miércoles, 31 de agosto de 2016

El Dani, la equivocación del gaucho Viroche y el segundo mejor gol de la historia

Los martes, jueves y viernes nos encontrábamos con el Dani en la terminal vieja de San Miguel de Tucumán y viajábamos más de media hora hasta el Ingenio  La Florida. Allí entrenábamos en el Club Social y Deportivo La Florida, en el estadio Capitán Jaime Sola. El Dani venía de Tartagal, ya había jugado en primera en Juventud Unida y parecía que estaba para mucho más que entrenar en el club La Florida. Era delantero. Un nueve raro, gordito, bajo, medio morrudo pero tenía un pique corto y demoledor pocas veces visto. Yo jugaba de cinco. No era habilidoso. A veces había entrado entre los concentrados y estuve en el banco algunos partidos. Mi objetivo era la facultad de derecho, no el fútbol. El Dani además de la contundencia tenía habilidad y era gambeteador. Otra virtud destacable era la precisión de los pases. Era hincha de Boca  y uno de sus sueños era precisamente jugar en Boca.
El Gaucho Viroche era nuestro entrenador. Un tipo ya veterano. Llevaba 15 años de técnico y como jugador había tenido su momento de gloria en Córdoba. Había jugado de cuatro y de ocho. En Talleres y en Instituto. Como técnico algunos decían que había llegado a ser colaborador de Don Angel Tulio Zof en Rosario Central, pero esto nunca pude corroborarlo. Cada dos o tres temporadas retornaba al club La Florida y según  la campaña se quedaba unos o dos años y después se iba. Pasaban nuevamente dos o tres años y volvía. Sin embargo en esta vuelta había una especie de ebullición en el club. Se rumoreaba que la Institución se iba a transformar en una especie de filial de San Martín. Algo así como  una cantera. Se iban a promocionar jugadores jóvenes para el club de La Ciudadela porque iban a necesitar refuerzos para el equipo ya que San Martín empezaba a tener proyección nacional. La mitad de los jugadores creían en estos rumores. La otra mitad pensaba más pragmáticamente. Si necesitan algún jugador, van al mercado y lo compran. Así de simple. Sin embargo todos reconocíamos en el Gaucho  Viroche  la facultad de promover a alguno de nosotros. Él se jactaba de saber si un jugador tenía o no tenía futuro. Lo avalaban sus laureles, sus veinte temporadas  como jugador y sus quince años de trayectoria como técnico.
El Dani pensaba que, efectivamente, si un club más o menos grande necesita un jugador, era muy probable que compraran a alguno con cierto renombre. Pero de todos modos no descartaba la posibilidad de ser promovido por Viroche. El padre del Dani ya había triunfado en Tucumán. También había venido de Tartagal  y había sido un buen delantero en All Boys en la década del 60. Según el Dani en  las radios LV7 y LV12  lo nombraban el gran Humberto "Chuñoliqui". Así que sangre futbolera y goleadora no le eran ajenas al Dani.
Un día después del entrenamiento nos quedamos los dos practicando tiros libres. El que pateaba era el Dani. Yo hacía de barrera. De diez tiros al arco, ocho o nueve iban al ángulo. Mi labor era inútil en esa práctica, pensé. Pero el Dani me dijo que no. Que la barrera para el equipo contario es un obstáculo que le interponen al pateador. Pero para el pateador, la barrera puede ser un punto de referencia. Le dije que cuando sea famoso y haga un gol de tiro libre en primera división me lo dedique con el dedo, como señalándome. Comprendí que el Dani era el mejor jugador del equipo. Mejor aún que el Bocha Ferraro, el ídolo del club. Cuando terminamos más de quince series de diez tiros libres nos retiramos al vestuario. Ya no había ningún jugador. Sólo estaba el utilero que nos apuraba para cerrar. Al retirarnos nos dijo que Viroche había visto la práctica y que dijo:-- Decile a esos pibes que muy bien, muy bien…
Un día El Dani consiguió una moto prestada. No recuerdo bien si era de un tío o de un amigo del tío, que vivía en el barrio San Cayetano de San Miguel de Tucumán. Quedamos en que íbamos a ir en moto hasta La Florida. Nos encontraríamos como siempre en la terminal de micros. Al llegar la hora estipulada el Dani no apareció. Y no apareció por largo rato. Fue la primera vez que falté a una práctica. Cerca de las nueve y media de la mañana cuando me volvía para mi casa se hizo presente el Dani. Muy borracho y sin la moto. Se la habían secuestrado los policías de tránsito. Me dijo que menos mal que me encontraba, que en la próxima práctica iba a hablar con Viroche y se haría cargo de todo. Me dijo también que yo tendría que haber tomado el micro ante la tardanza de él.
El Dani a veces también practicaba penales después de los entrenamientos. Lo hacía con el Gato Almada, el arquero suplente. Un veterano santiagueño de 41 años que según él había sido suplente de los más grandes, incluso del Negro Ruiz en Atlético allá por los años setenta. El Dani se quejaba porque el Gato no le oponía verdadera resistencia. El arquero decía que si se arrojaba  en serio se raspaba todas las piernas.            -“Tirate , Gato, tirate…tenés césped verde crecidito . Allá en Tartagal  las canchas no tienen pasto.” Le recriminaba el Dani.
Hay algunos técnicos que no tienen piel con determinados jugadores. Por más que el jugador sea bueno, a veces no es tenido en cuenta por el entrenador. Por ejemplo en la Selección Nacional, todos esperamos que alguien específico sea convocado. Alguien que la rompe. Alguien que sabemos que tiene que estar en el plantel. Pero esa convocatoria nunca llega. Algo así me pareció que ocurría entre el Gaucho Viroche y el Dani. Si bien en este caso el DT se resignaba a hacer que el jugador juegue por lo escaso del plantel, se percibía que lo hacía por simple imposibilidad de dejarlo afuera.”—No  le veo uñas de guitarrero”. Le dijo una vez a uno de los dirigentes más influyentes en el club. También le escuché decir que las condiciones físicas del Dani no eran las mejores y que en lugar de practicar tantos tiros al arco, mejor sería que se dedicara a bajar unos cuantos gramos.
El Dani logró recuperar la moto tras el pago de una multa. Yo mismo lo acompañe al galpón donde esperaba llena de polvo. Le habían robado unas lamparitas y al parecer le habían dado un golpe. Mi amigo se enojó y me dijo que los canas son unos hijos de puta y que en todos lados son iguales. Quedamos en que al otro día iríamos a La Florida a entrenar en la moto. Esa misma noche un amigo del Dani la iba a ajustar y dejar lista.
Al día siguiente el Dani me retiró desde la puerta de mi casa. Íbamos a pasar por Alderetes porque en una de ésas, en un kiosko, podría estar atendiendo una chica que le gustaba al Dani. Así lo hicimos pero no hubo noticias de esta mujer. Seguimos por una avenida, creo que se llama Rivadavia. Teníamos que llegar a una rotonda grande y ahí doblar hacia la derecha para empalmar con la ruta que nos llevaba al Ingenio La Florida. Pasando esa rotonda la moto empezó a hacer un ruido extraño y a andar más lento. En estos casos se sigue, me dijo el Dani. Dos o tres kilómetros más habríamos avanzado y el rodado tiró un humo blanco y se paró. No arrancó nunca más. Hicimos dedo , pero con poca fortuna. Casi nadie paraba. Los pocos que se detenían no podían llevar además de nosotros a la moto. Por fin se detuvo una camioneta amarilla. Una Ford F100 impecable, con la intención de acarrearnos a nosotros y al vehículo. Era el mismísimo Gaucho Viroche. El Dani subíó atrás con la moto. Yo Iba en la cabina con el entrenador.—“Tenés que alejarte de este tipo”. Me dijo. Yo lo miré tranquilo, pero sin sorpresa. Argumentó que ya habíamos faltado una vez, que el Dani estaba fuera de estado físico, que no podía saltar y que tenía serios problemas con la bebida. Después me aclaró que él nunca se equivocaba, que no me olvide que él tenía que promocionar a uno o dos del plantel para jugar en San Martín y que el salteñito éste, no tenía futuro como jugador.
Ése día el Dani anduvo mal en la práctica. Falto de ritmo y desconcentrado. Al finalizar trajimos la moto en una camioneta de otro compañero que justo ese día tenía que ir a San Miguel de Tucumán.
Lo de filial de San Martín quedó en la nada. No se concretó. Parece que ambos clubes habían roto relaciones. De todas formas a fin de año Viroche sugirió a un compañero para el club de La Ciudadela: al Piojo Cordero, que era el suplente del Dani. Era más o menos bueno, pero todos nos dimos cuenta de la injusticia del técnico. Así mismo el día del último entrenamiento díó una lista de cinco jugadores que no iban a ser tenidos en cuenta para el próximo año. No debían presentarse más en el club. Ninguno tenía contrato así que no iba a haber  problemas. Entre esos cinco estaba el Dani. Uno de los dirigentes trató de corroborar el listado con Viroche. A todos les sorprendió lo del Dani. Pero el DT fue inflexible.
Yo abandoné el futbol ese día. No tenía tantas ganas y cada vez necesitaba más tiempo para estudiar la carrera de abogacía. Además, en el fondo yo sabía que mis condiciones no eran buenas. No iba a tener grandes chances de profesionalizarme. El Dani sin embargo, el mejor jugador del plantel, tenía que volverse a Tartagal. Una mañana nos encontramos otra vez en la terminal. Esta vez era para despedir a mi amigo. Se volvía lleno de bronca y amargura. Llorando, padeciendo una injusticia. Le dije que para mí, el gaucho Viroche tendría que haberlo sugerido a él y que él estaba para jugar perfectamente en San Martín o en cualquier equipo grande del interior.
De todos los instrumentos del hombre el más asombroso es la pelota; y creo que la pelota de fútbol. Los demás instrumentos son extensiones del cuerpo. El telescopio y el microscopio pueden ser extensiones de los ojos. El teléfono, la radio son extensiones de la voz. Los instrumentos de labranza o los cubiertos, por ejemplo una cuchara, son extensiones de nuestros brazos. Pero la pelota es otra cosa. La pelota es extensión del talento y la imaginación. Talento e imaginación que el Gaucho Viroche no poseía y el Dani tenía de más.
Por muchos meses no supe nada de él hasta que a principios del año 83  leí en el diario La Gaceta de Tucumán que mi amigo iba efectivamente a jugar en San Martín. Iba a debutar nada menos que en La Ciudadela jugando el Campeonato Nacional frente a Argentinos Juniors. Ëse día me mandé a la cancha de San Martín y me pegué al alambrado. Temprano. Cuando salieron a calentar los jugadores lo llamé a los gritos. Me vió y se acercó corriendo. Yo desbordaba de alegría:--“¿Qué haces acá, cómo hiciste para estar acá?”. Me dijo que había estado entrenando duro, que ahora tenía un representante y que todo era distinto, que lo habían probado y obviamente había quedado.
Tuve mucha alegría por él. Me dio mucho gusto que las cosas hubieran  pasado de ese modo. Yo lejos del futbol, tuve además que dejar los estudios y viajar a Mar del Plata por cuestiones laborales. Me radiqué con mi mujer cerca del Puerto y otra vez no supe más de mi amigo por mucho tiempo. Un día se me ocurrió escribirle una carta y se la envié a la cancha de San Martín. Le contaba de mi nueva vida y que pronto retornaría unos días a Tucumán. No pasaron veinte días y recibí la repuesta. Habíamos quedado en que yo lo iría a ver.
Inmediatamente que llegué a San Miguel de Tucumán fui a visitar al Dani. Paraba en el Hotel Viena en la calle Santiago del Estero, frente de la Plaza Alberdi. Me anuncié con el conserje y  ahí nomás se apareció mi amigo. Lo encontré muy animado y con nuevo porte. Justo pasaban dos chicas por la vereda del hotel y se pararon para pedirle un autógrafo. Me sorprendí y me alegré. Me dijo que le había hecho algunos goles a Atlético. Después tomamos un helado al lado del hotel en una heladería que se llamaba Polo Norte. Ignoro si aún  existe. Cruzamos un rato a la plaza y ahí varias personas lo reconocieron y lo saludaron. Le pregunté por la vieja moto aquella y me dijo riendo que le había perdido el rastro. Luego me acompañó hasta la calle Salta donde yo tenía que tomar el colectivo de la línea once para ir a la casa de mis padres.
Retorné a Mar del Plata y nuevamente perdimos contacto. Me enteré con sorpresa que Velez lo había comprado en ciento treinta mil dólares.  Más tarde lo compraría Boca. El Gaucho Viroche había errado en su pronóstico.
El sábado 9 de enero de 1988 el Dani jugó en  Mar del Plata con Boca. Mi mujer tenía una panza inmensa y ya estaba en los días previstos para parir a nuestro primer hijo Lucas. Yo ansiaba ir a la cancha a ver al Dani, a saludarlo, a verlo jugar. Pero a la vez no quería dejar a mi mujer sola a punto de dar a luz. Pensaba que si yo iba al estadio se produciría el nacimiento espontáneo de mi hijo, en la casa o bien en el hospital materno y yo no me enteraría de tal acontecimiento. Mi hijo nacería una sola vez en la vida y el Dani iba a pasar por Mardel jugando para Boca una sola vez en la vida también. Me quedaba el consuelo de verlo por la tele. Pero todos sabemos que no es lo mismo. No se siente lo mismo. Lo único que hice el día previo al partido fue mirar a mi mujer todo el tiempo como miran los perros cuando quieren algo y no ladran ni se desesperan, pero miran.
El día del partido desperté temprano. Hacía un calor insoportable. Lo primero que escuché fue la radio que se encendía sola a las ocho de la mañana. El locutor decía que habían cesanteado a tres mil agentes públicos en Buenos Aires y que en Estados Unidos había más de treinta muertos por la ola de frío. Lo segundo que oí fue la voz joven de mi mujer que me decía: --“Lo que podemos hacer es que vos te vayas a ver el partido de Boca sobre la hora, un rato antes, en taxi. Y que después ni bien salís me llamás por teléfono a ver si todo está bien.” Salté como un resorte y fui feliz mirándola parado desde la puerta del dormitorio. Después volví a la cama y la besé. Hicimos el amor.
Esa noche el estadio estallaba. Era el debut de Pastoriza como DT de Boca. Yo ocupé la tribuna sur , la que está mas cerca de la avenida Peralta Ramos. Salieron los jugadores y me temblaba todo. Fue Gatti a ocupar el arco que daba a la tribuna norte , o sea el lado opuesto a donde yo estaba, pero después del sorteo vino a ocupar el arco contrario. Cuando ví al Dani con la camiseta número 9 y en perfecto estado físico me vibró el cuerpo desde las entrañas hacia afuera. Grité, volví a a gritar y así hasta quedar primero ronco y después mudo. Yo seguía al Dani en cada jugada; tuviese o no la pelota. La verdad es que me pareció un jugador exquisito, perfecto, con actitud ganadora y sobresaliente aptitud física. El 9 natural de Boca había sido la chancha Rinaldi, pero el Pato Pastoriza había confiado en el Dani y le había dado la casaca de centro delantero haciendo jugar a Rinaldi un poco más atrás, de número diez. Era increíble para mí estar viviendo ese momento. Estaba todo tenso. Los sentidos  exacerbados.
Boca se puso en ventaja con gol de penal de Comas. Después empató Independiente. Creo que el gol lo hizo Navarro tras un centro de Bochini. Así terminó el primer tiempo. En ese momento me aflojé un poco y me acordé de muchas cosas. Mi mujer a punto de parir. Me acordé de Tucumán. El día que nos quedamos con el Dani en la moto en medio de la ruta. Me acordé del Gaucho Viroche. A lo mejor estaría viendo el partido por la tele. Que tipo pelotudo pensé. Recordé el debut del Dani en San Martín allá por el 83 frente a Argentinos Juniors. Recordé el día que lo vi llorar de bronca y desazón. Se me vino a la cabeza aquel día nublado practicando los tiros libres en La Florida y yo haciendo de barrera. Una barrera de un solo tipo. El tiempo transcurrido es el mejor antologista, o el único, tal vez. Volví a recordar a mi mujer a punto de parir y visualicé por primera vez un rostro de bebé recién nacido. Mi futuro hijo. Fui feliz en ese entretiempo.
El segundo tiempo comenzó más tarde de lo previsto. O por lo menos esa sensación tuve aquella noche de enero. El olor a choripán de ese partido fue distinto a todos los olores a choripán que pueda haber. Un pájaro que es a la vez todos los pájaros dice Borges. Bueno este olor a choripán no es todos los olores a choripán. Ni el gol que vino a continuación es todos los goles. Yo sé que hubo un gol en el 86 en el Estadio Azteca, hecho por el más grande de todos, jamás visto, tras la jugada de todos los tiempos. Pero también hubo otro gol, en Mar del Plata, en el Minella, una noche de verano en que el olor a choripán era diferente. No sé cuánto dura un instante de felicidad plena. Algunos hablan de quince, veinte minutos. Después todo se irá difuminando. Otros sugieren un segmento temporal más corto, casi ínfimo, que es el que tarda un electrón en viajar desde un átomo de azufre a otro de rutenio. Lo que dura un orgasmo podría ser también una acertada medida. Podríamos también relativizar el tiempo individual de cada uno con el tiempo general y hasta descubrir que es imposible  compartir ambos tiempos. La felicidad eterna no existe. Dos o tres minutos es una buena medida. Y quizás valga la pena para algunos vivir toda una eternidad para experimentar esos dos o tres minutos… El Dani se acomodó las medias amarillas cerca de la raya de la mitad de la cancha y le pareció como que me divisaba ahí en medio de la multitud de la tribuna sur. Yo había bajado unos peldaños en el entretiempo para estar más cerca del campo de juego. Después volvió a agacharse para acomodarse  la media derecha porque le molestaba la canillera. Cuando se reincorporó ya me había pedido de vista. El estadio a pleno alentaba a los dos equipos, pero más se escuchaba la hinchada de Boca. Levantó la mano el Dani pidiéndole el pase a Graciani pero éste no hizo caso. La jugada se diluyó. Otra vez indicó el pase al vacío por un carril que parecía quedar libre pero el arquero Islas advirtió las intenciones del Dani y le pegó el grito a Monzón que pronto hizo de tapón y junto con Villaverde lo sacaron de circulación. El aire estaba viciado de humo y peligro. El Dani a esta altura estaba raro, como encendido. En el mediocampo el boliviano Melgar recuperó una pelota para Boca. Era muy vivo el boliviano. Con una frialdad impresionante pero a la vez con rapidez se la cedió a Abramovich, que venía subiendo como número ocho y libre de marca. El único capaz de advertir ese panorama fue el boliviano. Por eso el pase fue rápido. El árbitro Juan Carlos Losteau se preparó para correr. Creo que en ese momento el Dani leyó la jugada. ¿El delantero piensa en esos momentos?¿O actúa por instinto? Yo creo que en mi amigo pasaban esas dos cosas al mismo tiempo. Miré hacia el banco de Boca y ví que Pastoriza se paraba. Abramovich avanzó un par de metros nomás. Estaba libre pero el pase era lo más conveniente. Parecía que iba para Graciani, pero algunos pocos sabíamos que el pase sería para el Dani. El 9 picó tranquilo pero confiado. El pase por arriba y hacia adelante fue preciso; de derecha hacia el medio. Cerca de la medialuna la pelota hizo contacto con el Dani. Los astros suelen alinearse poquísimas veces en forma perfecta. La paró con el pecho y la bola quedó mansa y a disposición de la derecha goleadora. Antes se había elevado un poco y por un microsegundo me dio la idea que el Dani en lugar de pararla  con el pecho la había hombreado con el hombro derecho. Mi corazón  se detuvo en ese momento. Cuando el balón caía certero ahí nomás el Daní disparó y la pelota se metió por el palo derecho de Islas describiendo una parábola perfecta. En Tartagal las canchas no tienen pasto, recordé. Volvieron los latidos de mi corazón a cien mil por minuto. Golazo. Golazo. Supongo que cuando la pelota viajaba por el aire hacia la red, mi amigo ya supo que su derechazo se convertiría en gol. Corrió hacia la tribuna sur, pasó por el palo izquierdo y ahí me visualizó entre la gente y se acercó rápidamente hacia mí señalándome con el dedo y diciendo : --“Es para vos, es para vos”. Yo lloraba y gritaba gol, hijo de puta, gol… pero no se escuchaba nada. Yo ya estaba mudo. Ese momento debiera ser vivido por todo el mundo. No desde el lado del Dani, ya que no todos tenemos ese talento. Sino del lado mío. Ahí desde la popu , festejando el segundo mejor gol de la historia hecho por un amigo.  Supongo con cierta duda que la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola. Todo lo demás, tiene su misterio.
Muchos años más tarde volví a ver el gol por internet en you tube. Con grata sorpresa advertí que el Dani se acerca casi hasta la fosa y quedamos los dos frente a frente y ahí el Dani se tira al piso justo frente a mí; después se sienta y ambos levantamos los puños y somos eufóricos y felices. Después se acercan otros jugadores de Boca y lo abrazan; también unos cuantos fotógrafos. Descubro también que Abramovich me saluda. Aquel partido terminó 2 a 2. Independiente empató por intermedio de Reinoso.
Aquella noche fui al vestuario y obviamente la camiseta del Dani  pasó a ser propiedad mía. Me la firmó con una lapicera de un periodista que le estaba  haciendo una nota a Cuciuffo, campeón del mundo con la selección en México 86.
Nueve o diez años después el Dani ya retirado y sin fama ni fortuna pasó de vacaciones por Mar del Plata. Fuimos a comer al puerto a una cantina. Rabas y abundante vino blanco. Él vivía  en su ciudad natal y estaba enseñando futbol  contratado por la municipalidad de Tartagal  o algo así. Hablamos de nuestras familias y de Boca. Me dijo que Bianchi haría historia en Boca y que la dupla Palermo y el mellizo iba a dar que hablar. Casi no se acordaba de nuestro paso por La Florida. Tenía más recuerdos de su paso por Velez, Boca y la Selección. Al poco tiempo el Dani murió en una ambulancia por una pancreatitis fulminante.
El otro día vino mi hijo menor con un banderín firmado por Campodónico, el arquero de Aldosivi. Charlamos un rato acerca de la vuelta de las hinchadas visitantes. En un momento me preguntó si yo alguna vez había conseguido  un autógrafo de algún jugador  famoso. Tuve de Maradona y de Pelé, le dije. –“Pero los vendí”. Se rió.--“No, en serio…” insistió. Busqué y busqué, entonces, en un ropero viejo que está en el garaje. Revolví hasta que encontré la camiseta del Dani. Me pareció en ese momento que era muy chica. Me la puse arriba de la camisa y fui a mostrarle a mi hijo. ­­–“Si que tengo una firma. Y además este jugador fue compañero mío en un club de Tucumán. Me dio esta camiseta unos días antes que naciera tu hermano, un día que jugó Boca aquí en Mar del Plata.” Se sorprendió y vino a observar la casaca desde más cerca. –“¿Y quien es el que te la firmó?”. Preguntó con desconfianza. Ahí saqué pecho, tomé aire y solté la voz—“El coya Gutierrez me la firmó. Hizo en terrible golazo esa noche, me lo dedicó y me firmó esta camiseta en el vestuario.” Noté en el rostro de mi hijo la intención  forzada de no contradecirme y también cierta piedad hacia mí. Hizo una pausa. Sonrió. Después lanzó una carcajada.—“¿Y quién es el coya Gutierrez?”. Para mí su pregunta era inverosímil.—“¿Cómo quién es el coya Gutierrez? Jugó en San Martín, fue ídolo en La Ciudadela, jugó en Velez, en la Selección. Fue el 9 de Boca. Qué 9 de Boca conocés vos?”. Me nombró a Palermo, a Viatri, a Calleri, a Daniel Osvaldo, al “puto Gigliotti”, al uruguayo Silva. Incluso nombró a Batistuta y a “un tal Brindisi” que jugó en la época de Maradona.--“A ese Coya Gutierrez no lo juno, habrá  jugao uno o dos partidos”. Después me increpó que le mostrara la firma en la camiseta. Buscamos por toda la tela y no encontramos nada. Argumenté que el tiempo la habría borrado. El tiempo devora y devora, y en ocasiones no devuelve nada. No sé por qué los hijos desconfían de los padres. Durante más de veinticinco años mantuve esa prenda sin lavar. Pero ahora, como el objeto de conservación ya no existía decidí meterla en el lavarropas y mandarle abundante jabón. A punto de encender el aparato ví una moneda adentro y aborté el lavado. No resignado del todo volví a mirar la camiseta, minuciosamente. Y ahí estaba la firma, casi imperceptible, debajo de la tetilla izquierda. Apenas se notaba el trazo azul de una lapicera que había pasado por esa tela hacía más de veinticinco años. Inmediatamente pegué el grito a mi hijo. –“¡Nicooo!” Lo hice regresar desde la calle porque ya se iba; y le mostré mi trofeo. Miró detenidamente y habló.--“Pero aquí dice Dani”.
Daniel Humberto “coya” Gutierrez, conocido por algunos pocos como el Dani, jugó en Juventud Unida, en La Florida, en San Martín, en Velez, en la Selección, en Boca. Creo que integró otros planteles , pero no llegó a jugar. Le hizo varios goles a Atlético. Convirtió de penal ante el Pato Fillol,ya jugando en Buenos Aires. Carlos Bilardo lo convocó a la Selección y en Chile ganó los Juegos Odesur en el equipo conducido por Carlos Pachamé. Fue compañero de Caniggia. Su último partido en primera división  fue el 3 de diciembre de 1989, cuando Boca empató 1 -1, en Resistencia con Chaco For Ever. Una noche en Mar del Plata le clavó un golazo a Islas en el estadio mundialista. El segundo mejor gol de la historia. Y vino corriendo desde la medialuna hasta la fosa que da a la tribuna sur a dedicarme el gol a mí, señalándome con el dedo. Quedó sentado frente a mí y los dos levantamos los puños eufóricos y felices. El olor a choripán de aquella noche fue distinto a todos los olores a choripán que hubo después en el Minella. Gritaban casi cuarenta mil personas en el estadio. Un entrenador llamado el Gaucho Viroche había pronosticado unos años antes, que no tenía futuro como jugador…


FIN






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