martes, 30 de agosto de 2016

EL RAFECAS CHICO

Una siesta de noviembre de 1985, un jueves, coincidimos con Alfonso Rafecas en el bar de la facultad y tras su saludo supuse que no me quedaba otra opción que sentarme en la mesa que él estaba ocupando. Era el único cliente en el bar antes que yo llegara. Con euforia y seguridad comenzó a hablarme.
--“Luna, ¿Vos sabés cuáles son mis planes para este fin de semana? El viernes voy a aprobar Derecho Societario y Cambiario y también Derecho Registral. Las dos materias el mismo día, boludo”. Ahí hizo una pausa observando mi no reacción.--“Estoy afiladísimo. Las voy a aprobar con notas altas. Ahí nomás mi vieja me tiene que dar cinco lucas verdes. Las cambio antes que cierren la casa esa de cambio y me reviento la guita entre el sábado y el domingo, boludo. Me voy con mi primo y con otros changos al puterío de la calle Suipacha. Si querés estás invitado, Luna. Después me tomo hasta el agua de los floreros papá… Podríamos ir al Gallo de Oro. ¡Antes̕!, antes de perder la cordura le hago “ faquiu”, así con este dedo a la vieja que me va a aprobar el examen, y antes…¡antes!... le digo al mismísimo decano que me chupe bien el choto. A ése le gusta chupar chotos más que el dulce de leche”.
En ese momento, con cara de cansado y extenuado se sentó con nosotros Gonzalo Rafecas. El Rafecas chico, le decían. Puso cara de estar pensando; levantó su dedo índice y luego dijo ceremoniosamente: --“Bueno, pero fijate que si el decano te chupa el choto, puede ser que se te produzca un orgasmo, entonces ya vas más livianito a las minas de la Suipacha. O bien, usted decide Dr. ¿Dónde preferís tener el orgasmo? ¿En la boca del decano o en un culo hermoso y carnoso de una yegua de la calle Suipacha? Hay una negra que está mortal, dicen.
Alfonso y Gonzalo Rafecas. Los primos Rafecas. Salteños. Buenos muchachos. Sus padres eran abogados y a la vez dueños de ingenios azucareros o de papeleras, o de las dos cosas. Estudiaban en Tucumán desde hacía 4 años. Alquilaban un departamento a todo trapo en El Bajo. Tres dormitorios, varios televisores, living con todo equipado, cocina de última generación, cochera y no sé cuántos lujos más. En Tucumán casi siempre habían vivido juntos, salvo un período de seis o siete meses en que se habían peleado por cuestiones de la convivencia y Gonzalo se había ido a una pensión de la calle Crisóstomo. Después se amigaron nuevamente y volvieron a convivir. Eran amigos. No eran como hermanos. Inevitablemente los otros estudiantes del grupo los relacionábamos. Si alguno andaba solo la pregunta por el otro parecía obligatoria. Cada uno tenía su independencia y su lugar. Se parecían supongo, aunque no eran idénticos. Y también se diferenciaban.
Alfonso era el menor por unos cuántos meses. Su padre era hermano del padre de Gonzalo. Supongo que Alfonso era un genio. También era algo pedante. Aprobaba todos los exámenes con notas altas, a veces sobresalientes. Ocho era el puntaje más bajo. A pesar de las notas altas y la genialidad, no tenía esa personalidad rara que tienen todos los buenos alumnos. No era un nerd.
Tenía dos pasiones: Una era el Derecho. Siempre hacía cursos extracurriculares; compraba libros de filosofía del derecho y recopilaba todo tipo de material que tratara sobre la ciencia del Derecho. Decía que iba a realizar postgrados y que se iba a doctorar. Después iba a decidirse por la docencia o por ser juez de La Corte Suprema de la Nación. La otra pasión que tenía era  gastarse el dinero que le enviaban los padres. Llegaba de Salta el lunes o el domingo a la noche forrado en guita. A mediados de semana, jueves a más tardar ya estaba llamando por teléfono pidiendo el giro. Había fines de semana que no retornaba a Salta. Se quedaba a estudiar y a adelantar materias. También a gastarse la guita.
Gonzalo era mayor, pero todos le decían el Rafecas chico solamente por el hecho de ser un poco más bajo que Alfonso. Técnicamente Gonzalo estaba un curso abajo que Alfonso, pero no por haberse retrasado, sino porque su primo había adelantado y promocionado varias materias. Habían coincidido también en la secundaria en Salta, en algunos cursos. Gonzalo había viajado por casi todo el mundo. Tenía una cultura general muy amplia para los 22 años y un conocimiento vulgar de casi todas las cosas del universo. Le gustaban las zambas, las empanadas, el folklore, todo lo que tuviera que ver con su provincia natal. A veces lo traía su madre en el auto desde Salta y se quedaba un día en el departamento de El Bajo. La madre también era abogada. Gonzalo no era genio como su primo. Pero era muy sabio. No le gustaba el despilfarro. Le agradaba más la literatura que la abogacía. Pero como también le gustaban las tradiciones, parece que iba a seguir la tradición familiar.
--“De todas las aberraciones sexuales no probaré la castidad”. Dijo Alfonso en tono ceremonioso.—“Y te digo que no es mala la idea de llenarle la jeta al decano”: Prosiguió.
Gonzalo hizo una pausa. Tomó aire. Nos miró y luego se dirigió a Alfonso.—“Hablando en serio, a tus planes de este fin de semana agregale una tarea , mmm, solidaria digamos.
--“Lo de la calle Suipacha está incluido, te dije”.
--“En serio boludo. Ayer me dieron un alfonsi, lo tengo en el bolsillo. O sea, recibí una maldición. Si no devuelvo el alfonsi antes de las 24 horas de haberlo recibido me voy a volver loco, pero loco de remate, voy a quedar piantao piantao, ¿Me explico? Voy a perder la razón. Pero la voy a perder y no la voy a encontrar más.
Se acercó la camarera del bar de la facultad y Alfonso le pidió un tinto. La joven resopló con fastidio y dijo que eso no servían ahí. Entonces Alfonso dijo que si no había mas remedio trajera tres cortados. Esa escena se repetía casi todos los días. En un instante pensé en retirarme, en decirle a la camarera que no trajera el pedido para mí. Pensé en levantarme y dirigirme hacia el aula magna y esperar ahí la llegada de los profesores, aunque faltaban todavía  treinta minutos. Alfonso Rafecas me parecía un pedante, me inflaba la paciencia. Sin embargo, la historia que empezaba a contar Gonzalo  hizo que cambiara de opinión. Decidí quedarme. Decidí involucrarme. Además pensé que escuchar las boludeces de estos dos primos sería el precio de tomarme un cortado. Comencé a hablar:--“Dos observaciones le haré, estimado Dr. Primero lo de la locura parece que ya está pasando. Ya está obrando la maldición. Y segundo, me gustaría saber qué carajo es un alfonsi”.
--“Un alfonsi es una moneda antigua. Bah…antigua, lo que se dice antigua…La palabra  antigua quiere decir, digo yo, dos cosas: de la antigüedad o sea de la Edad Antigua o también quiere decir vieja. Alfonso XI o Alfonso el Noble, de Castilla, nada tiene que ver con vos, primo, ¡así que dejame hablar! Bueno, este Alfonso fue rey. Al año de nacer ya era rey. Es el que ocupó el Estrecho de Gibraltar. Todo esto pasó en 1320, 1340 más o menos; por eso digo es más Edad Media que Edad Antigua. O sea, este ñato vivió más de  un siglo antes que Colón llegara a América. Les digo para que se sitúen temporalmente. Bueno, mandó a acuñar monedas. Son de oro y se llaman alfonsis. Supongo en honor a él mismo.
--“Alfonsín tendría que haberle puesto a la moneda actual alfonsines o raulines, supongo y no australes”. Dijo Alfonso Rafecas.
--“Exacto, cada mandatario le pone a la moneda el nombre que se le canta”. Contestó Gonzalo y siguió.—“Eso es una parte del tema. Aquí viene la parte más interesante. Cuando fui a Belfast, allá en Irlanda del Norte conocí a un tipo, como un monje era, o algo así…español, pero que vivía en Belfast y me mostró todo tipo de monedas, de casi todo el mundo y de casi todas las épocas .Bueno, algunas de esas monedas encierran una maldición. Y el alfonsi tiene una maldición”.
--“¿Y cuál es la maldición?”. Pregunté
La camarera había traído los tres cortados y se había quedado escuchando el relato de Gonzalo. Yo empezaba a creer todo lo que nos decía el Rafecas chico.--“La maldición dice así. Todo aquél que reciba el alfonsi fuera de Castilla (podríamos decir España) y fuera del tiempo (o sea hoy) perderá totalmente le razón en el término de un mes. Salvo, salvo que devolviera el alfonsi antes de las 24 horas de haberlo recibido y en el mismo lugar”
A veces uno cree y no encuentra motivos ni fundamentos para creer. Pero no cree la esencia de lo que dice su interlocutor, sino que cree en las infinitas posibilidades que surgen y surgirán de las palabras que componen una historia.—“Escuchenmé Doctores Rafecas. Se impone la tarea cívica y moral…y también ciudadana, podríamos agregar, de ir a devolver esa moneda. Será Justicia”.
Alfonso pagó los tres cortados y suspiró. Miró con lástima a su primo y dijo: --“Vos estuviste tomando cocó”
--”No Sr, no DR, perdón…Ni cocó ni morfina. Y Tampoco uso gomina…no tengo con qué. Ando mal y sin vento, y pronto, todo, todo se habrá acabado. Les estoy batiendo la justa. Posta, caballeros. Estoy maldito por esta moneda endemoniada. La tengo desde anoche, o desde hoy a la madrugada y…esta vez lo que les digo es la precisa. Sé porque viajé por todo el mundo señores. Conozco todos los paños aunque ustedes se caguen de la risa. Este alfonsí me va a volver loco. Le pasó a Borges con un zahir.¿No  leyeron el Zahir de Borges? Vos tendrías que haberlo leído Luna. Vos que escribís y fabulás. Algún día vas a escribir sobre esto, vas a ver. Pero yo no te voy a poder comprar el libro porque voy a estar en el siquiátrico o habré crepado, fenecido…Seré il morto qui no parla…Ayer empezó todo esto. Fui a buscar una pendeja, la Sofi. Ustedes la vieron en el asado de turco hace unos días, la minita que estaba conmigo. Dieciseite añitos. Bombón. Jamón del medio. Allá en el parque 9 de julio la fui a buscar, en Filosofía y Letras. Va a primer año. Me le hago el novio…Me la chapé en el parque. Yo la quería llevar pa los yuyos, pero la pendeja que no, que no. Entonces enfilamos pal depto pero me acuerdo que no tengo llave porque me olvidé la llave en Salta hace dos semanas y mi compañero de casa aún no se digna a hacer una copia. La cuestión es que volvemos a la franela y volvemos al parque. Y otra vez que no, que no, que así no. Al final la llevé al San Bernardo, el telo ése del frente de la terminal. Tuvimos que pagar entre los dos y ella puso más guita .Yo ando medio en la lona. Pero bueno. Me la recontra garché en el telo...Te digo que la pendex ya estaba aprendida. Juega en primera, no se crean. Algunas cosas ya las había estudiado y repasado bastante. Y tiene diecisiete añitos. La cuestión es que uno tiene su corazoncito y cuando salimos tipo doce de la noche  la quise acompañar hasta la casa. Pero la pendeja  vive en la Mate de Luna al fondo, cerca de Yerba Buena y ya era medianoche. Me dice que no me preocupe, que la acompañe hasta la parada del colectivo, que es el último que pasa, que después no voy a tener en qué volverme.  Yo la iba a acompañar igual y después me venía a gamba derechito. Pero bueno, me convenció y la acompañé nomás hasta que vino el 4. El último 4. Ahí me iba ir para el dpto, pero me agarró hambre ché. La lujuria te debilita y tuve que reponer energías. Calculé que en casa no había nada y me fui a comer un sándwich de milanesa en un tugurio inmundo. Quedé lleno, pero lleno, lleno. Después me estaba yendo a dormir y pasé por el Gallo de Oro…Y…la música me llama, los acordes y las melodías me atraen. Fue un error haber entrado.
--“Seguro estaba el ciego Pancho”. Dijo Alfonso.
--“¡No!, ya te dije mil veces. El ciego Pancho no toca en ese boliche. Hay un matrimonio de ciegos. A veces se va la mujer y queda el tipo solo. Los ignorantes como vos le dicen ciego Pancho a ese otro ciego que está en el Gallo de Oro. Pero el verdadero ciego Pancho no toca en ese lugar. La cuestión es que ahí yo ya estaba raspando la olla. No me quedaba vento, casi nada. Sólo para una cerveza o para dos medidas de caña. Para un trombón también alcanzaba, pero me quise hacer el guapo y me pedí las dos cañas juntas. Los dos vasitos juntos, como haciendo que estaba esperando a alguien. Pagué con el último billete que me quedaba. El que atiende el bar se cobró y me dio el vuelto. Dos monedas. Ahí me dio el alfonsi. En ese momento estaba por reclamarle pero después pensé que cualquier moneda antigua vale más los centavos que me tenía que dar de vuelto. Me fui a casa y lo miré. Lo observé cuidadosamente. Consulté la Enciclopedia que tenemos ahí en la biblioteca. Hice una llamada por teléfono y entonces corroboré lo de la maldición. Habían pasado dos horas desde que lo recibí. Volví a devolverlo al Gallo de Oro, para contrarrestar el mal recibido, pero ya estaba cerrado. Cerradísimo. Y no eran ni las tres y media siquiera. Hoy tengo que devolverlo sí o sí. Pido algo y pago con el alfonsi. O lo entrego de propina. Y estaría bueno que alguno me acompañara y sobre todo, me creyera lo que digo.
--“¿Esa moneda tiene valor? Digo… si esa moneda es de oro y del siglo doce ¿ no valdrá un fangote? La hacemos guita, papá… y de paso te la sacás de encima.” Preguntó Alfonso Rafecas.
Gonzalo tomó aire y contestó:--“Primero, para que la maldición no se realice, tengo que devolver la moneda en el mismo lugar. Y segundo…El dinero es abstracto, en serio boludo. Puede ser lo menos material que haya en el mundo, aunque nosotros pensemos que el dinero es el arquetipo de lo material. La guita es tiempo futuro. Puede ser una noche en Balderrama allá en Salta, puede ser un disco de moda, puede ser café en este bar de esta facultad de esta universidad, puede ser un polvo con la negra de la calle Suipacha. Es tiempo imprevisible, macho, tiempo imprevisible. Este alfonsi no es dinero, otra moneda puede serlo y  puede representar nuestro libre albedrío. ¿Pero… ésta moneda que tengo en el bolsillo?¿Vos qué pensás Luna?
--“Pienso que esas construcciones que hacés son un artificio contra el alfonsi, y ¡guarda! un influjo aunque primario, pero influjo al fin, de la maldición”. Quise responderle eso. Yo creía en sus palabras. ¿Gonzalo creería en las mías?
--“’¡Tenés razón! ¡Hoy devuelvo esta mierda!
Esa misma noche a las ocho y media nos encontramos cuatro estudiantes de Derecho en la Plaza Independencia dispuestos a devolver el alfonsi y así cortar la maldición que obraba sobre nuestro compañero.  Los cuatro en cuestión  éramos los dos Rafecas, Valeriano Ponce y yo. Quizás nadie creía al cien por ciento en los dichos de Gonzalo. Pero algunas dudas se habían despejado y algunos temores habían venido a ocupar el ambiente. A la tarde habíamos ido a ver a un importante personaje que se dedicaba a la Numismática y tenía un local en una galería. Un viejo de casi noventa años que aún trabajaba coleccionando monedas. Había certificado la autenticidad del alfonsi y quiso comprarlo en dólares. Empezó tirando cifras en australes. Después pasó a los dólares. Llegó a ofrecer seis mil. Solamente el peso del oro ya era importante había afirmado. Después sin que nadie le preguntara nada contó acerca de la maldición y relató que efectivamente si alguien lo recibiera ocasionalmente fuera de España y fuera del siglo en que fue acuñado, se volvería loco en un mes. Ahí dio detalles y ejemplos de las personas que habían quedado locas. Estaba todo certificado, según este viejo. Aclaró que sería imposible que alguien en este siglo y en Tucumán pudiera recibirlo, así , ocasionalmente. El anciano pensaba que el alfonsi de Gonzalo había sido robado a algún coleccionista.
Ponce quería ser escribano y una vez recibido se dedicaría a hacer escrituras de casas. Nada más. Lo conocíamos de hacía un par de años. Ya trabajaba en la escribanía de su tío. Manejaba guita. No tanto como Alfonso Rafecas. El plan de esa noche era ir a comer unas pizzas en el Mercado del Norte, hacer algo de tiempo, quizás unas fichitas en los flipers o un pool entre los cuatro. Después, íbamos a embriagarnos en el Gallo de Oro y devolver el alfonsi. Alfonso no se embriagaría y volvería antes. Tenía que rendir exámenes al día siguiente. Al salir de aquel boliche, ya todo habría vuelto a la normalidad. El plazo que nos habíamos fijado para la devolución de la moneda fue la una de la mañana. Habíamos calculado que Gonzalo muy probablemente la recibió cerca de la una y media. Después Valeriano Ponce sugirió acortar el plazo a la cero hora, así no había chances de que nos pasáramos de las veinticuatro horas. Todos aceptamos esta moción y nos fuimos al mercado. Estaban cerrando. Nos retiramos entonces a la casa de los Rafecas y compramos  dos pizzas. Comimos en la cocina. Sin alcohol. Gaseosas y agua.
--“Esa moneda seguro llega al país por un tipo loco, como el viejo que vimos hoy. Un coleccionista de monedas antiguas”. Dijo Valeriano y luego agregó.—“Seguro llega a Buenos Aires y ahí permanece en manos de otro coleccionista que luego la vende, apremiado por causas económicas. El que la compra la trae aquí, a Tucumán. La tiene en la vitrina, en el living. La expone. Un día el padre… sí si, el padre es uno de los borrachines que pululan por los boliches de El Bajo. Anda sin guita. Entonces se chorea la moneda de la vitrina con la intención de cagarlo al cantinero. Va por dos o tres boliches hasta que logra hacerla pasar en el  Gallo de Oro, donde están todos en pedo. Desde el primer cliente hasta el cantinero. Todos están siempre en pedo; los que tocan, los que cantan, el ciego Pancho y todo el que entra ahí.
Gonzalo intervino--“El ciego Pancho no toca ahí. Siempre lo aclaro. Pero bueno…Tu teoría es medio loca, creo, Bah…no sé.
Alfonso Rafecas defendió a Valeriano:--“La teoría de Ponce te parece media loca…mirá vos. Porque tu teoría es de lo mas cuerdo que yo haya escuchado en mi vida. Tipos malditos por monedas del tiempo del ñaupa, hay montón. Es lo más común hoy en día. Pero bueno, vamos a devolver eso y yo me regreso a repasar un poco. Mañana tengo que aprobar dos materias, una a la mañana, otra a la tarde”.
Enfilamos los cuatro rumbo a nuestra misión salvadora. Sabedores de que estábamos creando historia. Todo destino, sea largo o corto, sea complicado o fácil, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién carajo es.  Todo parecía encaminarse hacia nuestro destino y el plan en este caso era simple. Gonzalo pagaría los tragos y además le daría una importante propina en monedas al cantinero, Le diría que todas esas monedas van de propina. Entre ellas estaría el alfonsi.
Al llegar al Gallo de Oro, hasta su umbral, un candado de dolor nos detuvo el corazón. Gonzalo Rafecas empalideció y un poco envejeció. El local estaba cerrado. Clausurado. Una faja con letras rojas cruzaba la puerta. Municipalidad de...contravención al...y otras cosas más que eran ilegibles. Sobre la faja, con lapicera azul, había dibujado un pene.
Alfonso tomó el mando por un instante:--“Gonzalo, vos devolvé esa mierda en otro bolichongo. ¡Listo! Va a funcionar así. Yo me retiro. Voy a prepararme para aprobar mañana. Les deseo suerte y un poco me apena su falta de ambición, se contentan con no sufrir, ponele que con ser felices, ponele… Orvuá”
Gonzalo explotó en llanto cuando Alfonso se fue. Nosotros tratábamos de consolarlo pero no había forma. Sentí un poco de vergüenza. Se acercaba gente y miraba. Hasta paró un patrullero y Valeriano se puso a dar explicaciones inverosímiles. De todas formas estuvo acertado en sus dichos creo. Si contaba la verdad, también resultaría una explicación inverosímil. Gonzalo había empezado a enloquecer, pero por lo menos se había calmado. Recalamos en otro caedero de por ahí nomás. Había una sola mesa libre.  Pedimos cerveza y vino y ahí nomás nos libramos del alfonsi. Después advertimos que el trámite había sido demasiado rápido. Pero bueno. Ya estaba hecho. Sin embargo con temor vimos luego que la camarera se acercaba con plata en la mano. El miedo cultiva miedo. Nos miramos con terror los tres y ahí nomás Gonzalo dijo una frase de Borges, algo así como que hay algunas derrotas más dignas que algunas victorias. Cuando la camarera estuvo frente nuestro Valeriano murmuró: --“Cagamos”.
--“Perdón, pero tengo que decirles algo”. Empezó hablando la mujer que servía las mesas. Hay ocasiones en que uno siente que el equilibrio del universo depende de alguna gilada ínfima. Nosotros contuvimos el aliento. Yo pensé por un instante cuál sería la diferencia entre morir de un infarto o de un paro cardíaco. En esas cavilaciones andaba cuando volví  a escuchar la voz. –“No hay vino blanco. Tinto nomás. Les aclaro de entrada”. Con alivio inmenso respondimos los tres:--“Esta bien, está bien”.
Una mujer cuarentona y regordeta se sentó con nosotros. Pidió perdón por la confianza pero se justificó diciendo que el local esa noche estaba lleno, repleto porque habían cerrado el Gallo de Oro; la única silla libre estaba en nuestra mesa. Después dijo que iba a cantar. Que si no llegaba su guitarrista se iba a hacer acompañar por el guitarrero que estaba tocando en ese momento, un ciego que no era el ciego Pancho .Al cabo de un rato Valeriano dijo que pensaba que ya estaba hecha nuestra parte. Que nada había para agregar y que empezáramos a vivir y disfrutar la noche. Además agregó.—“Si esto funciona, si realmente funciona devolverla en otro lado y no en el Gallo de Oro, estás salvado Rafecas. Ahora, si no funciona…quien sabe; por ahi también estás salvado. En un mes estás re chiflao en tu locura y no percibís el mundo. No tenés consciencia de nada. O sea. Salvao pa todo el viaje.
-“Esta noche amigos míos, el alcohol nos ha embriagado” Comenzó la cuarentona regordeta a cantar “su” versión del tango Los Mareados, dedicándola a nuestra mesa. Tenía una voz espectacular, maravillosa .Dulce pero fuerte. Entonada. ¿Qué haría en esos antros? Podría perfectamente cantar en el teatro San Martín. Les comenté eso a mis amigos. Ponce dijo que sí, que claro, que en el San Martín cantaba cualquiera. Después cantó una milonga y se sentó nuevamente con nosotros. La aplaudieron de pie.
Un gordito retacón cantó algo melódico, más que melódico meloso. Recibió algunos pocos aplausos. Quiso seguir cantando pero desde las otras mesas empezaron a pedir que vuelva a cantar la señora. No se hizo esperar mucho y entonó una zamba. Creo que era una del Cuchi Leguizamón que la cantaba el Dúo Salteño. Después recitó unos versos, parece ser de su propia autoría. El rostro se le iluminó a Ponce. Exclamó refiriéndose a mí.:--“Mi amigo aquí presente escribe y recita. Y es muy bueno. Todos empezaron a apaludir y la mujer cantora entendió que el que recitaba era Rafecas y le pidió que dijera unos versos. Gonzalo comenzó. “yo se que todo esto que me pasa me volverá a ocurrir, porque esta voz que tengo a veces me sale con tu voz y eres yo mismo, porque esta mano que te escribe es tu mano y tu sangre es lo que va en mis venas, porque este pelo y estos arrebatos son tuyos y hasta es mía tu ropa, y míos son los huesos y mío es tu cansancio y tu dolor es mío, porque todo es como una palabra que no me sale nunca y se me muere en la boca para siempre”. --Dedicado a mi hermano Alfonso Rafecas, hoy ausente. Exclamó eufórico y recibió la aclamación y el aplauso de todos los presentes. La mujer cantora se acercó a besarlo y ahí nomás entonó Balderrama. Parece ser que con esa canción el boliche explotaba y se producía el momento cúlmine de la excitación y el calor del alcohol. Todo el bar cantaba. Un coro fraterno por un momento suprimía tristezas del pasado y del porvenir y todos bebíamos buscando algún olvido. Rafecas casi había eliminado la idea de la maldición del alfonsi. Ponce había alcanzado la satisfacción. Todo parecía encaminarse hacia donde lo habíamos planeado. Yo agradecí a esa noche salvadora, agradecí a la música, esa misteriosa forma del tiempo. Le agradecí también al azar, supongo. Nos invitaron vino desde otras mesas y de nuevo Rafecas recitó. Esta vez para unos cuantos parroquianos. Como a las cuatro de la mañana abandonamos aquel barsucho y nos dirigimos hacia el depto de Gonzalo. Pasamos por el Gallo de Oro y la faja de clausura nos parecíó ridícula. Nadie puede clausurar un destino querido y planeado. Ebrios de victoria nos sentimos triunfadores de la noche y supimos que  la noche en cuestión no iba a quedar perdida en el tiempo. La noche de la devolución del alfonsi era sin duda más importante que la noche en que Gonzalo lo había recibido. Llegamos y Alfonso Rafecas tiró la llave desde el segundo piso. Pegó en la frente de Gonzalo y después rebotó en la vereda. Ponce abrió y subimos en silencio. Nos dormimos rápidamente. Los tres en la habitación del Rafecas chico. Soñamos.
El teléfono sonó y nadie atendió. A los pocos minutos otra vez sonó. Gonzalo nos pidió que atendiéramos. Eran las once de la mañana y la claridad parecía golpearnos sin piedad. Ponce atendió, saludó  y luego cortó rápidamente.--“Tu primo Alfonso aprobó con diez , dice”. Gonzalo dijo que seguiría durmiendo. Cerró los ojos y su cara se transformó. Se desencajó, al parecer. A los pocos minutos comenzó a salirle espuma por la boca y un hilo de sangre por la nariz. Llamamos a un médico y este médico llamó a una ambulancia. Lo llevaron al Hospital Padilla. Esa tarde murió. El golpe de la llave en la frente le habría hecho explotar un aneurisma. Esa misma noche trasladaron el cuerpo de Gonzalo a Rafecas a Salta para allí hacerle el velorio. Una caravana de estudiantes partimos desde Tucumán para darle el último adiós.
La maldición del alfonsi no se había producido. Devolvimos la moneda, aunque en otro lado…; la devolvimos.



FIN


No hay comentarios:

Publicar un comentario