria en Salta, en
algunos cursos. Gonzalo había viajado por casi todo el mundo. Tenía una cultura
general muy amplia para los 22 años y un conocimiento vulgar de casi todas las
cosas del universo. Le gustaban las zambas, las empanadas, el folklore, todo lo
que tuviera que ver con su provincia natal. A veces lo traía su madre en el
auto desde Salta y se quedaba un día en el departamento de El Bajo. La madre
también era abogada. Gonzalo no era genio como su primo. Pero era muy sabio. No
le gustaba el despilfarro. Le agradaba más la literatura que la abogacía. Pero
como también le gustaban las tradiciones, parece que iba a seguir la tradición
familiar.
--“De todas las aberraciones
sexuales no probaré la castidad”. Dijo Alfonso en tono ceremonioso.—“Y te digo
que no es mala la idea de llenarle la jeta al decano”: Prosiguió.
Gonzalo hizo una pausa. Tomó
aire. Nos miró y luego se dirigió a Alfonso.—“Hablando en serio, a tus planes
de este fin de semana agregale una tarea , mmm, solidaria digamos.
--“Lo de la calle Suipacha
está incluido, te dije”.
--“En serio boludo. Ayer me
dieron un alfonsi, lo tengo en el bolsillo. O sea, recibí una maldición. Si no
devuelvo el alfonsi antes de las 24 horas de haberlo recibido me voy a volver
loco, pero loco de remate, voy a quedar piantao piantao, ¿Me explico? Voy a
perder la razón. Pero la voy a perder y no la voy a encontrar más.
Se acercó la camarera del
bar de la facultad y Alfonso le pidió un tinto. La joven resopló con fastidio y
dijo que eso no servían ahí. Entonces Alfonso dijo que si no había mas remedio
trajera tres cortados. Esa escena se repetía casi todos los días. En un
instante pensé en retirarme, en decirle a la camarera que no trajera el pedido
para mí. Pensé en levantarme y dirigirme hacia el aula magna y esperar ahí la
llegada de los profesores, aunque faltaban todavía treinta minutos. Alfonso Rafecas me parecía
un pedante, me inflaba la paciencia. Sin embargo, la historia que empezaba a
contar Gonzalo hizo que cambiara de
opinión. Decidí quedarme. Decidí involucrarme. Además pensé que escuchar las
boludeces de estos dos primos sería el precio de tomarme un cortado. Comencé a
hablar:--“Dos observaciones le haré, estimado Dr. Primero lo de la locura
parece que ya está pasando. Ya está obrando la maldición. Y segundo, me
gustaría saber qué carajo es un alfonsi”.
--“Un alfonsi es una moneda
antigua. Bah…antigua, lo que se dice antigua…La palabra antigua quiere decir, digo yo, dos cosas: de
la antigüedad o sea de la Edad Antigua o también quiere decir vieja. Alfonso XI
o Alfonso el Noble, de Castilla, nada tiene que ver con vos, primo, ¡así que
dejame hablar! Bueno, este Alfonso fue rey. Al año de nacer ya era rey. Es el
que ocupó el Estrecho de Gibraltar. Todo esto pasó en 1320, 1340 más o menos;
por eso digo es más Edad Media que Edad Antigua. O sea, este ñato vivió más de un siglo antes que Colón llegara a América.
Les digo para que se sitúen temporalmente. Bueno, mandó a acuñar monedas. Son
de oro y se llaman alfonsis. Supongo en honor a él mismo.
--“Alfonsín tendría que
haberle puesto a la moneda actual alfonsines o raulines, supongo y no australes”.
Dijo Alfonso Rafecas.
--“Exacto, cada mandatario
le pone a la moneda el nombre que se le canta”. Contestó Gonzalo y siguió.—“Eso
es una parte del tema. Aquí viene la parte más interesante. Cuando fui a
Belfast, allá en Irlanda del Norte conocí a un tipo, como un monje era, o algo
así…español, pero que vivía en Belfast y me mostró todo tipo de monedas, de
casi todo el mundo y de casi todas las épocas .Bueno, algunas de esas monedas
encierran una maldición. Y el alfonsi tiene una maldición”.
--“¿Y cuál es la
maldición?”. Pregunté
La camarera había traído los
tres cortados y se había quedado escuchando el relato de Gonzalo. Yo empezaba a
creer todo lo que nos decía el Rafecas chico.--“La maldición dice así. Todo
aquél que reciba el alfonsi fuera de Castilla (podríamos decir España) y fuera
del tiempo (o sea hoy) perderá totalmente le razón en el término de un mes.
Salvo, salvo que devolviera el alfonsi antes de las 24 horas de haberlo
recibido y en el mismo lugar”
A veces uno cree y no
encuentra motivos ni fundamentos para creer. Pero no cree la esencia de lo que
dice su interlocutor, sino que cree en las infinitas posibilidades que surgen y
surgirán de las palabras que componen una historia.—“Escuchenmé Doctores
Rafecas. Se impone la tarea cívica y moral…y también ciudadana, podríamos
agregar, de ir a devolver esa moneda. Será Justicia”.
Alfonso pagó los tres
cortados y suspiró. Miró con lástima a su primo y dijo: --“Vos estuviste
tomando cocó”
--”No Sr, no DR, perdón…Ni
cocó ni morfina. Y Tampoco uso gomina…no tengo con qué. Ando mal y sin vento, y
pronto, todo, todo se habrá acabado.
Les estoy batiendo la justa. Posta, caballeros. Estoy maldito por esta moneda
endemoniada. La tengo desde anoche, o desde hoy a la madrugada y…esta vez lo
que les digo es la precisa. Sé porque viajé por todo el mundo señores. Conozco
todos los paños aunque ustedes se caguen de la risa. Este alfonsí me va a volver
loco. Le pasó a Borges con un zahir.¿No
leyeron el Zahir de Borges? Vos tendrías que haberlo leído Luna. Vos que
escribís y fabulás. Algún día vas a escribir sobre esto, vas a ver. Pero yo no
te voy a poder comprar el libro porque voy a estar en el siquiátrico o habré
crepado, fenecido…Seré il morto qui no parla…Ayer empezó todo esto. Fui a
buscar una pendeja, la Sofi. Ustedes la vieron en el asado de turco hace unos
días, la minita que estaba conmigo. Dieciseite añitos. Bombón. Jamón del medio.
Allá en el parque 9 de julio la fui a buscar, en Filosofía y Letras. Va a
primer año. Me le hago el novio…Me la chapé en el parque. Yo la quería llevar
pa los yuyos, pero la pendeja que no, que no. Entonces enfilamos pal depto pero
me acuerdo que no tengo llave porque me olvidé la llave en Salta hace dos
semanas y mi compañero de casa aún no se digna a hacer una copia. La cuestión
es que volvemos a la franela y volvemos al parque. Y otra vez que no, que no,
que así no. Al final la llevé al San Bernardo, el telo ése del frente de la
terminal. Tuvimos que pagar entre los dos y ella puso más guita .Yo ando medio
en la lona. Pero bueno. Me la recontra garché en el telo...Te digo que la
pendex ya estaba aprendida. Juega en primera, no se crean. Algunas cosas ya las
había estudiado y repasado bastante. Y tiene diecisiete añitos. La cuestión es
que uno tiene su corazoncito y cuando salimos tipo doce de la noche la quise acompañar hasta la casa. Pero la
pendeja vive en la Mate de Luna al
fondo, cerca de Yerba Buena y ya era medianoche. Me dice que no me preocupe,
que la acompañe hasta la parada del colectivo, que es el último que pasa, que
después no voy a tener en qué volverme.
Yo la iba a acompañar igual y después me venía a gamba derechito. Pero
bueno, me convenció y la acompañé nomás hasta que vino el 4. El último 4. Ahí
me iba ir para el dpto, pero me agarró hambre ché. La lujuria te debilita y
tuve que reponer energías. Calculé que en casa no había nada y me fui a comer
un sándwich de milanesa en un tugurio inmundo. Quedé lleno, pero lleno, lleno. Después
me estaba yendo a dormir y pasé por el Gallo de Oro…Y…la música me llama, los
acordes y las melodías me atraen. Fue un error haber entrado.
--“Seguro estaba el ciego
Pancho”. Dijo Alfonso.
--“¡No!, ya te dije mil
veces. El ciego Pancho no toca en ese boliche. Hay un matrimonio de ciegos. A
veces se va la mujer y queda el tipo solo. Los ignorantes como vos le dicen
ciego Pancho a ese otro ciego que está en el Gallo de Oro. Pero el verdadero
ciego Pancho no toca en ese lugar. La cuestión es que ahí yo ya estaba
raspando la olla. No me quedaba vento, casi nada. Sólo para una cerveza o para
dos medidas de caña. Para un trombón también alcanzaba, pero me quise hacer el
guapo y me pedí las dos cañas juntas. Los dos vasitos juntos, como haciendo que
estaba esperando a alguien. Pagué con el último billete que me quedaba. El que
atiende el bar se cobró y me dio el vuelto. Dos monedas. Ahí me dio el alfonsi.
En ese momento estaba por reclamarle pero después pensé que cualquier moneda
antigua vale más los centavos que me tenía que dar de vuelto. Me fui a casa y
lo miré. Lo observé cuidadosamente. Consulté la Enciclopedia que tenemos ahí en
la biblioteca. Hice una llamada por teléfono y entonces corroboré lo de la
maldición. Habían pasado dos horas desde que lo recibí. Volví a devolverlo al
Gallo de Oro, para contrarrestar el mal recibido, pero ya estaba cerrado.
Cerradísimo. Y no eran ni las tres y media siquiera. Hoy tengo que devolverlo
sí o sí. Pido algo y pago con el alfonsi. O lo entrego de propina. Y estaría
bueno que alguno me acompañara y sobre todo, me creyera lo que digo.
--“¿Esa moneda tiene valor?
Digo… si esa moneda es de oro y del siglo doce ¿ no valdrá un fangote? La
hacemos guita, papá… y de paso te la sacás de encima.” Preguntó Alfonso
Rafecas.
Gonzalo tomó aire y
contestó:--“Primero, para que la maldición no se realice, tengo que devolver la
moneda en el mismo lugar. Y segundo…El
dinero es abstracto, en serio boludo. Puede ser lo menos material que haya en
el mundo, aunque nosotros pensemos que el dinero es el arquetipo de lo
material. La guita es tiempo futuro. Puede ser una noche en Balderrama allá en
Salta, puede ser un disco de moda, puede ser café en este bar de esta facultad
de esta universidad, puede ser un polvo con la negra de la calle Suipacha. Es
tiempo imprevisible, macho, tiempo imprevisible. Este alfonsi no es dinero,
otra moneda puede serlo y puede representar
nuestro libre albedrío. ¿Pero… ésta moneda que tengo en el bolsillo?¿Vos qué
pensás Luna?
--“Pienso
que esas construcciones que hacés son un artificio contra el alfonsi, y
¡guarda! un influjo aunque primario, pero influjo al fin, de la maldición”.
Quise responderle eso. Yo creía en sus palabras. ¿Gonzalo creería en las mías?
--“’¡Tenés
razón! ¡Hoy devuelvo esta mierda!
Esa
misma noche a las ocho y media nos encontramos cuatro estudiantes de Derecho en
la Plaza Independencia dispuestos a devolver el alfonsi y así cortar la
maldición que obraba sobre nuestro compañero.
Los cuatro en cuestión éramos los
dos Rafecas, Valeriano Ponce y yo. Quizás nadie creía al cien por ciento en los
dichos de Gonzalo. Pero algunas dudas se habían despejado y algunos temores
habían venido a ocupar el ambiente. A la tarde habíamos ido a ver a un
importante personaje que se dedicaba a la Numismática y tenía un local en una
galería. Un viejo de casi noventa años que aún trabajaba coleccionando monedas.
Había certificado la autenticidad del alfonsi y quiso comprarlo en dólares. Empezó
tirando cifras en australes. Después pasó a los dólares. Llegó a ofrecer seis
mil. Solamente el peso del oro ya era importante había afirmado. Después sin
que nadie le preguntara nada contó acerca de la maldición y relató que
efectivamente si alguien lo recibiera ocasionalmente fuera de España y fuera
del siglo en que fue acuñado, se volvería loco en un mes. Ahí dio detalles y
ejemplos de las personas que habían quedado locas. Estaba todo certificado,
según este viejo. Aclaró que sería imposible que alguien en este siglo y en
Tucumán pudiera recibirlo, así , ocasionalmente. El anciano pensaba que el
alfonsi de Gonzalo había sido robado a algún coleccionista.
Ponce
quería ser escribano y una vez recibido se dedicaría a hacer escrituras de
casas. Nada más. Lo conocíamos de hacía un par de años. Ya trabajaba en la
escribanía de su tío. Manejaba guita. No tanto como Alfonso Rafecas. El plan de
esa noche era ir a comer unas pizzas en el Mercado del Norte, hacer algo de
tiempo, quizás unas fichitas en los flipers o un pool entre los cuatro. Después,
íbamos a embriagarnos en el Gallo de Oro y devolver el alfonsi. Alfonso no se
embriagaría y volvería antes. Tenía que rendir exámenes al día siguiente. Al
salir de aquel boliche, ya todo habría vuelto a la normalidad. El plazo que nos
habíamos fijado para la devolución de la moneda fue la una de la mañana.
Habíamos calculado que Gonzalo muy probablemente la recibió cerca de la una y
media. Después Valeriano Ponce sugirió acortar el plazo a la cero hora, así no
había chances de que nos pasáramos de las veinticuatro horas. Todos aceptamos
esta moción y nos fuimos al mercado. Estaban cerrando. Nos retiramos entonces a
la casa de los Rafecas y compramos dos
pizzas. Comimos en la cocina. Sin alcohol. Gaseosas y agua.
--“Esa
moneda seguro llega al país por un tipo loco, como el viejo que vimos hoy. Un
coleccionista de monedas antiguas”. Dijo Valeriano y luego agregó.—“Seguro
llega a Buenos Aires y ahí permanece en manos de otro coleccionista que luego
la vende, apremiado por causas económicas. El que la compra la trae aquí, a
Tucumán. La tiene en la vitrina, en el living. La expone. Un día el padre… sí
si, el padre es uno de los borrachines que pululan por los boliches de El Bajo.
Anda sin guita. Entonces se chorea la moneda de la vitrina con la intención de
cagarlo al cantinero. Va por dos o tres boliches hasta que logra hacerla pasar
en el Gallo de Oro, donde están todos en
pedo. Desde el primer cliente hasta el cantinero. Todos están siempre en pedo;
los que tocan, los que cantan, el ciego Pancho y todo el que entra ahí.
Gonzalo
intervino--“El ciego Pancho no toca ahí. Siempre lo aclaro. Pero bueno…Tu
teoría es medio loca, creo, Bah…no sé.
Alfonso
Rafecas defendió a Valeriano:--“La teoría de Ponce te parece media loca…mirá
vos. Porque tu teoría es de lo mas cuerdo que yo haya escuchado en mi vida.
Tipos malditos por monedas del tiempo del ñaupa, hay montón. Es lo más común
hoy en día. Pero bueno, vamos a devolver eso y yo me regreso a repasar un poco.
Mañana tengo que aprobar dos materias, una a la mañana, otra a la tarde”.
Enfilamos
los cuatro rumbo a nuestra misión salvadora. Sabedores de que estábamos creando
historia. Todo destino, sea largo o corto, sea complicado o fácil, consta en
realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre
quién carajo es. Todo parecía encaminarse hacia nuestro destino y el plan en
este caso era simple. Gonzalo pagaría los tragos y además le daría una
importante propina en monedas al cantinero, Le diría que todas esas monedas van
de propina. Entre ellas estaría el alfonsi.
Al
llegar al Gallo de Oro, hasta su umbral, un candado de dolor nos detuvo el
corazón. Gonzalo Rafecas empalideció y un poco envejeció. El local estaba
cerrado. Clausurado. Una faja con letras rojas cruzaba la puerta. Municipalidad
de...contravención al...y otras cosas más que eran ilegibles. Sobre la faja,
con lapicera azul, había dibujado un pene.
Alfonso
tomó el mando por un instante:--“Gonzalo, vos devolvé esa mierda en otro
bolichongo. ¡Listo! Va a funcionar así. Yo me retiro. Voy a prepararme para
aprobar mañana. Les deseo suerte y un poco me apena su falta de ambición, se
contentan con no sufrir, ponele que con ser felices, ponele… Orvuá”
Gonzalo
explotó en llanto cuando Alfonso se fue. Nosotros tratábamos de consolarlo pero
no había forma. Sentí un poco de vergüenza. Se acercaba gente y miraba. Hasta
paró un patrullero y Valeriano se puso a dar explicaciones inverosímiles. De
todas formas estuvo acertado en sus dichos creo. Si contaba la verdad, también
resultaría una explicación inverosímil. Gonzalo había empezado a enloquecer,
pero por lo menos se había calmado. Recalamos en otro caedero de por ahí nomás.
Había una sola mesa libre. Pedimos
cerveza y vino y ahí nomás nos libramos del alfonsi. Después advertimos que el
trámite había sido demasiado rápido. Pero bueno. Ya estaba hecho. Sin embargo con
temor vimos luego que la camarera se acercaba con plata en la mano. El miedo
cultiva miedo. Nos miramos con terror los tres y ahí nomás Gonzalo dijo una
frase de Borges, algo así como que hay algunas derrotas más dignas que algunas
victorias. Cuando la camarera estuvo frente nuestro Valeriano murmuró:
--“Cagamos”.
--“Perdón,
pero tengo que decirles algo”. Empezó hablando la mujer que servía las mesas.
Hay ocasiones en que uno siente que el equilibrio del universo depende de
alguna gilada ínfima. Nosotros contuvimos el aliento. Yo pensé por un instante
cuál sería la diferencia entre morir de un infarto o de un paro cardíaco. En
esas cavilaciones andaba cuando volví a
escuchar la voz. –“No hay vino blanco. Tinto nomás. Les aclaro de entrada”. Con
alivio inmenso respondimos los tres:--“Esta bien, está bien”.
Una
mujer cuarentona y regordeta se sentó con nosotros. Pidió perdón por la
confianza pero se justificó diciendo que el local esa noche estaba lleno,
repleto porque habían cerrado el Gallo de Oro; la única silla libre estaba en
nuestra mesa. Después dijo que iba a cantar. Que si no llegaba su guitarrista
se iba a hacer acompañar por el guitarrero que estaba tocando en ese momento,
un ciego que no era el ciego Pancho .Al cabo de un rato Valeriano dijo que
pensaba que ya estaba hecha nuestra parte. Que nada había para agregar y que
empezáramos a vivir y disfrutar la noche. Además agregó.—“Si esto funciona, si
realmente funciona devolverla en otro lado y no en el Gallo de Oro, estás
salvado Rafecas. Ahora, si no funciona…quien sabe; por ahi también estás
salvado. En un mes estás re chiflao en tu locura y no percibís el mundo. No
tenés consciencia de nada. O sea. Salvao pa todo el viaje.
-“Esta noche amigos míos, el alcohol nos ha
embriagado” Comenzó la
cuarentona regordeta a cantar “su” versión del tango Los Mareados, dedicándola a nuestra mesa. Tenía una voz
espectacular, maravillosa .Dulce pero fuerte. Entonada. ¿Qué haría en esos
antros? Podría perfectamente cantar en el teatro San Martín. Les comenté eso a
mis amigos. Ponce dijo que sí, que claro, que en el San Martín cantaba
cualquiera. Después cantó una milonga y se sentó nuevamente con nosotros. La
aplaudieron de pie.
Un
gordito retacón cantó algo melódico, más que melódico meloso. Recibió algunos
pocos aplausos. Quiso seguir cantando pero desde las otras mesas empezaron a
pedir que vuelva a cantar la señora. No se hizo esperar mucho y entonó una
zamba. Creo que era una del Cuchi Leguizamón que la cantaba el Dúo Salteño.
Después recitó unos versos, parece ser de su propia autoría. El rostro se le
iluminó a Ponce. Exclamó refiriéndose a mí.:--“Mi amigo aquí presente escribe y
recita. Y es muy bueno. Todos empezaron a apaludir y la mujer cantora entendió
que el que recitaba era Rafecas y le pidió que dijera unos versos. Gonzalo
comenzó. “yo se que todo esto que me pasa
me volverá a ocurrir, porque esta voz que tengo a veces me sale con tu voz y
eres yo mismo, porque esta mano que te escribe es tu mano y tu sangre es lo que
va en mis venas, porque este pelo y estos arrebatos son tuyos y hasta es mía tu
ropa, y míos son los huesos y mío es tu cansancio y tu dolor es mío, porque
todo es como una palabra que no me sale nunca y se me muere en la boca para
siempre”. --Dedicado a mi hermano Alfonso Rafecas, hoy ausente. Exclamó
eufórico y recibió la aclamación y el aplauso de todos los presentes. La mujer
cantora se acercó a besarlo y ahí nomás entonó Balderrama. Parece ser que con esa canción el boliche explotaba y se
producía el momento cúlmine de la excitación y el calor del alcohol. Todo el
bar cantaba. Un coro fraterno por un momento suprimía tristezas del pasado y
del porvenir y todos bebíamos buscando algún olvido. Rafecas casi había
eliminado la idea de la maldición del alfonsi. Ponce había alcanzado la
satisfacción. Todo parecía encaminarse hacia donde lo habíamos planeado. Yo
agradecí a esa noche salvadora, agradecí a la música, esa misteriosa forma del
tiempo. Le agradecí también al azar, supongo. Nos invitaron vino desde otras
mesas y de nuevo Rafecas recitó. Esta vez para unos cuantos parroquianos. Como
a las cuatro de la mañana abandonamos aquel barsucho y nos dirigimos hacia el
depto de Gonzalo. Pasamos por el Gallo de Oro y la faja de clausura nos parecíó
ridícula. Nadie puede clausurar un destino querido y planeado. Ebrios de
victoria nos sentimos triunfadores de la noche y supimos que la noche en cuestión no iba a quedar perdida
en el tiempo. La noche de la devolución del alfonsi era sin duda más importante
que la noche en que Gonzalo lo había recibido. Llegamos y Alfonso Rafecas tiró
la llave desde el segundo piso. Pegó en la frente de Gonzalo y después rebotó
en la vereda. Ponce abrió y subimos en silencio. Nos dormimos rápidamente. Los tres
en la habitación del Rafecas chico. Soñamos.
El
teléfono sonó y nadie atendió. A los pocos minutos otra vez sonó. Gonzalo nos
pidió que atendiéramos. Eran las once de la mañana y la claridad parecía
golpearnos sin piedad. Ponce atendió, saludó
y luego cortó rápidamente.--“Tu primo Alfonso aprobó con diez , dice”. Gonzalo
dijo que seguiría durmiendo. Cerró los ojos y su cara se transformó. Se
desencajó, al parecer. A los pocos minutos comenzó a salirle espuma por la boca
y un hilo de sangre por la nariz. Llamamos a un médico y este médico llamó a
una ambulancia. Lo llevaron al Hospital Padilla. Esa tarde murió. El golpe de
la llave en la frente le habría hecho explotar un aneurisma. Esa misma noche trasladaron
el cuerpo de Gonzalo a Rafecas a Salta para allí hacerle el velorio. Una
caravana de estudiantes partimos desde Tucumán para darle el último adiós.
La
maldición del alfonsi no se había producido. Devolvimos la moneda, aunque en
otro lado…; la devolvimos.
FIN

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