Los
martes, jueves y viernes nos encontrábamos con el Dani en la terminal vieja de
San Miguel de Tucumán y viajábamos más de media hora hasta el Ingenio La Florida. Allí entrenábamos en el Club Social y Deportivo La Florida, en el
estadio Capitán Jaime Sola. El Dani venía de Tartagal, ya había jugado en
primera en Juventud Unida y parecía que estaba para mucho más que entrenar en
el club La Florida. Era delantero. Un nueve raro, gordito, bajo, medio morrudo
pero tenía un pique corto y demoledor pocas veces visto. Yo jugaba de
cinco. No era habilidoso. A veces había entrado entre los concentrados y estuve
en el banco algunos partidos. Mi objetivo era la facultad de derecho, no el
fútbol. El Dani además de la contundencia tenía habilidad y era gambeteador.
Otra virtud destacable era la precisión de los pases. Era hincha de Boca y uno de sus sueños era precisamente jugar en
Boca.
El Gaucho Viroche era nuestro entrenador. Un tipo ya veterano. Llevaba 15 años de técnico y como jugador había tenido su momento de gloria en Córdoba. Había jugado de cuatro y de ocho. En Talleres y en Instituto. Como técnico algunos decían que había llegado a ser colaborador de Don Angel Tulio Zof en Rosario Central, pero esto nunca pude corroborarlo. Cada dos o tres temporadas retornaba al club La Florida y según la campaña se quedaba unos o dos años y después se iba. Pasaban nuevamente dos o tres años y volvía. Sin embargo en esta vuelta había una especie de ebullición en el club. Se rumoreaba que la Institución se iba a transformar en una especie de filial de San Martín. Algo así como una cantera. Se iban a promocionar jugadores jóvenes para el club de La Ciudadela porque iban a necesitar refuerzos para el equipo ya que San Martín empezaba a tener proyección nacional. La mitad de los jugadores creían en estos rumores. La otra mitad pensaba más pragmáticamente. Si necesitan algún jugador, van al mercado y lo compran. Así de simple. Sin embargo todos reconocíamos en el Gaucho Viroche la facultad de promover a alguno de nosotros. Él se jactaba de saber si un jugador tenía o no tenía futuro. Lo avalaban sus laureles, sus veinte temporadas como jugador y sus quince años de trayectoria como técnico.
El Gaucho Viroche era nuestro entrenador. Un tipo ya veterano. Llevaba 15 años de técnico y como jugador había tenido su momento de gloria en Córdoba. Había jugado de cuatro y de ocho. En Talleres y en Instituto. Como técnico algunos decían que había llegado a ser colaborador de Don Angel Tulio Zof en Rosario Central, pero esto nunca pude corroborarlo. Cada dos o tres temporadas retornaba al club La Florida y según la campaña se quedaba unos o dos años y después se iba. Pasaban nuevamente dos o tres años y volvía. Sin embargo en esta vuelta había una especie de ebullición en el club. Se rumoreaba que la Institución se iba a transformar en una especie de filial de San Martín. Algo así como una cantera. Se iban a promocionar jugadores jóvenes para el club de La Ciudadela porque iban a necesitar refuerzos para el equipo ya que San Martín empezaba a tener proyección nacional. La mitad de los jugadores creían en estos rumores. La otra mitad pensaba más pragmáticamente. Si necesitan algún jugador, van al mercado y lo compran. Así de simple. Sin embargo todos reconocíamos en el Gaucho Viroche la facultad de promover a alguno de nosotros. Él se jactaba de saber si un jugador tenía o no tenía futuro. Lo avalaban sus laureles, sus veinte temporadas como jugador y sus quince años de trayectoria como técnico.
El Dani pensaba que, efectivamente, si un
club más o menos grande necesita un jugador, era muy probable que compraran a
alguno con cierto renombre. Pero de todos modos no descartaba la posibilidad de
ser promovido por Viroche. El padre del Dani ya había triunfado en Tucumán. También
había venido de Tartagal y había sido un
buen delantero en All Boys en la década del 60. Según el Dani en las radios LV7 y LV12 lo nombraban el gran Humberto "Chuñoliqui".
Así que sangre futbolera y goleadora no le eran ajenas al Dani.
Un día después del entrenamiento nos quedamos
los dos practicando tiros libres. El que pateaba era el Dani. Yo hacía de
barrera. De diez tiros al arco, ocho o nueve iban al ángulo. Mi labor era
inútil en esa práctica, pensé. Pero el Dani me dijo que no. Que la barrera para
el equipo contario es un obstáculo que le interponen al pateador. Pero para el
pateador, la barrera puede ser un punto de referencia. Le dije que cuando sea
famoso y haga un gol de tiro libre en primera división me lo dedique con el
dedo, como señalándome. Comprendí que el Dani era el mejor jugador del equipo.
Mejor aún que el Bocha Ferraro, el ídolo del club. Cuando terminamos más de
quince series de diez tiros libres nos retiramos al vestuario. Ya no había
ningún jugador. Sólo estaba el utilero que nos apuraba para cerrar. Al
retirarnos nos dijo que Viroche había visto la práctica y que dijo:-- Decile a
esos pibes que muy bien, muy bien…
Un día El Dani consiguió una moto prestada.
No recuerdo bien si era de un tío o de un amigo del tío, que vivía en el barrio
San Cayetano de San Miguel de Tucumán. Quedamos en que íbamos a ir en moto
hasta La Florida. Nos encontraríamos como siempre en la terminal de micros. Al
llegar la hora estipulada el Dani no apareció. Y no apareció por largo rato.
Fue la primera vez que falté a una práctica. Cerca de las nueve y media de la
mañana cuando me volvía para mi casa se hizo presente el Dani. Muy borracho y
sin la moto. Se la habían secuestrado los policías de tránsito. Me dijo que
menos mal que me encontraba, que en la próxima práctica iba a hablar con
Viroche y se haría cargo de todo. Me dijo también que yo tendría que haber tomado
el micro ante la tardanza de él.
El Dani a veces también practicaba penales
después de los entrenamientos. Lo hacía con el Gato Almada, el arquero
suplente. Un veterano santiagueño de 41 años que según él había sido suplente
de los más grandes, incluso del Negro Ruiz en Atlético allá por los años
setenta. El Dani se quejaba porque el Gato no le oponía verdadera resistencia.
El arquero decía que si se arrojaba en
serio se raspaba todas las piernas.
-“Tirate , Gato, tirate…tenés césped verde crecidito . Allá en
Tartagal las canchas no tienen pasto.”
Le recriminaba el Dani.
Hay algunos técnicos que no tienen piel con
determinados jugadores. Por más que el jugador sea bueno, a veces no es tenido
en cuenta por el entrenador. Por ejemplo en la Selección Nacional, todos
esperamos que alguien específico sea convocado. Alguien que la rompe. Alguien
que sabemos que tiene que estar en el plantel. Pero esa convocatoria nunca
llega. Algo así me pareció que ocurría entre el Gaucho Viroche y el Dani. Si
bien en este caso el DT se resignaba a hacer que el jugador juegue por lo
escaso del plantel, se percibía que lo hacía por simple imposibilidad de
dejarlo afuera.”—No le veo uñas de
guitarrero”. Le dijo una vez a uno de los dirigentes más influyentes en el
club. También le escuché decir que las condiciones físicas del Dani no eran las
mejores y que en lugar de practicar tantos tiros al arco, mejor sería que se
dedicara a bajar unos cuantos gramos.
El Dani logró recuperar la moto tras el pago
de una multa. Yo mismo lo acompañe al galpón donde esperaba llena de polvo. Le
habían robado unas lamparitas y al parecer le habían dado un golpe. Mi amigo se
enojó y me dijo que los canas son unos hijos de puta y que en todos lados son
iguales. Quedamos en que al otro día iríamos a La Florida a entrenar en la
moto. Esa misma noche un amigo del Dani la iba a ajustar y dejar lista.
Al día siguiente el Dani me retiró desde la
puerta de mi casa. Íbamos a pasar por Alderetes porque en una de ésas, en un
kiosko, podría estar atendiendo una chica que le gustaba al Dani. Así lo
hicimos pero no hubo noticias de esta mujer. Seguimos por una avenida, creo que
se llama Rivadavia. Teníamos que llegar a una rotonda grande y ahí doblar hacia
la derecha para empalmar con la ruta que nos llevaba al Ingenio La Florida.
Pasando esa rotonda la moto empezó a hacer un ruido extraño y a andar más
lento. En estos casos se sigue, me dijo el Dani. Dos o tres kilómetros más
habríamos avanzado y el rodado tiró un humo blanco y se paró. No arrancó nunca
más. Hicimos dedo , pero con poca fortuna. Casi nadie paraba. Los pocos que se
detenían no podían llevar además de nosotros a la moto. Por fin se detuvo una
camioneta amarilla. Una Ford F100 impecable, con la intención de acarrearnos a
nosotros y al vehículo. Era el mismísimo Gaucho Viroche. El Dani subíó atrás
con la moto. Yo Iba en la cabina con el entrenador.—“Tenés que alejarte de este
tipo”. Me dijo. Yo lo miré tranquilo, pero sin sorpresa. Argumentó que ya
habíamos faltado una vez, que el Dani estaba fuera de estado físico, que no
podía saltar y que tenía serios problemas con la bebida. Después me aclaró que
él nunca se equivocaba, que no me olvide que él tenía que promocionar a uno o
dos del plantel para jugar en San Martín y que el salteñito éste, no tenía
futuro como jugador.
Ése día el Dani anduvo mal en la práctica.
Falto de ritmo y desconcentrado. Al finalizar trajimos la moto en una camioneta
de otro compañero que justo ese día tenía que ir a San Miguel de Tucumán.
Lo de filial de San Martín quedó en la nada.
No se concretó. Parece que ambos clubes habían roto relaciones. De todas formas
a fin de año Viroche sugirió a un compañero para el club de La Ciudadela: al
Piojo Cordero, que era el suplente del Dani. Era más o menos bueno, pero todos
nos dimos cuenta de la injusticia del técnico. Así mismo el día del último
entrenamiento díó una lista de cinco jugadores que no iban a ser tenidos en
cuenta para el próximo año. No debían presentarse más en el club. Ninguno tenía
contrato así que no iba a haber problemas. Entre esos cinco estaba el Dani.
Uno de los dirigentes trató de corroborar el listado con Viroche. A todos les
sorprendió lo del Dani. Pero el DT fue inflexible.
Yo abandoné el futbol ese día. No tenía
tantas ganas y cada vez necesitaba más tiempo para estudiar la carrera de
abogacía. Además, en el fondo yo sabía que mis condiciones no eran buenas. No
iba a tener grandes chances de profesionalizarme. El Dani sin embargo, el mejor
jugador del plantel, tenía que volverse a Tartagal. Una mañana nos encontramos
otra vez en la terminal. Esta vez era para despedir a mi amigo. Se volvía lleno
de bronca y amargura. Llorando, padeciendo una injusticia. Le dije que para mí,
el gaucho Viroche tendría que haberlo sugerido a él y que él estaba para jugar
perfectamente en San Martín o en cualquier equipo grande del interior.
De todos los instrumentos del hombre el más
asombroso es la pelota; y creo que la pelota de fútbol. Los demás instrumentos
son extensiones del cuerpo. El telescopio y el microscopio pueden ser
extensiones de los ojos. El teléfono, la radio son extensiones de la voz. Los
instrumentos de labranza o los cubiertos, por ejemplo una cuchara, son
extensiones de nuestros brazos. Pero la pelota es otra cosa. La pelota es
extensión del talento y la imaginación. Talento e imaginación que el Gaucho
Viroche no poseía y el Dani tenía de más.
Por muchos meses no supe nada de él hasta que
a principios del año 83 leí en el diario
La Gaceta de Tucumán que mi amigo iba efectivamente a jugar en San Martín. Iba
a debutar nada menos que en La Ciudadela jugando el Campeonato Nacional frente
a Argentinos Juniors. Ëse día me mandé a la cancha de San Martín y me pegué al
alambrado. Temprano. Cuando salieron a calentar los jugadores lo llamé a los
gritos. Me vió y se acercó corriendo. Yo desbordaba de alegría:--“¿Qué haces
acá, cómo hiciste para estar acá?”. Me dijo que había estado entrenando duro,
que ahora tenía un representante y que todo era distinto, que lo habían probado
y obviamente había quedado.
Tuve mucha alegría por él. Me dio mucho gusto
que las cosas hubieran pasado de ese
modo. Yo lejos del futbol, tuve además que dejar los estudios y viajar a Mar
del Plata por cuestiones laborales. Me radiqué con mi mujer cerca del Puerto y
otra vez no supe más de mi amigo por mucho tiempo. Un día se me ocurrió
escribirle una carta y se la envié a la cancha de San Martín. Le contaba de mi
nueva vida y que pronto retornaría unos días a Tucumán. No pasaron veinte días
y recibí la repuesta. Habíamos quedado en que yo lo iría a ver.
Inmediatamente que llegué a San Miguel de
Tucumán fui a visitar al Dani. Paraba en el Hotel Viena en la calle Santiago
del Estero, frente de la Plaza Alberdi. Me anuncié con el conserje y ahí nomás se apareció mi amigo. Lo encontré
muy animado y con nuevo porte. Justo pasaban dos chicas por la vereda del hotel
y se pararon para pedirle un autógrafo. Me sorprendí y me alegré. Me dijo que
le había hecho algunos goles a Atlético. Después tomamos un helado al lado del
hotel en una heladería que se llamaba Polo Norte. Ignoro si aún existe. Cruzamos un rato a la plaza y ahí
varias personas lo reconocieron y lo saludaron. Le pregunté por la vieja moto
aquella y me dijo riendo que le había perdido el rastro. Luego me acompañó
hasta la calle Salta donde yo tenía que tomar el colectivo de la línea once
para ir a la casa de mis padres.
Retorné a Mar del Plata y nuevamente perdimos
contacto. Me enteré con sorpresa que Velez lo había comprado en ciento treinta
mil dólares. Más tarde lo compraría
Boca. El Gaucho Viroche había errado en su pronóstico.
El sábado 9 de enero de 1988 el Dani jugó
en Mar del Plata con Boca. Mi mujer
tenía una panza inmensa y ya estaba en los días previstos para parir a nuestro
primer hijo Lucas. Yo ansiaba ir a la cancha a ver al Dani, a saludarlo, a
verlo jugar. Pero a la vez no quería dejar a mi mujer sola a punto de dar a
luz. Pensaba que si yo iba al estadio se produciría el nacimiento espontáneo de
mi hijo, en la casa o bien en el hospital materno y yo no me enteraría de tal
acontecimiento. Mi hijo nacería una sola vez en la vida y el Dani iba a pasar
por Mardel jugando para Boca una sola vez en la vida también. Me quedaba el
consuelo de verlo por la tele. Pero todos sabemos que no es lo mismo. No se
siente lo mismo. Lo único que hice el día previo al partido fue mirar a mi
mujer todo el tiempo como miran los perros cuando quieren algo y no ladran ni
se desesperan, pero miran.
El día del partido desperté temprano. Hacía
un calor insoportable. Lo primero que escuché fue la radio que se encendía sola
a las ocho de la mañana. El locutor decía que habían cesanteado a tres mil
agentes públicos en Buenos Aires y que en Estados Unidos había más de treinta
muertos por la ola de frío. Lo segundo que oí fue la voz joven de mi mujer que
me decía: --“Lo que podemos hacer es que vos te vayas a ver el partido de Boca
sobre la hora, un rato antes, en taxi. Y que después ni bien salís me llamás
por teléfono a ver si todo está bien.” Salté como un resorte y fui feliz
mirándola parado desde la puerta del dormitorio. Después volví a la cama y la
besé. Hicimos el amor.
Esa noche el estadio estallaba. Era el debut
de Pastoriza como DT de Boca. Yo ocupé la tribuna sur , la que está mas cerca
de la avenida Peralta Ramos. Salieron los jugadores y me temblaba todo. Fue
Gatti a ocupar el arco que daba a la tribuna norte , o sea el lado opuesto a donde
yo estaba, pero después del sorteo vino a ocupar el arco contrario. Cuando ví
al Dani con la camiseta número 9 y en perfecto estado físico me vibró el cuerpo
desde las entrañas hacia afuera. Grité, volví a a gritar y así hasta quedar
primero ronco y después mudo. Yo seguía al Dani en cada jugada; tuviese o no la
pelota. La verdad es que me pareció un jugador exquisito, perfecto, con actitud
ganadora y sobresaliente aptitud física. El 9 natural de Boca había sido la
chancha Rinaldi, pero el Pato Pastoriza había confiado en el Dani y le había
dado la casaca de centro delantero haciendo jugar a Rinaldi un poco más atrás,
de número diez. Era increíble para mí estar viviendo ese momento. Estaba todo
tenso. Los sentidos exacerbados.
Boca se puso en ventaja con gol de penal de
Comas. Después empató Independiente. Creo que el gol lo hizo Navarro tras un centro
de Bochini. Así terminó el primer tiempo. En ese momento me aflojé un poco y me
acordé de muchas cosas. Mi mujer a punto de parir. Me acordé de Tucumán. El día
que nos quedamos con el Dani en la moto en medio de la ruta. Me acordé del Gaucho
Viroche. A lo mejor estaría viendo el partido por la tele. Que tipo pelotudo
pensé. Recordé el debut del Dani en San Martín allá por el 83 frente a
Argentinos Juniors. Recordé el día que lo vi llorar de bronca y desazón. Se me
vino a la cabeza aquel día nublado practicando los tiros libres en La Florida y
yo haciendo de barrera. Una barrera de un solo tipo. El tiempo transcurrido es el mejor antologista, o
el único, tal vez. Volví a recordar a mi mujer a punto de parir
y visualicé por primera vez un rostro de bebé recién nacido. Mi futuro hijo.
Fui feliz en ese entretiempo.
El segundo tiempo comenzó más tarde de lo
previsto. O por lo menos esa sensación tuve aquella noche de enero. El olor a
choripán de ese partido fue distinto a todos los olores a choripán que pueda
haber. Un pájaro que es a la vez todos los pájaros dice Borges. Bueno este olor
a choripán no es todos los olores a choripán. Ni el gol que vino a continuación
es todos los goles. Yo sé que hubo un gol en el 86 en el Estadio Azteca, hecho
por el más grande de todos, jamás visto, tras la jugada de todos los tiempos.
Pero también hubo otro gol, en Mar del Plata, en el Minella, una noche de
verano en que el olor a choripán era diferente. No sé cuánto dura un instante
de felicidad plena. Algunos hablan de quince, veinte minutos. Después todo se
irá difuminando. Otros sugieren un segmento temporal más corto, casi ínfimo,
que es el que tarda un electrón en viajar desde un átomo de azufre
a otro de rutenio. Lo que dura un orgasmo podría ser también una acertada medida.
Podríamos también relativizar el tiempo individual de cada uno con el tiempo
general y hasta descubrir que es imposible compartir ambos tiempos. La felicidad eterna
no existe. Dos o tres minutos es una buena medida. Y quizás valga la pena para
algunos vivir toda una eternidad para experimentar esos dos o tres minutos… El
Dani se acomodó las medias amarillas cerca de la raya de la mitad de la cancha
y le pareció como que me divisaba ahí en medio de la multitud de la tribuna
sur. Yo había bajado unos peldaños en el entretiempo para estar más cerca del
campo de juego. Después volvió a agacharse para acomodarse la media derecha porque le molestaba la
canillera. Cuando se reincorporó ya me había pedido de vista. El estadio a
pleno alentaba a los dos equipos, pero más se escuchaba la hinchada de Boca.
Levantó la mano el Dani pidiéndole el pase a Graciani pero éste no hizo caso.
La jugada se diluyó. Otra vez indicó el pase al vacío por un carril que parecía
quedar libre pero el arquero Islas advirtió las intenciones del Dani y le pegó
el grito a Monzón que pronto hizo de tapón y junto con Villaverde lo sacaron de
circulación. El aire estaba viciado de humo y peligro. El Dani a esta altura
estaba raro, como encendido. En el mediocampo el boliviano Melgar recuperó una
pelota para Boca. Era muy vivo el boliviano. Con una frialdad impresionante
pero a la vez con rapidez se la cedió a Abramovich, que venía subiendo como
número ocho y libre de marca. El único capaz de advertir ese panorama fue el
boliviano. Por eso el pase fue rápido. El árbitro Juan Carlos Losteau se
preparó para correr. Creo que en ese momento el Dani leyó la jugada. ¿El
delantero piensa en esos momentos?¿O actúa por instinto? Yo creo que en mi
amigo pasaban esas dos cosas al mismo tiempo. Miré hacia el banco de Boca y ví
que Pastoriza se paraba. Abramovich avanzó un par de metros nomás. Estaba libre
pero el pase era lo más conveniente. Parecía que iba para Graciani, pero
algunos pocos sabíamos que el pase sería para el Dani. El 9 picó tranquilo pero
confiado. El pase por arriba y hacia adelante fue preciso; de derecha hacia el
medio. Cerca de la medialuna la pelota hizo contacto con el Dani. Los astros
suelen alinearse poquísimas veces en forma perfecta. La paró con el pecho y la
bola quedó mansa y a disposición de la derecha goleadora. Antes se había
elevado un poco y por un microsegundo me dio la idea que el Dani en lugar de
pararla con el pecho la había hombreado
con el hombro derecho. Mi corazón se
detuvo en ese momento. Cuando el balón caía certero ahí nomás el Daní disparó y
la pelota se metió por el palo derecho de Islas describiendo una parábola
perfecta. En Tartagal las canchas no tienen pasto, recordé. Volvieron los
latidos de mi corazón a cien mil por minuto. Golazo. Golazo. Supongo que cuando
la pelota viajaba por el aire hacia la red, mi amigo ya supo que su derechazo
se convertiría en gol. Corrió hacia la tribuna sur, pasó por el palo izquierdo
y ahí me visualizó entre la gente y se acercó rápidamente hacia mí señalándome
con el dedo y diciendo : --“Es para vos, es para vos”. Yo lloraba y gritaba
gol, hijo de puta, gol… pero no se escuchaba nada. Yo ya estaba mudo. Ese
momento debiera ser vivido por todo el mundo. No desde el lado del Dani, ya que
no todos tenemos ese talento. Sino del lado mío. Ahí desde la popu , festejando
el segundo mejor gol de la historia hecho por un amigo. Supongo con cierta duda que la única cosa sin
misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola. Todo lo demás, tiene
su misterio.
Muchos años más tarde volví a ver el gol por internet
en you tube. Con grata sorpresa advertí que el Dani se acerca casi hasta la
fosa y quedamos los dos frente a frente y ahí el Dani se tira al piso justo
frente a mí; después se sienta y ambos levantamos los puños y somos eufóricos y
felices. Después se acercan otros jugadores de Boca y lo abrazan; también unos
cuantos fotógrafos. Descubro también que Abramovich me saluda. Aquel partido
terminó 2 a 2. Independiente empató por intermedio de Reinoso.
Aquella noche fui al vestuario y obviamente la
camiseta del Dani pasó a ser propiedad
mía. Me la firmó con una lapicera de un periodista que le estaba haciendo una nota a Cuciuffo, campeón del
mundo con la selección en México 86.
Nueve o diez años después el Dani ya retirado y
sin fama ni fortuna pasó de vacaciones por Mar del Plata. Fuimos a comer al
puerto a una cantina. Rabas y abundante vino blanco. Él vivía en su ciudad natal y estaba enseñando
futbol contratado por la municipalidad
de Tartagal o algo así. Hablamos de
nuestras familias y de Boca. Me dijo que Bianchi haría historia en Boca y que
la dupla Palermo y el mellizo iba a dar que hablar. Casi no se acordaba de
nuestro paso por La Florida. Tenía más recuerdos de su paso por Velez, Boca y
la Selección. Al poco tiempo el Dani murió en una ambulancia por una
pancreatitis fulminante.
El otro día vino mi hijo menor con un banderín
firmado por Campodónico, el arquero de Aldosivi. Charlamos un rato acerca de la
vuelta de las hinchadas visitantes. En un momento me preguntó si yo alguna vez
había conseguido un autógrafo de algún
jugador famoso. Tuve de Maradona y de
Pelé, le dije. –“Pero los vendí”. Se rió.--“No, en serio…” insistió. Busqué y
busqué, entonces, en un ropero viejo que está en el garaje. Revolví hasta que
encontré la camiseta del Dani. Me pareció en ese momento que era muy chica. Me
la puse arriba de la camisa y fui a mostrarle a mi hijo. –“Si que tengo una
firma. Y además este jugador fue compañero mío en un club de Tucumán. Me dio
esta camiseta unos días antes que naciera tu hermano, un día que jugó Boca aquí
en Mar del Plata.” Se sorprendió y vino a observar la casaca desde más cerca. –“¿Y
quien es el que te la firmó?”. Preguntó con desconfianza. Ahí saqué pecho, tomé
aire y solté la voz—“El coya Gutierrez me la firmó. Hizo en terrible golazo esa
noche, me lo dedicó y me firmó esta camiseta en el vestuario.” Noté en el
rostro de mi hijo la intención forzada
de no contradecirme y también cierta piedad hacia mí. Hizo una pausa. Sonrió.
Después lanzó una carcajada.—“¿Y quién es el coya Gutierrez?”. Para mí su
pregunta era inverosímil.—“¿Cómo quién es el coya Gutierrez? Jugó en San
Martín, fue ídolo en La Ciudadela, jugó en Velez, en la Selección. Fue el 9 de
Boca. Qué 9 de Boca conocés vos?”. Me nombró a Palermo, a Viatri, a Calleri, a
Daniel Osvaldo, al “puto Gigliotti”, al uruguayo Silva. Incluso nombró a
Batistuta y a “un tal Brindisi” que jugó en la época de Maradona.--“A ese Coya
Gutierrez no lo juno, habrá jugao uno o
dos partidos”. Después me increpó que le mostrara la firma en la camiseta.
Buscamos por toda la tela y no encontramos nada. Argumenté que el tiempo la
habría borrado. El tiempo devora
y devora, y en ocasiones no devuelve nada. No sé por qué los hijos desconfían de los
padres. Durante más de veinticinco años mantuve esa prenda sin lavar. Pero
ahora, como el objeto de conservación ya no existía decidí meterla en el
lavarropas y mandarle abundante jabón. A punto de encender el aparato ví una
moneda adentro y aborté el lavado. No resignado del todo volví a mirar la camiseta,
minuciosamente. Y ahí estaba la firma, casi imperceptible, debajo de la tetilla
izquierda. Apenas se notaba el trazo azul de una lapicera que había pasado por
esa tela hacía más de veinticinco años. Inmediatamente pegué el grito a mi
hijo. –“¡Nicooo!” Lo hice regresar desde la calle porque ya se iba; y le mostré
mi trofeo. Miró detenidamente y habló.--“Pero aquí dice Dani”.
Daniel Humberto “coya” Gutierrez, conocido por
algunos pocos como el Dani, jugó en Juventud Unida, en La Florida, en San Martín,
en Velez, en la Selección, en Boca. Creo que integró otros planteles , pero no
llegó a jugar. Le hizo varios goles a Atlético. Convirtió de penal ante el Pato
Fillol,ya jugando en Buenos Aires. Carlos Bilardo lo convocó a la Selección y
en Chile ganó los Juegos Odesur en el equipo conducido por Carlos Pachamé. Fue
compañero de Caniggia. Su último
partido en primera división fue el 3 de
diciembre de 1989, cuando Boca empató 1 -1, en Resistencia con Chaco For Ever.
Una noche en Mar del Plata le clavó un golazo a Islas en el estadio
mundialista. El segundo mejor gol de la historia. Y vino corriendo desde la
medialuna hasta la fosa que da a la tribuna sur a dedicarme el gol a mí,
señalándome con el dedo. Quedó sentado frente a mí y los dos levantamos los puños
eufóricos y felices. El olor a choripán de aquella noche fue distinto a todos
los olores a choripán que hubo después en el Minella. Gritaban casi cuarenta mil personas en el estadio. Un
entrenador llamado el Gaucho Viroche había pronosticado unos años antes, que no
tenía futuro como jugador…
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario